CAPÍTULO 13
JAMES
Llevo toda la mañana nervioso como un crío esperando a que Alice vuelva del colegio.
He convertido la mitad de mi gimnasio privado en un estudio de baile.
Con espejos de suelo a techo en una pared, barras instaladas a la altura exacta, suelo de madera pensado para danza que unos operarios vinieron a montar ayer mientras ellas no estaban.
Incluso hay un equipo de música profesional en la esquina.
Y lo mejor de todo: he contratado a la profesora de ballet del Lincoln Center que Adrián me recomendó después de que le suplicara que me diera contactos.
Katya Volkova. Rusa, con un currículum impresionante y una reputación impecable.
Está en el gimnasio ahora mismo, revisando el espacio con expresión concentrada.
Cuando me ve acercarme, me sonríe. Es una sonrisa profesional pero cálida.
—Es magnífico —dice con un acento suave que hace que las palabras suenen más raras de lo que deberían—. Has hecho un trabajo excelente con el espacio, James.
Me llama por mi nombre de pila aunque nos hemos conocido hace una hora.
Frunzo el ceño.
—Me alegro de que te parezca bien. —Carraspeo—. La niña tiene talento, creo. Sino puede aprender —aseguro. Estoy completamente seguro de que Alice puede hacer cualquier cosa que se proponga.
—¿No la has visto bailar todavía? —Katya inclina la cabeza con curiosidad genuina—. Qué emocionante. Descubriremos juntos de qué es capaz.
El tono que usa, y cómo me sostiene la mirada un segundo más de lo necesario, me ponen en alerta.
Oigo la cerradura de la puerta principal y se me acelera el pulso.
Salgo del gimnasio y llego al recibidor justo cuando Hannah y Alice entran. Alice lleva la mochila del cole colgada de un hombro y viene hablando de algo que ha pasado en el recreo. Hannah la escucha con esa atención absoluta que le dedica siempre, asintiendo y haciendo preguntas.
Las dos se detienen al verme esperándolas ahí plantado como un pasmarote.
—Hola —digo intentando sonar natural, pero fallo estrepitosamente—. ¿Qué tal el cole?
Alice me mira con curiosidad.
—Bien. ¿Por qué estás tan raro?
—No estoy raro.
—Estás raro —confirma Hannah con esa sonrisa que significa que se está divirtiendo a mi costa—. ¿Qué has hecho?
—Tengo una sorpresa. —Señalo hacia el pasillo que lleva al gimnasio—. Para Alice.
Alice suelta la mochila en el suelo.
—¿Qué clase de sorpresa?
—Ven a verlo.
Las guío por el pasillo. Alice casi da saltitos de curiosidad. Hannah me sigue con esa mirada suspicaz que ya conozco, como si estuviera evaluando si esto va a ser maravilloso o un desastre.
Abro la puerta del gimnasio.
Alice entra primero y se detiene en seco cuando ve el espacio.
—¿Qué es esto?
—Un estudio de baile —digo con toda la calma que soy capaz de fingir—. Para ti.
Alice me mira. Mira los espejos. Mira las barras. Vuelve a mirarme.
—¿Para mí?
—He pensado que te gustaría tener un sitio donde aprender en casa. Y esta es Katya Volkova. Va a ser tu profesora particular.
Katya da un paso adelante y le tiende la mano a Alice con una sonrisa que le transforma la cara seria.
—Encantada de conocerte, Alice. Tu padre me ha dicho que te gusta bailar.
Alice le estrecha la mano sin decir nada. Tiene los ojos como platos y la boca entreabierta. Por un segundo terrible pienso que he metido la pata. Que es demasiado. Que la he asustado.
Pero entonces Alice se gira hacia mí y se lanza.
Me abraza con tanta fuerza que casi me tira para atrás. Entierra la cara en mi estómago y no dice nada pero siento cómo tiembla.
Me quedo paralizado con las manos en el aire sin saber dónde ponerlas. Miro a Hannah buscando ayuda. Ella se está tapando la boca con las manos y tiene los ojos brillantes.
Bajo las manos despacio y las apoyo en la espalda de Alice. La abrazo con cuidado, como si pudiera romperse.
—¿Eso es un sí?
Alice asiente contra mi camiseta sin soltarme.
—Es el mejor regalo del mundo.
Algo se rompe dentro de mí. Algo bueno. Algo que llevaba años queriendo romperse y no sabía cómo.
Katya deja escapar un carraspeo discreto.
—¿Empezamos? Tenemos mucho trabajo por delante si queremos aprovechar este espacio como es debido.
Alice se separa de mí y se seca los ojos con el dorso de la mano. Sonríe de oreja a oreja, con esa sonrisa suya que me desarma.
—Sí. Sí, por favor.
—Ve a ponerte ropa cómoda —dice Katya—. Y recógete el pelo. Nada de melena suelta en mi clase.
Alice sale corriendo hacia su habitación. Hannah se queda mirándome con una expresión que no sé descifrar del todo.
—Gracias —dice en voz baja.
—No tienes que darlas.
—Sí tengo. Esto es… —Se detiene y traga saliva—. Nadie había hecho algo así por ella nunca.
—Ha sido un placer. Quiero que tenga todo lo mejor. —Me meto las manos en los bolsillos porque no sé qué hacer con ellas.
Hannah asiente sin dejar de mirarme, y me dan ganas de prometerle cosas que no sé si puedo cumplir. Prometerle que siempre voy a estar aquí. Que nunca voy a decepcionar a Alice. Que voy a ser suficiente.
Katya vuelve a carraspear. Hannah parpadea y el momento se rompe.
—Voy a ver si Alice necesita ayuda.
Sale del gimnasio y yo me quedo donde estoy, sintiendo que acabo de hacer algo importante. Algo que no tiene que ver con el dinero que he gastado o con los contactos que he usado.
Tiene que ver con que Alice me ha abrazado, con que Hannah me ha dado las gracias con los ojos húmedos y con que, por primera vez en mi vida, he hecho algo que no tiene nada que ver conmigo.
HANNAH
Alice lleva media hora de clase con Katya y no para de sonreír.
Las observo desde el otro lado del gimnasio, apoyada contra la pared, intentando no llorar de felicidad.
Alice se mueve con una gracia natural que no sé de dónde ha sacado.
Katya la corrige con firmeza pero con amabilidad, ajustándole la postura, haciéndola repetir los movimientos hasta que le salen limpios.
Mi niña está radiante.
Y todo es gracias a James.
James, que ha montado esto en dos días, que ha buscado a la mejor profesora que ha podido encontrar y que en una semana ya la conoce mejor de lo que su madre llegó a conocerla nunca.
Me da tanto miedo que esto termine mal que casi no puedo respirar.
Porque cuanto más alto subes, más dura es la caída. Y Alice ya ha caído demasiadas veces: ha creído promesas que se rompieron y ha querido a personas que la han abandonado.
Si James se va, si la prueba sale negativa y decide que esto era demasiado complicado, si resulta ser como todos los demás…
No sé si Alice va a poder recuperarse.
Oigo un ruido metálico al otro lado del gimnasio y giro la cabeza sin pensar.
James está en la zona de pesas.
Sin camiseta.
Se me atasca el aire en la garganta.
Ha debido de quitársela mientras yo estaba distraída viendo a Alice. Lleva solo unos pantalones de deporte negros y zapatillas. Y nada más.
Nada más que piel y músculo: abdominales que parecen esculpidos en mármol, hombros anchos que se tensan cada vez que levanta las pesas, brazos que consiguen que el cerebro me deje de funcionar.
Tiene el pecho cubierto de una fina capa de sudor y la piel le brilla bajo las luces del gimnasio.
Aparto la mirada. Miro a Alice. Me concentro en cómo Katya le está enseñando un giro.
Vuelvo a mirar a James.
Mierda.
Está haciendo dominadas ahora. Sus brazos se flexionan con cada repetición. Los músculos de la espalda se dibujan y se borran siguiendo el movimiento. La V de la cadera desaparece bajo el borde de los pantalones de deporte y mi cabeza se va a lugares donde no debería.
Se me seca la boca.
Esto es ridículo. Soy una adulta de treinta y un años. He visto hombres sin camiseta antes. He tenido relaciones. He tenido sexo.
Pero ningún hombre me ha hecho sentir esto.
Este calor que me trepa por la columna, esta necesidad de cruzar el gimnasio y poner las manos sobre esa piel sudada, de sentir esos músculos bajo los dedos, de averiguar si es tan sólido como parece.
James termina las dominadas y baja de la barra. Se pasa una toalla por la cara y por el pecho, secándose el sudor con movimientos lentos que debería estar prohibido mirar.
Me obligo a girarme hacia Alice pero ya es demasiado tarde.
James me ha pillado mirándolo.
Me sostiene la mirada desde el otro lado del gimnasio. Una sonrisa se le va extendiendo por la cara. Esa sonrisa de capullo engreído que sabe de sobra el efecto que tiene.
Se me encienden las mejillas.
Me doy la vuelta del todo y finjo concentrarme en la clase de Alice como si mi vida dependiera de ello.
Pero siento sus ojos en la espalda y puedo imaginármelo sudado y sin camiseta, sonriendo porque sabe lo que me está haciendo.
Esto es insostenible.
No puedo quedarme aquí viendo cómo Alice baila mientras James hace ejercicio semidesnudo a tres metros de distancia.
Mi autocontrol tiene límites y, por lo visto, esos límites incluyen a James Morgan sin camiseta haciendo dominadas.
—Voy a preparar la merienda —anuncio de repente, demasiado alto.
Katya y Alice me miran sorprendidas.
—Faltan veinte minutos para terminar —dice Katya.
—Necesito… tengo que… hay cosas en el horno.
Es la mentira más patética que he dicho en mi vida. No hay nada en el horno. Ni siquiera he encendido el horno hoy.
Pero ya estoy caminando hacia la puerta.
Casi corriendo.
Salgo del gimnasio y cierro la puerta detrás de mí. Me apoyo contra ella y respiro hondo intentando recuperar algo parecido a la compostura.
Dios.
Estoy metida en un lío.
Un lío serio.
Porque James con ropa ya es difícil de llevar. Sin camiseta es un peligro para mi salud mental.
Y lo peor de todo es que él lo sabe.
Lo sabe y le divierte.
Lo sabe y seguro que lo está usando en mi contra, porque es justo la clase de hombre que haría eso.
Camino hasta la cocina intentando no pensar en abdominales. Ni en sudor. Ni en cómo se le marcan los brazos cuando se agarra a la barra de dominadas.
No funciona.
Abro la nevera y meto la cabeza dentro buscando el frío. Necesito enfriarme. Necesito que mi cerebro vuelva a funcionar.
Necesito que James se ponga una camiseta.
Saco fruta y yogur para la merienda de Alice, aunque todavía faltan veinte minutos. Me pongo a cortar fresas con más violencia de la necesaria, a ver si la frustración se va por ahí.
No puedo sentir esto por él.
No puedo.
Es el posible padre de Alice, un hombre que ha vivido treinta y seis años sin comprometerse con nada ni con nadie, alguien que puede desaparecer de nuestras vidas dentro de cinco semanas, cuando lleguen los resultados de la prueba.
No puedo permitirme sentir nada por él que no sea desconfianza profesional.
Pero mi cuerpo no ha recibido la orden.
Mi cuerpo quiere cosas que mi cerebro sabe que son mala idea: quitarle esos pantalones de deporte, comprobar si toda esa piel sabe tan bien como parece.
Corto una fresa con tanta fuerza que el cuchillo golpea la tabla y hace un ruido que resuena por toda la cocina.
—¿Todo bien por aquí?
Me giro de golpe.
James está en la puerta de la cocina.
Sigue sin camiseta.
Sigue cubierto de sudor.
Sigue mirándome con esa sonrisa que dice que sabe muy bien por qué he salido corriendo del gimnasio.
—Perfectamente —consigo decir—. ¿Necesitas algo?
—Agua.
Se acerca al frigorífico. Tiene que pasar por mi lado. Tan cerca que le huelo el sudor mezclado con esa colonia cara que usa. Tan cerca que si estirara la mano podría tocar esa espalda.
No estiro la mano.
James coge una botella de agua y la vacía hasta la mitad. Observo cómo su garganta se mueve al tragar. Observo cómo una gota de agua le resbala por el cuello hasta el pecho.
Aparto la mirada y vuelvo a las fresas con una dedicación absurda.
—La clase va bien —dice James, recostado en la encimera—. Alice es buena.
—Lo sé.
—Katya dice que tiene potencial.
—Siempre lo ha tenido.
Silencio. Noto su atención como un peso físico.
—¿Por qué has salido corriendo?
—No he salido corriendo. He venido a preparar la merienda.
—Hannah.
Mi nombre en su boca me eriza la piel.
Dejo el cuchillo y lo miro de frente.
—¿Qué?
—Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? —Su expresión se ha vuelto seria—. Con Alice. Voy a estar aquí. No me voy a ir.
Se me encoge el corazón.
Porque quiero creerle. Quiero creerle tanto que me duele.
Pero he visto demasiadas promesas rotas. He recogido demasiadas veces los pedazos de Alice cuando alguien que prometía quedarse se ha ido.
—Eso espero —digo en voz baja—. Porque si le haces daño, si la decepcionas, si resulta que todo esto era solo un capricho…
—No lo es.
—Más te vale.
Nos miramos en silencio. Hay demasiadas cosas que no nos estamos diciendo y que flotan en el aire entre nosotros.
James da un paso hacia mí. Solo uno. Pero basta para que el aire entre nosotros se cargue como antes de una tormenta.
—¿Sabes qué más puedes hacer? —dice bajando la voz.
—¿Qué?
—Confiar en que no voy a hacerte daño a ti tampoco.
El corazón me golpea una vez, fuerte.
Antes de que pueda responder, la voz de Alice llega desde el pasillo.
—¡Hannah! ¡Katya dice que lo estoy haciendo muy bien!
James se aparta. La sonrisa vuelve a su cara como si la conversación anterior no hubiera ocurrido.
—Voy a ducharme. Estoy sudado.
Sale de la cocina justo cuando Alice entra corriendo, toda sudada y feliz, hablando a mil por hora sobre la clase y sobre lo que Katya le ha enseñado.
Yo la escucho asintiendo en los momentos adecuados, sonriendo cuando toca.
Pero mi cabeza sigue en la cocina. Con James sin camiseta. Con esa promesa que me ha hecho y que no sé si puedo creer.
Con ese paso que ha dado hacia mí y que ha despertado de golpe todo mi cuerpo.
Estoy metida en un lío.
Un lío mucho más gordo de lo que pensaba.