Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

HANNAH

James está intentando acercarse a Alice y es lo más divertido que he visto en mi vida.

Lleva veinte minutos dando vueltas por el salón y lanzando comentarios al azar, como si estuviera probando contraseñas en una caja fuerte, mientras Alice hace los deberes en la mesa del comedor.

«¿Qué tal el colegio?» «Bien.» «¿Tienes muchos deberes?

» «Los normales.» «¿Te gusta tu profesora? » «Está bien.»

Alice ni siquiera levanta la vista del cuaderno. Responde con monosílabos sin dejar de escribir, ajena por completo a la agonía del hombre que está a punto de arrancarse el pelo de pura desesperación.

Me muerdo el labio para no reírme. Estoy en el sofá con un libro del que no he leído ni una línea, porque este espectáculo es mil veces más entretenido.

James se pasa la mano por el pelo. Se afloja el cuello de la camisa aunque no lleva corbata. Se acerca a la mesa. Se aleja. Vuelve a acercarse.

—¿Necesitas ayuda con algo? —pregunta con una naturalidad tan impostada que hasta Alice se da cuenta.

Mi sobrina levanta la vista por primera vez y lo mira con esos ojos enormes que no se pierden nada.

—Son mates de sexto. Creo que puedo sola.

—Claro. Por supuesto. —James retrocede como si Alice acabara de rechazarlo para el baile de fin de curso—. Solo preguntaba.

Alice vuelve a sus deberes. James se queda quieto, sin saber qué hacer con las manos.

Me tapo la boca con el libro pero no sirve de nada. Me sale una risa que intento disfrazar de tos.

James me lanza una mirada asesina.

—¿Te diviertes?

—Muchísimo —admito sin molestarme en mentir.

—Me alegro de que mi sufrimiento te resulte entretenido.

—Es que eres muy malo en esto. —Dejo el libro en el sofá—. Nunca he visto a nadie tan malo.

—No soy malo. Solo necesito… práctica.

—Necesitas un milagro.

Alice suelta una risita sin levantar la vista del cuaderno. James la mira con una mezcla de esperanza y pánico, como si no supiera si esa risa significa que está haciendo algo bien o algo terriblemente mal.

Se acerca a mí y baja la voz.

—Ayúdame.

—¿Perdona?

—Que me ayudes. —Se sienta en el brazo del sofá y me mira con esos ojos oscuros que no deberían tener ese efecto en mí—. No tengo ni idea de cómo hablar con ella. Dime qué le gusta. Dime de qué le hablo.

—¿Y por qué iba a ayudarte?

—Porque llevas tres días riéndote de mí y creo que ya has disfrutado bastante.

Tiene razón. He disfrutado cada segundo de verlo estrellarse una y otra vez contra el muro de monosílabos de Alice.

Pero también he visto cómo la mira cuando ella no lo ve, cómo se levanta temprano para prepararle el desayuno aunque no tenga ni idea de cocinar, cómo se queda en la puerta de su habitación por las noches para comprobar que esté bien.

Lo está intentando de verdad.

Y eso cuenta.

—Le encanta bailar —digo en voz baja—. Es lo que más le gusta en el mundo. Lleva tres años aprendiendo sola, con vídeos de YouTube, porque nunca he podido pagarle clases. Habla con ella de eso.

James me mira como si acabara de entregarle la llave del universo.

—Bailar.

—Bailar.

—¿Y a ti? —pregunta de repente—. ¿Qué te gusta a ti?

Me quedo mirándolo sin entender.

—¿A mí?

—Sí. A ti. —Se inclina un poco más hacia mí y su olor a colonia cara y a limpio me golpea de lleno—. ¿Qué te gusta, Hannah?

—No estamos aquí para que me conozcas a mí. Estamos aquí para que conozcas a la niña.

—Puedo hacer las dos cosas.

—No. No puedes. —Me levanto del sofá porque necesito poner distancia entre nosotros—. Céntrate en Alice.

James se levanta también. Me saca casi veinte centímetros y tiene que bajar la mirada para encontrar mis ojos. Sonríe. Es una sonrisa lenta, peligrosa, de las que seguro que ha usado mil veces con mil mujeres y que casi siempre funcionan.

—Sabes que podríamos pasárnoslo muy bien tú y yo, ¿verdad?

Se me seca la boca.

—Guarda tus encantos para otras, Morgan. Conmigo no funcionan.

—¿Estás segura?

—Segurísima.

Me doy la vuelta y camino hacia la cocina antes de que pueda ver cómo se me ha acelerado el pulso. Antes de que pueda notar que se me han sonrojado las mejillas como a una adolescente idiota.

Antes de que pueda ver que sí funciona.

Que funciona demasiado bien.

Cojo un vaso de agua y me lo bebo de un trago intentando que el frío me baje el calor que me ha subido por todo el cuerpo.

Oigo la voz de James desde el salón, más relajada ahora, preguntándole a Alice por el baile.

Oigo a mi sobrina animarse, hablándole de las coreografías que está preparando, de cómo le duelen los pies después de cada sesión pero no le importa.

James ha seguido mi consejo.

Y está funcionando.

Me apoyo contra la encimera y cierro los ojos hasta que recupero el control de la respiración.

Este hombre es peligroso.

No porque sea un capullo. No porque vaya a hacerle daño a Alice.

Sino porque cada vez me cuesta más recordar por qué tengo que mantener las distancias con él.

JAMES

Hemos terminado de cenar hace un rato y las observo desde el sofá.

Hannah y Alice están sentadas en el suelo, con las piernas cruzadas, jugando a las cartas. Alice acaba de ganarle por tercera vez consecutiva y Hannah protesta diciendo que la niña hace trampas. Alice se ríe y le saca la lengua. Hannah le devuelve el gesto y las dos estallan en carcajadas.

No puedo dejar de mirarlas.

Se mueven juntas como si llevaran toda la vida sincronizadas: Alice se apoya en Hannah cuando se ríe demasiado fuerte y Hannah le aparta el pelo de la cara con un gesto tan automático que ni siquiera se da cuenta de que lo hace.

Esto es lo que significa ser una familia.

No tiene nada que ver con la sangre, sino con esto: con la risa, con la confianza, con estar presente.

La coraza de hielo que me rodea el corazón desde hace años empieza a derretirse. No de golpe. Poco a poco. Gota a gota.

Me duele.

Pero es un dolor bueno.

—Quiero jugar otra partida —pide Alice barajando las cartas con manos expertas.

—Ni hablar. Ya me has humillado bastante por hoy. —Hannah se estira con un bostezo—. Además, tienes que irte a la cama.

—Son solo las nueve.

—Son las nueve y veinte. Y mañana tienes colegio.

Alice pone los ojos en blanco pero recoge las cartas sin protestar más. Hannah se levanta del suelo con un movimiento fluido, descalza, con el pantalón del pijama de cuadros y una camiseta vieja que le queda como un saco.

Y entonces se inclina para recoger los vasos de la mesa.

La camiseta se le resbala por el hombro.

No mucho. Solo un par de centímetros.

Lo suficiente para dejar al descubierto la curva de su cuello. La línea suave donde el hombro se encuentra con la clavícula. Un trozo de piel que no debería ser erótico, pero que me está volviendo loco.

Se me tensa todo el cuerpo.

Hannah se incorpora, se coloca la camiseta en su sitio sin enterarse de nada y camina hacia la cocina para prepararle a Alice su vaso de leche con miel de todas las noches.

Yo me quedo clavado en el sofá, intentando respirar con normalidad, intentando no pensar en cómo sería besarla justo ahí. En cómo sabría su piel. En cómo sonaría si le susurrara su nombre contra ese punto exacto donde el pulso le late bajo la mandíbula.

Joder.

Estoy duro como una piedra.

Por una camiseta que se resbala. Por un hombro. Por un segundo de piel al descubierto.

Ninguna mujer me ha hecho esto nunca.

He estado con mujeres que se sabían todos los trucos. Y ninguna, ni una sola, me ha puesto así con algo tan insignificante como un puto hombro al aire.

Hannah vuelve de la cocina con el vaso de leche y se lo entrega a Alice. La niña se lo bebe casi sin respirar, le da las buenas noches a Hannah con un beso en la mejilla y luego se acerca a mí.

—Buenas noches, James.

Me obligo a concentrarme en ella. En su carita sonriente. En esos ojos que me miran con una confianza que no me merezco.

—Buenas noches, Alice.

Se queda ahí de pie un segundo, indecisa, y luego se inclina y me da un beso rápido en la mejilla antes de salir corriendo hacia su habitación.

Me quedo paralizado.

Alice acaba de besarme.

Mi posible hija acaba de darme las buenas noches con un beso.

Miro a Hannah y veo que ella también se ha quedado quieta, con las manos apretadas contra el pecho y los ojos brillantes.

—Nunca había hecho eso —susurra—. Con nadie que no fuera yo.

No sé qué decir. No me salen las palabras. Para lo que acabo de sentir. Para lo que significa.

Hannah parpadea rápido y se da la vuelta.

—Me voy a la cama. Buenas noches.

Desaparece por el pasillo antes de que pueda responder.

Me quedo solo en el salón, con el pulso desbocado y el cuerpo todavía tenso de deseo.

Dejo caer la cabeza contra el respaldo y trato de ordenar el caos que tengo dentro.

Alice me ha besado.

Hannah me ha puesto duro con una camiseta mal colocada.

Estoy tan fuera de mi zona de confort que ni siquiera sé dónde está la salida.

Esto no es lo que sé hacer. Yo sé cerrar tratos, seducir mujeres que no significan nada, beber hasta olvidar y despertarme sin recordar el nombre de la persona que está a mi lado.

No sé esto.

No sé cómo ser padre, ni cómo cuidar de una niña que me mira como si yo pudiera ser la respuesta a todas sus preguntas, ni cómo estar cerca de una mujer que me despierta cosas que no sabía que podía sentir sin que sea solo sexo.

Porque con Hannah no es solo sexo.

Es todo lo demás.

Es cómo cuida de Alice, cómo me desafía, cómo se ríe cuando hago el ridículo. Es esa mirada que me lanza cuando piensa que no estoy mirando, esa mezcla de desconfianza y algo más que no sé identificar.

Es, sobre todo, que a su lado quiero estar a la altura.

Me levanto del sofá y camino hasta las ventanas. Manhattan sigue despierta al otro lado del cristal, indiferente a mi crisis existencial.

Hace una semana mi vida era simple. Vacía, sí, pero simple. Sabía quién era y cuál era mi papel. El playboy encantador. El millonario sin ataduras. El que se lo pasa bien y no se compromete con nada ni con nadie.

Ahora no sé quién coño soy.

Soy el hombre que prepara huevos revueltos para una niña de once años aunque se le quemen.

Soy el hombre que pregunta por pasos de baile y que se deshace cuando esa niña le da un beso de buenas noches.

Soy el hombre que se pone duro porque una mujer se inclina a recoger un vaso y se le resbala la camiseta del hombro.

Soy el hombre que tiene miedo.

Miedo de no ser suficiente para Alice, de perderlas cuando lleguen los resultados de la prueba, de lo que Hannah me hace sentir y de no saber qué hacer con ello.

Apoyo la frente contra el cristal frío y cierro los ojos.

En algún momento de los últimos tres días he dejado de fingir.

He dejado de esconderme detrás del personaje que llevo construyendo desde que tengo memoria.

Y no sé si eso me aterra o me alivia.

Probablemente las dos cosas.

Respiro hondo y me aparto de la ventana. Camino por el pasillo hasta mi habitación, pasando frente a las puertas entrecerradas de Alice y Hannah.

Me detengo un segundo frente a la de Hannah.

No hay luz dentro. Ya está durmiendo. O intentándolo.

Pienso en cómo se le resbaló la camiseta. En la curva de su cuello. En cómo me miró esta tarde cuando le dije que podríamos pasárnoslo bien juntos.

Me dijo que no.

Pero sus ojos dijeron otra cosa.

Y eso es lo único que necesito saber para mantener la esperanza.

Entro en mi habitación y cierro la puerta. Me quito la ropa, me meto en la ducha y abro el agua fría a tope, porque necesito despejarme. Necesito que este deseo se enfríe antes de que haga algo estúpido.

El agua helada me golpea la espalda pero no sirve de nada. Sigo viendo a Hannah inclinándose, ese trozo de piel, e imaginándome lo que haría si pudiera tocarla.

Pego la frente a los azulejos y dejo que el agua caiga.

Esto es nuevo, diferente, mucho más peligroso que nada de lo que he sentido antes.

Y no tengo ni idea de qué hacer con ello.

Salgo de la ducha y me seco sin mirarme al espejo. Me meto en la cama desnudo porque hace demasiado calor, aunque el aire acondicionado está encendido.

Miro el techo en la oscuridad y acepto la verdad que llevo días evitando.

Me siento muy atraído por Hannah. Por la mujer que me odia, que piensa que voy a fallarle a su sobrina, que se ríe de mí cuando fracaso y que me ayuda cuando se lo pido.

Por la mujer que es intocable, porque si la toco y la cago, lo pierdo todo.

Pierdo a Alice.

Pierdo esta oportunidad de ser alguien mejor.

Pierdo lo único real que he tenido en mi vida.

Así que no la voy a tocar.

Voy a mantener la distancia, a ser el hombre que Alice necesita y a demostrarle a Hannah que puede confiar en mí.

Y voy a ignorar que cada vez que la veo se me para el corazón.

Cierro los ojos y me obligo a dormir.

Pero antes de quedarme dormido, una última imagen me atraviesa: Hannah riéndose en el suelo, con Alice a su lado, descalza y preciosa, ajena al efecto que tiene en mí.

Y sé que estoy perdido.

Completamente perdido.

Y que no hay vuelta atrás.