Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

JAMES

Acompaño a Katya hasta la puerta del apartamento después de su clase con Alice. La niña acaba de meterse en la ducha y Hannah se ha ido hacia la cocina.

Katya se detiene en el umbral y se gira hacia mí con una sonrisa que conozco demasiado bien y que me dispara todas las alarmas.

—Ha sido una clase excelente —dice ajustándose el bolso en el hombro—. Alice tiene mucho potencial. Con la dedicación adecuada podría llegar muy lejos.

—Me alegro. Gracias por todo lo que estás haciendo por ella.

Katya se acerca un paso más. Demasiado. Su perfume, intenso, floral, me envuelve como una nube empalagosa.

—Sabes, James… —Su voz baja de tono—. He disfrutado mucho trabajando contigo estos días. Eres muy atento. Muy… presente.

Me pone la mano en el pecho. Sus dedos se deslizan hacia arriba con intención clara.

—Si alguna vez quieres hablar sobre el progreso de Alice con más detalle, podríamos quedar para tomar algo. Una cena, quizá. O podríamos saltarnos la cena directamente.

Y no siento nada.

Nada de nada.

Hace tres semanas habría aceptado sin pensarlo. Hace tres semanas habría visto una mujer atractiva ofreciéndose y habría dicho que sí porque era lo que hacía siempre. Porque el sexo sin complicaciones era lo único que sabía hacer.

Pero ahora solo quiero que aparte la mano.

Porque lo único que puedo pensar es que esa mano no es la de Hannah.

Le cojo la muñeca con suavidad y le aparto la mano de mi pecho.

—Katya, eres una profesora excelente y Alice te adora. Pero tengo que ser claro contigo: no va a haber nada más que una relación profesional entre nosotros.

La sonrisa de Katya vacila pero no se rinde. Da otro paso hacia mí y me acorrala contra el marco de la puerta.

—¿Estás seguro? Podría ser muy divertido. Y discreto, por supuesto. Nadie tiene por qué…

—Estoy seguro.

Oigo un jadeo ahogado detrás de mí.

Me giro de golpe.

Hannah está en mitad de la sala con un vaso de agua en la mano. Nos mira a Katya y a mí. Ve la mano de Katya todavía a un palmo de mi pecho. Ve lo cerca que está de mí. Ve la sonrisa en su cara.

Y en los ojos de Hannah veo dolor.

Dolor puro.

—Perdón —dice con un hilo de voz—. Yo solo… iba a…

Se da la vuelta y sale corriendo hacia su habitación. Oigo cómo se cierra la puerta con un golpe que me sacude entero.

—Mierda. —Me giro hacia Katya—. Tienes que irte. Ahora.

—James, yo no quería…

—Ahora, Katya. Por favor.

Poco menos que la empujo fuera del apartamento y cierro la puerta antes de que pueda decir nada más. Cierro con llave y me quedo ahí un segundo, recuperando el aire.

Hannah piensa que iba a pasar algo con Katya.

Hannah piensa que voy a acostarme con la profesora de baile de Alice.

Hannah piensa que soy justo el capullo que decían los periódicos.

Joder.

Camino por el pasillo hacia su habitación. La puerta está cerrada. Llamo con los nudillos.

—Hannah. Abre.

Silencio.

—Hannah, por favor. Déjame explicarte.

—No hay nada que explicar. —Su voz llega amortiguada a través de la puerta—. Haz lo que quieras, James. No es asunto mío.

—Sí lo es.

—No lo es. Tú y yo no somos nada. Vivo aquí por Alice. Lo que hagas con otras mujeres no me importa.

Apoyo la frente contra la puerta.

—¿De verdad crees eso?

—Sí.

—Mentirosa.

Oigo movimiento dentro. Pasos que se acercan. La puerta se abre de golpe y Hannah está ahí con los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas.

—¿Me has llamado mentirosa?

—Sí. Porque estás mintiendo. Te importa.

—Eres un capullo arrogante.

—Puede ser. Pero no estoy mintiendo.

Hannah intenta cerrarme la puerta en la cara. Pongo la mano y la detengo.

—Suelta la puerta, James.

—No hasta que me escuches.

—Ya te he escuchado bastante.

—No has escuchado nada porque no me has dejado hablar. —Empujo la puerta con suavidad pero con firmeza—. Katya se me ha insinuado y la he rechazado. Estaba rechazándola cuando tú has aparecido.

Hannah parpadea.

—¿Qué?

—La he rechazado. Le he dicho que no va a haber nada entre nosotros más que una relación profesional.

—¿Por qué?

La pregunta sale como un susurro. Vulnerable. Honesta. Y esa vulnerabilidad me rompe todas las defensas que me quedaban.

Entro en su habitación y cierro la puerta detrás de mí. Hannah retrocede hasta dar con la espalda en la pared lateral.

—¿Por qué crees tú?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Avanzo hacia ella despacio, como un depredador que acecha a su presa. Hannah me mira con los ojos muy abiertos, la respiración acelerada.

—James…

—Desde que te conocí no he deseado a nadie más. —Las palabras salen roncas, cargadas de una verdad que llevo semanas intentando ignorar—. Ni a una sola persona. Solo te he deseado a ti. A todas horas, joder.

—No digas eso.

—¿Por qué no?

—Porque no puedes. Porque esto no puede pasar. Porque Alice…

Planto una mano a cada lado de su cabeza, atrapándola entre mis brazos y la pared.

—Alice está en la ducha. —Bajo la cabeza hasta que mi boca está a centímetros de la suya—. Y yo estoy aquí. Contigo. Diciéndote que te deseo tanto que no puedo pensar en nada más.

—James, por favor…

—Dime que no me deseas y me aparto ahora mismo. —Mi voz sale como un gruñido—. Dime que lo que acabo de decir no es mutuo. Dime que no piensas en mí por las noches.

Silencio.

Hannah me mira con los labios entreabiertos, las pupilas dilatadas, el pecho subiendo y bajando cada vez más deprisa.

—No puedo decir eso.

—Entonces no digas nada.

La beso.

Por fin.

Después de semanas observándola. Después de semanas deseándola y negándome lo único que he deseado de verdad en años.

La beso y el mundo entero desaparece.

Hannah se queda inmóvil un segundo. Solo un segundo. Y luego me devuelve el beso con una ferocidad que no me esperaba.

Sus manos suben por mi pecho y se enredan en mi pelo. Tira con fuerza y suelto un gemido contra su boca que ni siquiera intento contener. Ella aprovecha para profundizar el beso. Su lengua encuentra la mía y todo mi cuerpo se enciende de golpe.

Joder.

Sabe a café y a algo dulce que no identifico. Sabe a todo lo que llevo años evitando: a conexión de verdad, a algo que podría destruirme si lo pierdo.

Y me da igual.

Presiono mi cuerpo contra el suyo. Hannah jadea contra mi boca y ese sonido viaja directo a mi entrepierna. La aprieto más contra la pared, con una mano en su cintura y la otra en su nuca, sosteniéndola mientras la devoro.

Porque eso es lo que estoy haciendo. Devorándola. Bebiendo de ella como si fuera lo único que necesito para seguir respirando.

Hannah gime y el sonido me vuelve loco. Estoy más duro que nunca y ella tiene que sentirlo contra el estómago. Tiene que saber lo que me hace.

Bajo la mano de su cintura a su muslo. Subo despacio, memorizando cada centímetro, y le levanto la pierna. Hannah entiende la orden sin palabras y engancha la pierna en mi cadera.

Me aprieto contra ella y los dos gemimos al mismo tiempo.

Es demasiado. Demasiado intenso. Demasiado real.

Y no es ni de lejos suficiente.

Dejo su boca porque necesito oxígeno. Bajo por su mandíbula dejando un rastro de besos. Llego a su cuello y muerdo. Suave primero. Luego con más fuerza.

Hannah suelta un grito ahogado y tira de mi pelo tan fuerte que me duele. Me encanta.

—James… —Mi nombre sale como una súplica desesperada—. Dios, James…

Lamo el punto donde he mordido. Succiono hasta dejar una marca. Ella va a llevar mi marca mañana y esa idea primitiva me pone todavía más.

—Llevas semanas volviéndome loco —gruño contra su piel—. Con esa ropa que te resbala por el hombro. Con esa risa cuando estás con Alice. Con esas miradas que me lanzas cuando crees que no me doy cuenta.

Vuelvo a su boca y la beso con más dureza.

Hannah arquea la espalda separándose de la pared y presionándose contra mí. Su pecho contra el mío. Noto sus pezones duros a través de la tela de la camiseta y el cerebro se me cortocircuita.

Bajo las manos a su trasero y aprieto. Hannah gime en mi boca y mueve las caderas contra mí. La fricción me está matando.

—Necesito… —jadeo contra sus labios sin poder terminar la frase.

—Lo sé. Yo también.

Meto las manos bajo su camiseta. Piel. Por fin puedo tocar su piel. Cálida y suave bajo mis dedos. Subo despacio, demasiado despacio, aprendiéndome cada curva.

Hannah tiembla bajo mis manos. Sus dedos se clavan en mis hombros con fuerza y eso me gusta más de lo que debería.

Llego al borde de su sujetador y dudo un segundo. Solo un segundo.

Hannah muerde mi labio inferior con fuerza.

—No pares. Por favor, no pares ahora.

Y no lo hago.

Subo las manos y cubro sus pechos por encima del sujetador. Aprieto y Hannah echa la cabeza hacia atrás hasta dar contra la pared. Suelta un gemido que va a perseguirme durante el resto de mi vida.

La beso otra vez. Más profundo. Más duro. Mi lengua contra la suya en un baile que parece coreografiado, aunque nunca lo hayamos hecho antes, como si nuestros cuerpos llevaran esperando esto toda la vida.

Hannah desliza las manos bajo mi camiseta. Sus uñas me arañan la espalda y el dolor se mezcla con el placer hasta nublarme del todo.

Quiero darle más. Mucho más, pero oigo la puerta del baño abrirse.

Los pasos de Alice en el pasillo.

—¡Tía Hannah! ¿Has visto mi pijama de rayas?

Hannah y yo cruzamos una mirada de pánico.

Mierda.

Hannah se aparta de mí tan rápido que casi tropieza. Se alisa el pelo a toda prisa.

Yo me ajusto los pantalones para disimular lo duro que estoy. Respiro hondo. Luego otra vez. No funciona.

—En tu armario, cariño —consigue decir Hannah casi con normalidad—. En el cajón de abajo.

—¡Vale! ¿Puedes venir a ayudarme a elegir?

Hannah me mira. Tiene las mejillas encendidas. Los labios hinchados. El cuello con la marca que le he dejado, visible por encima del escote de la camiseta.

Está preciosa.

—Tengo que…

—Ve. —Me sale más ronco de lo que pretendía.

Hannah asiente y se gira hacia la puerta. Antes de abrirla se detiene y me mira por encima del hombro.

—Esto no puede volver a pasar —dice y se marcha.

Yo me quedo apoyado contra la pared, esperando a que la respiración se me calme y mi cuerpo entienda que no va a obtener alivio ahora mismo.

Me froto la cara y suelto una risa que es mitad alivio, mitad pura frustración sexual.

He probado su boca, y eso ya no se puede deshacer.

Después de Hannah, ninguna otra mujer me va a saber a nada.

Y no me importa una mierda.

Salgo de su habitación y camino hacia la mía haciendo todo lo posible por no parecer un hombre que acaba de besar a una mujer contra la pared. Paso por delante de la habitación de Alice y oigo su voz charlando con Hannah sobre pijamas y deberes.

Todo parece normal.

Excepto que nada es normal.

Porque ahora sé lo que es tener a Hannah entre mis brazos.

Y voy a hacer lo que sea necesario para volver a tenerla ahí.

Me meto en mi habitación y cierro la puerta. Me tiro en la cama con una sonrisa idiota que no puedo borrar.

Voy a necesitar una ducha fría.

Una muy larga y muy fría.

Pero puedo esperar.

He esperado treinta y seis años para sentir algo real.

Puedo esperar un poco más para tener a Hannah justo donde la quiero.

En mi cama. En mis brazos. En mi vida.

Para siempre.