Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

HANNAH

Llevo una hora tumbada en la cama, dándole vueltas a la cabeza, intentando convencerme de que no voy a hacer lo que estoy a punto de hacer.

No hay manera.

Porque la verdad es que estoy cansada. Cansada de resistirme. Cansada de negarme lo que quiero. Cansada de tener miedo todo el tiempo.

Sé que James me va a romper el corazón. Sé que esto es temporal, que los resultados de la prueba llegarán muy pronto y que todo puede cambiar. Sé que estoy jugando con fuego y que voy a salir quemada.

Pero si no me atrevo a vivir esto antes de que se acabe, si no me permito tener aunque sea un momento de algo real, voy a arrepentirme durante el resto de mi vida.

Y ya he vivido demasiado tiempo arrepintiéndome de lo que dejé pasar.

Me levanto de la cama antes de poder cambiar de opinión. Llevo un pijama de algodón fino, solo una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos que apenas me cubren los muslos. Me miro en el espejo y veo a una mujer asustada, pero también decidida.

Voy a hacer esto.

Salgo de mi habitación descalza, con el corazón latiendo tan fuerte que estoy segura de que se oye por todo el pasillo. Paso frente a la habitación de Alice y me asomo: duerme profundamente, acurrucada bajo el edredón con su libro en la mesilla. Bien.

Camino hasta la puerta de James y me quedo ahí parada, con la mano levantada, reuniendo el valor necesario.

Llamo bajito.

Escucho movimiento al otro lado. Pasos. Entonces la puerta se abre y James aparece delante de mí con el torso desnudo y los pantalones del pijama a media cadera. Tiene el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él varias veces, y me mira con los ojos muy abiertos.

—Hannah.

—Hola —susurro.

Se queda inmóvil, con la mano todavía en el pomo de la puerta, observándome como si no pudiera creer que esté aquí. Su mirada recorre mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en mis piernas desnudas, en la camiseta fina que no esconde nada, y veo cómo traga saliva.

—¿Qué haces aquí?

—Quiero… —Me obligo a sostenerle la mirada—. Quiero explorar esto. La atracción entre nosotros.

James no se mueve. No respira siquiera.

—¿Qué estás diciendo exactamente?

—Estoy diciendo que quiero acostarme contigo. —Las palabras salen más firmes de lo que esperaba—. Sin ataduras. Sin promesas. Solo… esto.

Veo cómo se le agota el control. Sus ojos se oscurecen, su mandíbula se tensa, y da un paso hacia mí que me hace retroceder. Él da otro, y otro, hasta que estoy dentro de su habitación y él cierra la puerta a mi espalda con el pestillo.

—¿Sin ataduras? —Su voz es grave, peligrosa—. ¿Eso es lo que quieres?

—Sí.

—Mentirosa.

Me coge de la cintura y me atrae hacia él de golpe, aplastándome contra su pecho. Siento cada músculo de su cuerpo, el calor de su piel, la dureza de su erección contra el vientre.

—Tú y yo no podemos hacer nada sin ataduras, Hannah.

—Me agarra el pelo con una mano y tira suave hasta que mi cabeza cae hacia atrás y tengo que mirarlo—.

Pero si esto es lo único que estás dispuesta a darme ahora, pienso quedármelo.

Y voy a hacerte sentir tan jodidamente bien que no vas a poder volver a pensar en nadie más.

Me besa sin darme tiempo a responder. Es un beso duro, posesivo, que no deja espacio para dudas. Su lengua invade mi boca y yo me deshago contra él, me agarro a sus hombros, le devuelvo el beso con la misma intensidad.

James camina hacia atrás, arrastrándome con él, hasta que sus piernas tocan la cama. Se sienta en el borde y me coloca entre sus muslos, con las manos en mis caderas, mirándome desde abajo con una expresión que me hace temblar.

—Eres tan preciosa que me duele mirarte —murmura, deslizando las manos por mis muslos, subiendo despacio—. ¿Sabes cuántas noches me he quedado despierto pensando en esto? ¿En tenerte exactamente aquí?

Sus dedos se enganchan en el elástico de mis pantalones cortos y tiran hacia abajo. Levanto un pie y luego el otro y dejo que me los quite. Me quedo en bragas delante de él, intentando no temblar.

—Perfecta —susurra, recorriendo mis piernas con las manos—. Eres perfecta.

Me coge de las caderas y me atrae más cerca; me besa el vientre, los costados, me muerde la piel con suavidad. Yo hundo los dedos en su pelo, con la respiración acelerada y un incendio por dentro.

—Túmbate —ordena con voz ronca.

Obedezco: me tumbo en su cama mientras él se pone de pie, mirándome con ojos hambrientos. Se quita los pantalones del pijama de un tirón y se queda desnudo delante de mí. Aprieto los muslos al verlo: su polla está dura, gruesa, y no puedo dejar de mirarla.

—Me vas a matar —murmura, subiéndose a la cama y colocándose sobre mí—. Llevas semanas matándome.

Me besa de nuevo, más despacio esta vez, saboreándome. Sus manos suben por mi cuerpo, se meten bajo la camiseta, me acarician los pechos por encima del sujetador. Arqueo la espalda, buscando más contacto, y él sonríe contra mis labios.

—Tan impaciente —susurra—. Me encanta.

Me saca la camiseta por la cabeza y me desabrocha el sujetador, y me quedo desnuda salvo por las bragas. Se queda mirándome unos segundos, con la respiración pesada.

—Joder, Hannah. —Se inclina y me besa un pecho, luego el otro, chupando los pezones hasta que gimo—. Eres una obra de arte.

Sus manos y su boca están por todas partes: en mis pechos, en mi vientre, en mis caderas. Va bajando despacio, besando cada centímetro de piel, hasta que llega al borde de mis bragas. Las engancha con los dedos y me las baja con una lentitud que es una tortura.

Y entonces me abre las piernas y se coloca entre ellas.

—No sabes las ganas que tenía de esto —murmura contra mi muslo interno, mordisqueándome—. De saborearte. De hacerte gritar mi nombre.

No me da tiempo a responder antes de que su boca esté en mí.

El placer me atraviesa tan fuerte que despego la espalda de la cama y ahogo un grito. James me agarra los muslos con fuerza y me mantiene quieta mientras su lengua se mueve lenta, implacable, donde más la necesito.

—James —jadeo—. Dios mío…

—Tan dulce —gruñe contra mi piel—. Sabía que ibas a saber así de bien.

Su lengua se mueve más rápido, entrando y saliendo de mí mientras su nariz roza mi clítoris con cada movimiento. Meto las manos en su pelo y tiro, sin poder controlarme. El placer sube y sube. Estoy al límite.

Entonces James mete dos dedos dentro de mí y los curva en el ángulo exacto mientras chupa mi clítoris con fuerza.

Me corro gritando su nombre, con las piernas temblando y las uñas clavadas en su cuero cabelludo. Él no para, alarga el orgasmo hasta que no puedo más, hasta que tengo que apartarlo porque es demasiado.

James sube por mi cuerpo, besándome, y puedo saborearme en sus labios. Es sucio y erótico, y vuelvo a mojarme al instante.

—Nunca había visto nada tan bonito —murmura contra mi boca—. Tú, corriéndote en mi lengua.

—James… —Apenas puedo hablar—. Te necesito dentro.

—Lo sé, cariño. —Me muerde el labio inferior—. Pero voy a tomarme mi tiempo contigo.

—No quiero que te tomes tu tiempo. —Lo empujo hasta que rueda de espaldas y yo quedo encima—. Quiero que me folles ahora.

Veo cómo sus pupilas se dilatan ante mis palabras. Me coge de las caderas, con los dedos hincados en mi piel.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—Condones. —Señala con la cabeza hacia la mesilla—. Cajón de arriba.

Me inclino sobre él, rozándolo con todo mi cuerpo mientras abro el cajón y cojo uno. Rompo el envoltorio sin apartar la mirada, y lo desenrollo sobre su polla despacio, disfrutando de cómo cierra los ojos y aprieta la mandíbula.

—Me estás torturando —dice entre dientes.

—Bien.

Me coloco sobre él, lo agarro con una mano y lo guío a mi entrada. Bajo despacio, muy despacio, y dejo que me llene centímetro a centímetro. Es enorme, y tardo varios segundos en adaptarme, jadeando con cada movimiento.

—Joder —gime James, con las manos apretándome las caderas—. Estás tan apretada…

Cuando por fin lo tengo dentro del todo, los dos nos quedamos inmóviles, respirando con dificultad. Es una sensación increíble. Como si lo hubieran hecho a mi medida.

—Muévete —ordena con voz estrangulada—. Por favor, Hannah, muévete.

Empiezo a moverme, despacio al principio, hasta encontrar el ritmo. James me mira con una intensidad que me quema: cómo subo y bajo sobre él, cómo mis pechos rebotan con cada movimiento. Entonces mete una mano entre nosotros y empieza a acariciarme el clítoris con el pulgar.

—Así —gimo—. Justo así…

—Eres perfecta —gruñe, moviéndose debajo de mí, encontrando un ritmo más rápido—. Tan jodidamente perfecta montándome.

El placer vuelve a subir, más rápido esta vez. Me inclino hacia delante, apoyo las manos en su pecho y lo cabalgo más fuerte. James me agarra del pelo con la otra mano y me atrae hacia abajo para besarme; me devora la boca mientras sigue follándome desde abajo.

—Me voy a correr —jadeo contra sus labios—. James, yo…

—Córrete —ordena—. Córrete en mi polla. Quiero sentirte.

El orgasmo me arrolla, y grito su nombre contra su boca. James me sostiene mientras tiemblo encima de él y sigue moviéndose, apurando cada ola de placer.

Entonces me tumba de espaldas de un movimiento fluido y se coloca encima, sin salir de mí. Me coge las manos y las sujeta por encima de mi cabeza, con los dedos entrelazados, y empieza a follarme más duro, más profundo.

—Mía —gruñe contra mi cuello—. Eres mía, Hannah.

—Sí —jadeo, porque en este momento es verdad—. Soy tuya.

James me folla con una intensidad que me deja sin aliento, con embestidas largas y profundas que me borran el pensamiento. Me muerde el cuello, los hombros, marca mi piel con sus dientes mientras yo le clavo las uñas en la espalda.

—No voy a durar —gime—. Joder, Hannah…

—Córrete —susurro en su oído—. Quiero sentirte.

Tres embestidas más y se corre con un gruñido grave, enterrándose hasta el fondo mientras su cuerpo entero tiembla. Se queda así varios segundos, jadeando contra mi cuello, con todo su peso encima de mí.

Pasado un momento se mueve, sale de mí con cuidado y se tumba a mi lado. Se quita el condón, lo tira a la papelera junto a la cama y luego me atrae hacia él y me abraza contra su pecho.

Nos quedamos callados durante un buen rato, escuchando cómo la respiración se nos calma. Noto sus latidos contra la mejilla, todavía rápidos.

—Hannah —dice al fin, con voz ronca.

—¿Sí?

—Esto no ha sido sin ataduras.

Cierro los ojos y me aprieto más contra él.

—Lo sé.

—Y lo vamos a volver a hacer.

—Lo sé.

—Y en algún momento vas a tener que admitir que esto es más que atracción física.

Levanto la cabeza para mirarlo. Tiene los ojos serios, sin rastro de su sonrisa habitual.

—James…

—No tienes que decir nada ahora. —Me acaricia el pelo—. Solo… quédate aquí esta noche. Conmigo.

Sé que debería decir que no. Que debería volver a mi habitación antes de que esto se complique más. Pero ya estoy perdida del todo, así que asiento y vuelvo a apoyar la cabeza en su pecho.

James me abraza más fuerte y me besa la coronilla.

—Buenas noches, Hannah.

—Buenas noches.

Me quedo dormida en sus brazos, escuchando su corazón contra la oreja.

Y por primera vez en semanas, duermo de un tirón.