CAPÍTULO 14
HANNAH
La primera mañana que James despierta a Alice es un desastre absoluto.
Lo oigo desde mi habitación. Sus pasos por el pasillo, la puerta de Alice abriéndose despacio, su voz intentando sonar suave y consiguiendo sonar muerta de miedo.
—¿Alice? Eh… tienes que levantarte. Es hora de ir al colegio.
Silencio.
—Alice. En serio. Son las siete y media.
Más silencio.
—No sé qué hacer —lo oigo murmurar—. ¿La zarandeo? ¿Le echo agua? Joder.
Me tapo la boca para no reírme. Salgo de la cama y camino hasta la habitación de Alice. James está en el umbral, todavía en pijama, con el pelo revuelto y cara de puro pánico.
Alice está dormida como un tronco, ajena a todo.
—Aparta —le digo empujándolo con suavidad.
Me siento en el borde de la cama y le acaricio el pelo a Alice.
—Cariño. Hora de levantarse.
Alice gruñe y se da la vuelta.
—Cinco minutos más.
—Ni uno más. Venga, arriba.
Le hago cosquillas en los pies y Alice se despierta riendo y protestando. Se incorpora frotándose los ojos, me ve y me sonríe. Luego ve a James en la puerta y la sonrisa se le ensancha.
—Buenos días, James.
—Buenos días —responde él con alivio evidente—. Pensaba que no ibas a despertar nunca.
—Tienes que hacerle cosquillas en los pies.
James me mira como si le hubiera pasado información privilegiada.
—Cosquillas en los pies. Apuntado.
A la mañana siguiente lo intenta él solo. Lo oigo entrar en la habitación de Alice, oigo sus pasos acercándose a la cama, oigo su voz más segura.
—Alice. Hora de levantarse. Y sé tu truco de los cinco minutos más, así que ni lo intentes.
Alice gruñe.
—Venga. Arriba. O tendré que usar el método de las cosquillas.
—No te atreverás.
—¿Ah, no?
Oigo a Alice chillar entre risas, a James reírse también y el golpe sordo de una almohada.
Me quedo en mi habitación con una sonrisa idiota en la cara que no consigo borrar.
El desayuno es otra historia.
La primera vez que James intenta hacer tortitas sin mi ayuda, activa la alarma de humo. Salgo corriendo de la ducha con el pelo lleno de champú pensando que la casa está ardiendo. James está en la cocina abanicando el humo con un trapo mientras Alice se ríe sentada en la encimera.
—No es gracioso —dice James aunque está sonriendo—. Casi prendo fuego a la cocina.
—Es un poco gracioso —admite Alice.
—Nada gracioso —corrijo abriendo las ventanas—. ¿Qué has hecho?
—No lo sé. He seguido la receta al pie de la letra.
—¿A qué temperatura tenías la sartén?
—Al máximo. Para que se hicieran más rápido.
Alice y yo nos miramos y estallamos en carcajadas.
James nos mira a las dos con expresión ofendida.
—Estáis disfrutando demasiado con mi sufrimiento.
—Muchísimo —confirmo—. Aparta. Voy a enseñarte a hacer tortitas como Dios manda.
Dos días después, James hace tortitas él solo y solo se le queman un poco por los bordes. Alice se las come de todas formas y le dice que están deliciosas. James me mira por encima de la mesa con una sonrisa de orgullo que no debería afectarme tanto como me afecta.
Una semana después, las tortitas le salen de libro. James las sirve con una floritura exagerada y Alice aplaude. Yo me como las mías procurando no pensar en lo atractivo que es un hombre que aprende a cocinar para su hija.
No funciona.
Ir al colegio se convierte en algo que hacemos los tres juntos.
La primera mañana, James insiste en llevarnos en su coche.
Un BMW negro que debe de costar más que todo lo que he ganado en mi vida.
Alice se sienta atrás y va parloteando sobre un examen de naturales.
James conduce con una mano en el volante, relajado, haciendo preguntas sobre lo que Alice está estudiando.
Llegamos al colegio y Alice se baja con su mochila. Se despide de mí con un beso y luego se gira hacia James, dudando un segundo antes de darle un beso rápido en la mejilla también.
—Hasta luego.
—Que tengas un buen día —dice James con la voz un poco tomada.
Vemos a Alice correr hacia la entrada donde la esperan dos amigas. Las tres empiezan a hablar todas a la vez, gesticulando como locas.
—Tiene amigas —dice James, atónito—. No sabía que tenía amigas.
—Claro que tiene amigas. Es una niña normal.
—Ya, pero… —Se queda callado mirando a Alice—. Hay muchas cosas que no sé de ella.
—Pues aprende.
—Eso intento.
Al día siguiente, Alice le pide a James que la acompañe hasta la puerta. Quiere presentarle a sus amigas. James me mira buscando confirmación y asiento. Los veo caminar juntos hacia la entrada. Alice llama a sus amigas y les presenta a James con una sonrisa enorme.
—Este es James. Mi padre.
Oigo las palabras desde el coche y se me encoge el corazón.
James se agacha para estar a la altura de las niñas y les estrecha la mano con toda la seriedad del mundo. Las amigas de Alice se ríen encantadas. Una de ellas le dice algo que no oigo y James suelta una carcajada.
Cuando vuelve al coche, tiene esa expresión aturdida que estoy empezando a conocer demasiado bien.
—Me ha llamado su padre.
—Lo he oído.
—Delante de sus amigas.
—James.
—Me ha presentado como su padre, Hannah.
—¿Y eso es malo?
—No. —Arranca el coche sin mirarme—. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.
Los otros padres empiezan a acercarse.
La primera es la madre de Sophie, con el pelo de peluquería y ropa de yoga cara, que viene directa hacia nosotros con una sonrisa de anuncio de dentífrico.
—¡Hannah! —Me saluda con dos besos sin dejar de mirar a James—. ¿Es verdad lo que dicen las niñas? ¿Es el padre de Alice?
James me mira de reojo. Yo abro la boca para corregirla pero él habla primero.
—Sí. Yo soy James.
—Encantada. —Me aprieta el brazo sin soltar a James con la mirada—. Sophie no va a hablar de otra cosa en semanas. Tenéis que venir a merendar un día de estos.
—Claro —digo cuando recupero la voz—. Sería genial.
La madre de Sophie se va después de arrancarnos la promesa de esa merienda. Miro a James con una ceja levantada.
—¿El padre de Alice, eh?
—Ha sido más fácil que explicarle la situación real.
—¿Que eres su posible padre y que vivimos contigo mientras esperamos los resultados de una prueba de paternidad?
—Exacto. Demasiado complicado para una conversación de cinco minutos.
Tiene razón. Pero el estómago se me retuerce de una forma que no es del todo desagradable cuando pienso en que nos han visto como una familia.
En casa, James trabaja en el sofá.
Tiene el portátil en las rodillas, gafas de lectura que no sabía que usaba y el ceño fruncido de concentración. Alice y yo hacemos los deberes en la mesa del comedor. De vez en cuando, James levanta la vista y nos mira. No dice nada. Solo nos mira como si quisiera memorizar la escena.
Una tarde, Alice se atasca con un problema de matemáticas y le pide ayuda a James. Él deja el portátil a un lado y se sienta con nosotras en la mesa. Explica el problema con una paciencia infinita, dibujando diagramas hasta que Alice lo entiende.
—Eres bueno en esto —le digo cuando Alice vuelve a concentrarse en su cuaderno.
—Tuve buenos profesores.
—No. Eres bueno porque te importa que ella lo entienda.
James me mira sin sonreír.
—Todo lo que tiene que ver con ella me importa.
Aparto la mirada antes de hacer algo estúpido como creerle del todo.
Pero cada día me cuesta más mantener las defensas.
Cada día que pasa, James demuestra que no es el capullo millonario de los periódicos: es un hombre que se levanta temprano para hacer el desayuno, que trabaja desde casa para poder estar cerca cuando Alice llega del colegio y que me mira cuando piensa que no me doy cuenta, de una forma que me acelera el pulso más de lo que me conviene.
La reunión con los profesores es mi perdición.
Estamos sentados en sillas diminutas de primaria, frente a la señora Peterson, la tutora de Alice. James lleva traje porque viene directo de una reunión. Yo llevo vaqueros y un jersey porque vengo de dar clases particulares.
La señora Peterson me sonríe primero con la familiaridad de años.
—Hannah, qué alegría verte. Y tú debes de ser James. —Se gira hacia él con curiosidad mal disimulada—. Alice no para de hablar de ti últimamente.
—¿Ah, sí? —James se inclina hacia delante con interés genuino—. ¿Qué dice?
—Que haces las mejores tortitas del mundo aunque a veces se te quemen un poco. —La señora Peterson se ríe—. Y que estáis viviendo juntos ahora. Alice parece muy feliz con el cambio.
James y yo nos miramos de reojo. La profesora ha dado por hecho algo que ninguno de los dos ha dicho.
—Sí, bueno… —empiezo a decir.
—Es maravilloso ver a Alice tan contenta —interrumpe la señora Peterson—. Lleva años siendo solo ella y Hannah, y aunque siempre lo habéis llevado de maravilla, se nota que tener una figura paterna en casa le está sentando muy bien.
James no la corrige.
No dice que solo llevamos dos semanas viviendo juntos. No dice que estamos esperando los resultados de una prueba de paternidad. No dice que esto es temporal, complicado, que no somos lo que ella piensa que somos.
Solo asiente y pregunta por las notas de Alice.
La señora Peterson sigue hablando. De matemáticas, de lengua, de lo bien que Alice se lleva con sus compañeros. De lo responsable que es y lo mucho que ha mejorado su participación en clase en las últimas semanas.
—Se la ve más segura —dice la profesora mirándonos a los dos—. Sea lo que sea lo que estéis haciendo en casa, seguid así. Le está viniendo muy bien.
James hace más preguntas. Yo asiento en los momentos adecuados. Pero mi cerebro no puede dejar de repetir las palabras de la señora Peterson.
«Viviendo juntos.»
«Una figura paterna en casa.»
«Sea lo que sea lo que estéis haciendo.»
Como si fuéramos una pareja, los padres de Alice, y esto fuera real y permanente y no algo temporal que puede explotar en cuatro semanas.
Salimos de la reunión media hora después. Caminamos hacia el coche en silencio. James abre la puerta del copiloto y espera a que me suba antes de rodear el coche y sentarse al volante.
No arranca.
—No la has corregido —digo en voz baja.
—¿Perdona?
—A la señora Peterson. Ha dado por hecho que somos… que estamos juntos. Y no la has corregido.
James se queda callado un momento, con las manos en el volante.
—¿Querías que lo hiciera?
—No lo sé. Supongo que habría sido lo correcto.
—¿Por qué? —Se gira para mirarme—. ¿Qué iba a decirle? ¿Que aparecí en la vida de Alice hace dos semanas? ¿Que puede que ni siquiera sea su padre? ¿Que tú y yo vivimos juntos pero que no hay nada entre nosotros?
La última frase me deja un vacío raro en el estómago.
—Habría sido la verdad.
—La verdad es complicada. —James apoya la cabeza contra el respaldo y cierra los ojos—. Y la señora Peterson tenía razón en algo. Alice está feliz. ¿Por qué tengo que explicarle a todo el mundo que esto es temporal cuando ni siquiera yo sé si lo es?
—James…
—No quiero que esto sea temporal, Hannah.
—Abre los ojos y me mira sin parpadear—.
Quiero que Alice siga estando así de feliz.
Quiero seguir haciendo tortitas aunque se me quemen.
Quiero seguir llevándola al colegio y aprendiéndome los nombres de sus profesoras y sus amigas.
Y si la gente da por hecho cosas sobre nosotros… no voy a molestarme en corregirla.
No sé qué decir. Para esto no hay palabras. Para lo que acaba de confesar, para cómo me está mirando.
Para esto que me crece en el pecho demasiado rápido y que me asusta tanto que apenas respiro.
James arranca el coche y conduce de vuelta a casa. Ninguno de los dos habla. Pero algo se ha movido entre nosotros que no puedo volver a colocar en su sitio.
Y lo peor es que me ha gustado.
Me ha gustado que la señora Peterson nos viera como una pareja, que James no la corrigiera y sentir, aunque solo fuera un momento, que esto es real.
Que somos una familia.
Y eso me aterra más que nada en el mundo.
Esa noche, después de acostar a Alice, me siento en mi cama con la espalda apoyada en el cabecero e intento procesar todo lo que ha pasado en las últimas dos semanas.
James despertando a Alice con cosquillas en los pies.
James quemando tortitas y riéndose de sí mismo.
James aprendiendo los nombres de las amigas de Alice.
James en el sofá trabajando mientras nosotras hacemos deberes.
James en esa reunión, inclinándose hacia delante cuando la profesora hablaba de Alice, interesado de verdad en cada palabra.
Me tapo la cara con las manos y admito la verdad que llevo días evitando.
Me atrae.
Me atrae de una forma que no puedo controlar y que no puedo permitirme.
Me atrae cuando se ríe, cuando se revuelve el pelo frustrado, cuando habla con Alice con esa ternura torpe que me desmonta, cuando me mira como si me leyera por dentro.
Me atrae todo de él.
Y eso es un problema.
Porque James Morgan no es para mí: es el posible padre de Alice, un hombre acostumbrado a mujeres sofisticadas y a una vida que yo no puedo ni imaginar, alguien que puede desaparecer dentro de cuatro semanas con los resultados de esa prueba.
No puedo permitirme sentir esto.
No puedo.
Pero mi cuerpo no me hace caso, y mi cabeza está empezando a olvidar todas las razones por las que debería mantener las distancias.
Porque si me permito caer, si me permito creer que esto puede ser real, y luego él se va…
No sé si voy a poder recuperarme.
Y peor aún: no sé si Alice va a poder recuperarse.
Me tumbo en la cama a oscuras.
Tengo que controlar esto, mantener la cabeza fría, recordar que estoy aquí por Alice y no por mí.
Y tengo que dejar de pensar en James sin camiseta en el gimnasio, en cómo dice mi nombre, en cómo sería besarlo.
Cierro los ojos con fuerza y me obligo a respirar.
Cuatro semanas. Eso es todo lo que tengo que aguantar: cuatro semanas hasta que lleguen los resultados y sepamos si James es de verdad el padre de Alice, para decidir qué pasa después y para proteger mi corazón de algo que cada día parece más inevitable.
Puedo hacerlo. Tengo que hacerlo. Aunque me esté destrozando por dentro.