CAPÍTULO 24
JAMES
Llevo toda la mañana del sábado nervioso como un adolescente antes de su primera cita.
He organizado cenas de negocios con inversores multimillonarios sin pestañear. He cerrado acuerdos de millones de dólares sin sudar una gota. Pero preparar una cena informal en mi casa para presentar a Hannah y Alice a mis amigos me tiene al borde del colapso nervioso.
Hannah me mira con esos ojos que ven demasiado, pero no dice nada.
Llevamos una semana durmiendo juntos cada noche, después de que Alice se queda dormida, y despertándonos temprano para que la niña no nos pille.
Es una locura insostenible y los dos lo sabemos, pero ninguno de los dos está dispuesto a parar.
Alice aparece en el salón con uno de sus vestidos nuevos, dando vueltas sobre sí misma.
—¿Estoy guapa?
—Estás preciosa, campeona. —Le sonrío—. Pero no tienes que arreglarte tanto. Son solo mis amigos.
—Quiero dar buena impresión. —Se sienta en el sofá con las piernas colgando—. Hannah dice que uno de ellos tiene una hija de mi edad.
—Emma. Tiene trece años. —Me siento a su lado—. Es muy lista. Creo que os vais a llevar bien.
—¿Y la otra niña?
—Elena tiene un año y medio. Es la hija de Alexander y Zoe. —Sonrío al pensar en la pequeña—. Alexander está loco perdido por ella. Controla hasta el aire que respira.
Alice se ríe y yo me relajo un poco. Esto va a salir bien. Tiene que salir bien.
El timbre suena a las siete en punto. Adrián es el primero en llegar, puntual como siempre, con Bella del brazo y Emma detrás. Bella lleva un vestido azul sencillo que la hace parecer un ángel, y Emma viste vaqueros y una camiseta con la cara de algún cantante que no reconozco.
—James. —Adrián me da un apretón de manos que casi me rompe los huesos—. Gracias por invitarnos.
—Gracias por venir. —Me hago a un lado para dejarlos pasar—. Pasad, por favor.
Bella me abraza con esa calidez natural que tiene y Emma me saluda con una sonrisa tímida. Las guío hasta el salón, donde Hannah y Alice esperan. Hago las presentaciones y veo cómo Alice y Emma se miran con curiosidad mutua.
—¿Te gusta bailar? —pregunta Alice a bocajarro.
—Me gusta leer —responde Emma—. ¿Tienes libros?
—Montones. ¿Quieres ver mi habitación?
Las dos niñas desaparecen por el pasillo antes de que pueda decir nada. Bella se ríe.
—Emma no suele abrirse tan rápido. Alice debe de tener algo especial.
—Lo tiene —digo mirando a Hannah, que se ha ruborizado un poco.
Llegan Alexander y Zoe cinco minutos después, con Elena en brazos de su padre. La niña lleva un vestido rosa con volantes y el pelo rubio recogido en dos coletas diminutas. Alexander la sostiene como si fuera de porcelana.
—Gracias por venir. —Cojo a Elena de los brazos de Alexander, que parece a punto de sufrir un ataque—. Hola, princesa. ¿Recuerdas al tío James?
Elena me mira con esos enormes ojos grises idénticos a los de su padre y luego sonríe, enseñando unos dientes de ratoncillo.
Me río. Es preciosa.
—Esta es Hannah, y por ahí está Alice, que tiene once años y es una bailarina increíble.
Hannah saluda a todos con una timidez que no le había visto antes, pero Bella y Zoe la abrazan como si fueran amigas de toda la vida, y en dos minutos están charlando en la cocina.
Daniel y Adriana llegan los siguientes, él con una botella de vino carísima en la mano. Adriana está despampanante, con ese pelo oscuro y esos ojos que parecen leerte por dentro. Daniel no la pierde de vista ni un segundo.
—James. —Me da un abrazo que me sorprende—. Por fin conocemos a las famosas Hannah y Alice.
—Por fin. —Presento a Hannah, que estrecha la mano de Adriana con una sonrisa nerviosa—. Gracias por venir.
Nathan es el último en llegar, solo como siempre, con ese aire distante que nunca pierde. Saluda a todos con educación pero sin calidez, y se sienta en el sofá con una copa de whisky como si prefiriera estar en cualquier otro sitio.
Cuando todos están instalados en el salón, me quedo un momento en la puerta de la cocina, observando.
Adrián y Daniel hablan de negocios en un rincón mientras Bella y Zoe le enseñan fotos de Emma y Elena a Hannah, que se ríe de algo que Zoe acaba de decir.
Alexander persigue a Elena por el salón, evitando que se meta nada en la boca.
Adriana sirve las bebidas. Nathan observa todo desde su rincón con expresión inescrutable.
Y Alice y Emma vienen corriendo por el pasillo, riendo por algo que solo ellas entienden.
Es perfecto.
Es justo lo que quería.
Hannah me mira desde el otro lado del salón y me sonríe, y el corazón me da un vuelco.
Porque esto es lo que quiero. No solo por esta noche, sino para siempre.
Quiero estas cenas. Quiero ver a Alice crecer con amigos como Emma.
Quiero que Hannah se ría con Bella y Zoe.
Quiero ser parte de esto, de esta familia que mis amigos han construido.
Y quiero que Hannah y Alice sean mi familia.
Ahora solo tengo que encontrar la manera de conseguirlo. Me da igual lo que digan las pruebas de paternidad. Pienso quedarme con ellas para siempre.
La cena es un caos, del bueno. Nos sentamos todos alrededor de mi mesa, que nunca había estado tan llena, y comemos el pollo asado que Hannah ha preparado porque mis habilidades culinarias no llegan a tanto.
Alice le cuenta a Emma todo sobre sus clases de baile.
Elena intenta robarle la comida del plato a su padre cada dos por tres.
Bella le pregunta a Hannah sobre su trabajo como profesora y Hannah se anima contando anécdotas de sus alumnos.
Adrián me mira desde el otro lado de la mesa con una sonrisa que dice «estás jodido, amigo». Daniel levanta su copa hacia mí en un brindis silencioso. Alexander asiente con aprobación mientras sostiene a Elena en su regazo. Incluso Nathan parece un punto menos sombrío de lo habitual.
Después de la cena, mientras Hannah y las chicas recogen la mesa, los chicos y yo salimos a la terraza con nuestras copas.
—Así que esta es la niña que apareció en tu puerta —dice Adrián, apoyándose en la barandilla.
—Sí. —Bebo un sorbo de mi whisky—. Alice.
—Es encantadora —añade Daniel—. Y Hannah… joder, James. Entiendo perfectamente por qué estás como estás.
—¿Cómo estoy?
—Enamorado hasta las trancas. —Alexander me mira con esos ojos grises que no se pierden nada—. Se te nota a kilómetros.
—No estoy…
—No nos mientas —interrumpe Adrián—. Te conozco desde hace años. Nunca te había visto así con nadie.
Me quedo callado porque no sé qué decir. Porque tienen razón y no estoy preparado para admitirlo en voz alta.
—¿Qué vas a hacer cuando lleguen los resultados de la prueba? —pregunta Nathan desde su rincón, tan directo como siempre.
—Quedarme. —Las palabras salen solas—. Sea cual sea el resultado, me voy a quedar con ellas.
—¿Y si la prueba sale negativa? —insiste Nathan—. ¿Y si no eres el padre biológico?
—Me da igual. —Los miro uno por uno—. Las quiero en mi vida. A las dos. Y voy a hacer lo que sea necesario para que se queden.
Daniel sonríe.
—Bienvenido al club de los idiotas enamorados.
—No he dicho que esté enamorado.
—No hace falta que lo digas —responde Adrián—. Se te ve en la cara cada vez que la miras.
Volvemos dentro y encuentro a Hannah en la cocina, guardando los últimos platos mientras Bella y Zoe le cuentan algo que la hace reírse. Alice y Emma están en el suelo del salón jugando con Elena, que grita encantada cada vez que las mayores le hacen cosquillas.
Me acerco a Hannah, le paso un brazo por la cintura y la atraigo hacia mí. Ella se tensa un momento y luego se relaja contra mi costado.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Perfecto. —Me mira con esos ojos que me desarman—. Tus amigos son increíbles.
—Les gustas. —Le beso la sien sin pensar—. Mucho.
Bella y Zoe intercambian una mirada cómplice que no me pasa desapercibida, pero no dicen nada.
Todos empiezan a marcharse pasadas las once.
Adrián y Bella se van primero, con Emma medio dormida.
Alexander tarda veinte minutos en sacar a Elena de casa porque la niña no quiere dejar de jugar con Alice.
Daniel y Adriana se despiden con abrazos y promesas de repetir pronto.
Nathan se va sin hacer ruido, como llegó.
Cuando la puerta se cierra detrás del último de mis amigos, me quedo en el salón mirando los restos de la cena: copas vacías, platos en el fregadero, cojines del sofá descolocados. Mi apartamento parece un desastre.
Y nunca me había parecido tan perfecto.
HANNAH
La cena ha sido perfecta.
Demasiado perfecta, si soy sincera. Ver a James con sus amigos, ver cómo me han recibido Bella, Zoe y Adriana como si fuera una más del grupo, ver a Alice jugando con Emma y Elena… todo ha sido justo como debería ser una familia.
Y eso me aterra.
Porque no sé si esto es real. No sé si va a durar. Los resultados de la prueba llegan la semana que viene y entonces todo puede cambiar.
Con la puerta ya cerrada y el apartamento en silencio, James se gira hacia mí con una sonrisa de las que me pueden.
—Ha sido increíble —dice—. Gracias por ayudarme con todo.
—Ha sido divertido. —Miro el desastre del salón—. Aunque ahora toca recoger.
—Déjalo. Lo haremos mañana.
—James, no podemos dejar esto así…
—Sí podemos. —Se acerca y me coge de la cintura—. Alice ya está en su cuarto. Y yo quiero un momento a solas contigo antes de que te escapes a tu habitación como has hecho toda la semana.
—No me escapo.
—Sí lo haces. —Me atrae más cerca—. Cada noche espero a que vengas a mi cama y cada noche tengo que ir yo a buscarte.
—Porque tengo miedo de que Alice se despierte y nos pille.
—Alice duerme como un tronco. —Me besa el cuello—. Y aunque nos pillara, ¿qué pasaría? Ya sabe que nos gustamos.
—James…
—Deja de pensar tanto. —Me besa antes de que pueda protestar.
Y me pierdo en él como siempre. Sus labios se mueven contra los míos con una familiaridad que ya me resulta demasiado natural. Sus manos suben por mi espalda, se meten bajo el jersey, me tocan la piel. Yo le echo los brazos al cuello y me olvido de todo excepto de esto.
De él.
De nosotros.
Me aprieta contra la encimera de la cocina, ahonda el beso, y yo suelto un gemido contra su boca. Me agarra de los muslos, me sube a la encimera y se coloca entre mis piernas.
—Joder, Hannah —gruñe contra mis labios—. Me vuelves loco.
—Lo sé. —Le muerdo el labio inferior—. Tú a mí también.
Me besa más fuerte, más profundo, y estoy a punto de sugerirle que vayamos a su habitación cuando escucho una voz desde la puerta de la cocina.
—¿Hannah?
Me quedo helada.
James se aparta de golpe, con los ojos muy abiertos. Los dos nos giramos hacia la puerta.
Alice está ahí, en pijama, con los ojos como platos y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Lo sabía!
Mierda.
—Alice, yo…
—¡Sabía que os gustabais! —Da saltos de felicidad, con las manos entrelazadas frente al pecho—. ¡Lo sabía! Zoe me lo dijo durante la cena. Dijo que os mirabais igual que Alexander la mira a ella.
—Alice, cariño… —Bajo de la encimera como puedo—. No es lo que piensas.
—¿No? —Su sonrisa no desaparece—. Porque parecía que os estabais besando.
—Sí, bueno… —Miro a James intentando decirle sin palabras que me deje a mí encargarme de esto—. Es complicado.
—No tiene por qué serlo. —Alice da un paso hacia nosotros—. ¿Vais a ser novios? ¿Vamos a ser una familia de verdad? ¿Los tres juntos?
Y ahí está. La pregunta que me parte el corazón.
Porque veo en sus ojos toda la esperanza del mundo. Veo los sueños que ha estado construyendo en su cabeza durante semanas. Veo a una niña de once años que ha pasado toda su vida sin una familia completa y que ahora piensa que por fin la va a tener.
Y no puedo dejar que se haga ilusiones cuando todo puede desmoronarse en una semana.
—Alice. —Me arrodillo frente a ella, cogiéndole las manos—. Escúchame, cariño. James y yo… no estamos juntos.
La sonrisa se borra de su cara como si alguien hubiera apagado una luz.
—¿Qué?
—No somos pareja. —Las palabras me queman la garganta—. Solo somos… amigos.
—Pero os estabais besando.
—Lo sé. Y no debería haber pasado. —Aprieto sus manos—. Ha sido un error.
—No ha sido un error. —Su voz se vuelve aguda—. Os gustáis. Se nota. Todo el mundo lo nota.
—A veces las cosas no son tan simples, cariño.
—¿Por qué no? —Sus ojos se llenan de lágrimas—. Si os gustáis, podéis estar juntos. Podemos ser una familia. Los tres. ¿Por qué no queréis?
—No es que no queramos…
—Entonces, ¿qué es? —Las lágrimas empiezan a caer—. ¿Es por mí? ¿Porque no soy su hija de verdad? ¿Porque la prueba puede salir mal?
—Alice, no…
—Pensaba que esto iba a funcionar. —Solloza—. Pensaba que por fin íbamos a tener una familia de verdad. Pero no va a pasar, ¿verdad? Porque nunca pasa. Nadie se queda nunca.
Se suelta de mis manos y sale corriendo de la cocina. Escucho sus pasos corriendo por el pasillo, escucho el golpe de su puerta al cerrarse.
Me quedo arrodillada en el suelo de la cocina, temblando, incapaz de moverme.
James se agacha a mi lado y me pone una mano en el hombro.
—Hannah…
—No. —Me levanto como un resorte y me aparto de él—. No digas nada.
—Tenemos que hablar de esto.
—No hay nada de qué hablar. —Me aprieto los ojos con los dedos para contener las lágrimas—. Acabo de romperle el corazón a Alice para protegerla. ¿Lo entiendes?
—¿Protegerla de qué?
—¡De ti! —Las palabras salen más altas de lo que pretendía—. De nosotros. De que esto termine cuando lleguen los resultados de la prueba. De que te des cuenta de que no nos quieres contigo para siempre.
—Hannah, eso no va a pasar.
—No puedes saberlo. —Niego con la cabeza—. Nadie puede saberlo.
—Yo sí puedo. —Da un paso hacia mí—. Porque sé lo que siento.
—No importa lo que sientas ahora. —Retrocedo—. Importa lo que vas a sentir dentro de una semana, de un mes, de un año. Cuando esto deje de ser emocionante y te des cuenta de que criar a una niña da mucho trabajo. Cuando te canses de nosotras.
—No voy a cansarme.
—Mi hermana se cansó. —Mi voz se quiebra—. Mi hermana, que la parió, se cansó de Alice. ¿Por qué tú ibas a ser diferente?
—Porque yo no soy tu hermana.
—Tienes nuestros corazones en tus manos. —Rompo a llorar y no puedo parar—. Los dos. El de Alice y el mío. Y estoy aterrada, James. Aterrada de que los rompas. Puede que no quieras hacerlo, puede que no lo hagas a propósito, pero va a pasar. Y no sé si vamos a poder recuperarnos de eso.
—No voy a romperos el corazón.
—No puedes prometerme eso. —Camino hacia la puerta de la cocina—. Nadie puede.
—Hannah, espera.
—Tengo que ir con Alice.
Salgo de la cocina casi a la carrera. No puedo estar cerca de James en este momento. No cuando tengo tanto miedo de que nos haga daño.