CAPÍTULO 11 #2
Nos quedamos en silencio un rato largo. Daniel rellena las copas. Nathan vuelve a mirar su móvil pero sin la concentración de antes. Alexander me observa con esa mirada analítica que parece verme por dentro.
—Una cosa más —digo antes de que cambiemos de tema—. Si la prueba sale negativa y decido quedarme con ellas de todas formas, necesito que me respaldéis. En lo legal, en lo emocional, como sea. Porque Hannah va a pensar que estoy loco y puede que intente llevarse a Alice.
—Cuenta con ello —dice Daniel sin dudar—. Lo que necesites.
Los otros tres asienten.
El nudo que tenía en el estómago se afloja por fin. No sabía lo mucho que necesitaba oír eso hasta que lo he oído.
Hablamos de otras cosas durante la siguiente hora.
De la boda de Adrián, que se acerca y para la que Bella lo tiene medio loco con detalles.
De la hija de Alexander. De Adriana, la prometida de Daniel, que acaba de conseguir sacar una colección de moda y que lo tiene enamorado como a un adolescente.
De los nuevos proyectos de Nathan, que nunca para aunque le digamos que se va a morir de un infarto antes de los cuarenta.
Hablamos de todo menos de mí, y se lo agradezco en silencio.
Salgo del club a medianoche. El aire fresco de la noche me golpea la cara y me despeja la cabeza. Subo a mi coche y conduzco de vuelta al Upper West Side con las palabras de mis amigos rebotando dentro de mi cráneo.
«Es lo mejor que te podía pasar.»
«Demuéstraselo con hechos.»
«No la cagues.»
«Eres suficiente.»
Llego al edificio y subo en el ascensor con el corazón a mil. Abro la puerta del apartamento esperando el silencio de siempre, esa quietud asfixiante que me recibe cada noche cuando vuelvo de trabajar o de beber o de acostarme con alguien cuyo nombre voy a olvidar mañana.
Pero esta noche no hay silencio.
Hay una luz tenue en el pasillo. Hay un olor a champú de manzana que viene de la habitación de Alice. Hay una manta doblada en el sofá que Hannah ha dejado ahí después de ver la televisión.
Hay vida.
Camino por el pasillo sin hacer ruido. La puerta de la habitación de Alice está entreabierta y no puedo evitar asomarme.
Está dormida de lado, abrazada a uno de los cojines nuevos que compramos ayer.
Tiene el pelo rubio desparramado sobre la almohada y respira con una calma absoluta que me ablanda por dentro.
Me quedo ahí de pie sin saber muy bien qué hacer con lo que siento.
Es demasiado grande y no tengo palabras para esto.
Sigo caminando hasta la habitación de Hannah.
Su puerta también está entreabierta. Hannah me ha atraído desde el primer instante en el que la vi y no sirve de nada que me lo siga negando.
Está tumbada en la cama, de espaldas a la puerta, con el móvil en la mano.
Escribe algo, borra, vuelve a escribir. Lleva un pijama de algodón que le queda grande y tiene el pelo recogido en un moño despeinado.
No debería estar mirándola. Debería irme a mi habitación y dejarla en paz.
Pero me quedo un segundo más.
Dos.
Tres.
Hannah deja el móvil en la mesita de noche, apaga la luz y se da la vuelta. Cierro los ojos y me aparto de la puerta antes de que pueda verme ahí plantado como un acosador.
Me voy a mi habitación y cierro la puerta en silencio. Me siento en el borde de la cama sin encender la luz. Las ventanas dan a Manhattan y la ciudad brilla al otro lado del cristal como siempre, indiferente, eterna.
Pero yo ya no soy el mismo que miraba estas vistas hace una semana.
Hace una semana llegaba a casa borracho o acompañado o las dos cosas a la vez, a un apartamento vacío donde no había nadie esperándome ni nadie a quien echar de menos, a una vida que tenía forma de éxito por fuera y hueca por dentro.
Esta noche he llegado a una casa que no está vacía: una casa donde hay una niña que quiere que sea su padre y una mujer que me odia, que me desafía y que me hace querer ser mejor de lo que he sido nunca.
Una casa que podría convertirse en un hogar si no la cago.
Me tumbo en la cama sin quitarme la ropa y miro el techo en la oscuridad.
No sé qué coño estoy haciendo. No sé si soy el padre de Alice o si voy a serlo de todas formas. No sé si Hannah va a confiar en mí algún día o si voy a tener que pasarme las próximas seis semanas demostrándole que no soy el capullo que sale en las revistas.
No sé nada.
Lo único que sé es que esta noche, por primera vez en mi vida, he llegado a casa y no me he sentido solo.
He sentido miedo, esperanza y una responsabilidad tan grande que me aplasta el pecho.
Pero no me he sentido vacío.
Y eso tiene que significar algo. Que puedo arreglar esto, que puedo ser lo que Alice necesita y lo que Hannah necesita sin saber que lo necesita.
Que no es demasiado tarde para mí.
Cierro los ojos y respiro hondo. El apartamento está en silencio pero no es el silencio de antes. Es el silencio de una casa donde hay gente durmiendo. Gente que se va a despertar mañana y va a desayunar conmigo y va a llenar este espacio con voces y risas y vida.
Por primera vez en treinta y seis años, me siento vivo y lleno. Honrado de que alguien me haya elegido para esto, aunque sea por accidente.
Me siento muy agradecido.
Y me aterra hasta la médula la idea de que esto pueda desaparecer.