Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

JAMES

Alice se pone enferma el martes por la noche.

Vuelvo del trabajo a las siete y encuentro el apartamento en silencio. A estas horas Alice estaría en el salón haciendo deberes o viendo la tele, pero hoy no hay ni rastro de ella. Hannah sale de la habitación de la niña con el ceño fruncido y cara de preocupación.

—Tiene fiebre —dice antes de que pueda preguntar—. Ha vuelto del colegio diciendo que le dolía la cabeza y en una hora le ha subido a treinta y nueve.

Se me encoge el pecho.

—¿Treinta y nueve? ¿Eso es mucho?

Hannah me mira como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo.

—Sí, James. Es mucho.

—Joder. —Me paso una mano por el pelo—. ¿Llamamos a un médico? ¿Vamos al hospital?

—Tranquilo. —Pone una mano en mi brazo—. Es solo un virus. Le he dado ibuprofeno y está descansando. Hay que vigilar que la fiebre baje en las próximas horas.

—¿Y si no baja?

—Entonces iremos al hospital. —Su voz es calmada, práctica—. Pero ahora mismo solo necesita descanso y líquidos. ¿Vale? Estate tranquilo.

Asiento, aunque el pánico no se me va. No tengo ni idea de qué hacer con una niña enferma. Nunca he cuidado a nadie en mi vida. Hannah debe de ver la expresión en mi cara porque suspira y me coge de la mano.

—Ven. Te voy a enseñar.

Me lleva a la habitación de Alice. La niña está tumbada en la cama, pálida, con las mejillas rojas y el pelo pegado a la frente. Tiene los ojos cerrados, pero se mueve inquieta, como si no pudiera ponerse cómoda. Verla así me parte por dentro.

Hannah se sienta en el borde de la cama y le pone una mano en la frente.

—Cariño, James está aquí.

Alice abre los ojos y me mira con expresión vidriosa.

—Hola —susurra con voz ronca.

—Hola, campeona. —Me arrodillo junto a la cama—. ¿Cómo te encuentras?

—Fatal.

—Lo sé. —Le aparto un mechón de pelo de la cara con cuidado—. Pero Hannah y yo vamos a cuidarte, ¿vale? Vas a ponerte bien pronto.

Alice asiente y cierra los ojos de nuevo.

Hannah me hace un gesto para que la siga fuera de la habitación.

En el pasillo, me explica en voz baja todo lo que necesito saber: cada cuánto darle el ibuprofeno, cómo ponerle paños fríos en la frente si la fiebre sube demasiado, qué líquidos darle.

Escucho con atención, memorizando cada detalle como si fuera una presentación de negocios.

—¿Lo tienes? —pregunta.

—Lo tengo.

—Bien. —Mira su móvil—. Tengo que mandar un correo al colegio para decir que no irá mañana. Y preparar algo ligero para cenar por si le apetece comer algo.

—Yo me quedo con ella —digo al momento—. Tú descansa un rato.

Hannah me mira sorprendida.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Me dedica una sonrisa pequeña que me deja un cosquilleo raro en el estómago, y luego desaparece hacia la cocina. Yo vuelvo a la habitación de Alice y me siento en la silla junto a su cama. La niña duerme inquieta; se mueve cada pocos minutos y murmura palabras que no entiendo.

Me quedo ahí, vigilándola, con el móvil en la mano por si necesito llamar a Hannah. Cada vez que Alice se mueve o hace un ruido, me tenso. Cada vez que le toco la frente y la siento demasiado caliente, se me acelera el corazón.

No tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Pero no me voy a mover de aquí.

Los dos días siguientes son una neblina de turnos, ibuprofeno, paños fríos y sueño interrumpido.

Hannah y yo nos repartimos el cuidado de Alice sin discutirlo siquiera: ella se queda con la niña durante el día mientras yo trabajo desde el sofá, y yo me ofrezco para los turnos de noche para que Hannah pueda dormir.

La fiebre sube y baja. Hay momentos en que parece que Alice mejora, y otros en que vuelve a ponerse peor.

El miércoles por la noche, la fiebre le sube a casi cuarenta y yo entro en pánico absoluto.

Hannah me calma con esa voz serena que tiene, me recuerda cómo ponerle los paños fríos, cómo hacerla beber agua aunque no quiera.

La observo moverse por la habitación con una eficiencia que me deja sin palabras, hablándole a Alice con dulzura mientras le baja la temperatura poco a poco.

Y se me remueve todo por dentro.

Porque verla así, cuidando de Alice con esa mezcla de firmeza y ternura, con esa dedicación absoluta, es la estampa más hermosa que he visto en mi vida.

Estoy completamente jodido.

El jueves por la mañana, la fiebre por fin baja y se queda estable.

Alice se despierta más despejada, pide tostadas y zumo, y Hannah se desinfla de puro alivio.

Yo también, aunque no lo digo en voz alta.

Preparamos un desayuno ligero y vemos cómo Alice se lo come despacio, todavía débil pero mucho mejor.

—Gracias —dice Alice mirándome con esos ojos enormes—. Por cuidarme.

Se me agarrota la garganta.

—Siempre, cariño. Siempre vamos a cuidarte.

Hannah me mira desde el otro lado de la cama y veo en sus ojos una sombra que no sé identificar, oscura y complicada, y que me gustaría poder descifrar.

Esa noche, después de que Alice se quede dormida por fin sin fiebre, encuentro a Hannah en la cocina preparándose un té. Tiene ojeras profundas y el pelo recogido en un moño despeinado. Lleva el pijama y una chaqueta que le viene tres tallas grande. Está agotada.

Y aun así me sigue pareciendo guapísima.

—Oye —digo desde la puerta—. Quiero darte las gracias.

Hannah levanta la vista de su taza.

—¿Por qué?

—Por haber cuidado de Alice durante todos estos años. Tú sola. —Trago saliva—. No puedo ni imaginar lo duro que ha sido. Y lo has hecho sin ayuda de nadie, sin que nadie te lo agradeciera. Así que… gracias. Te admiro muchísimo. Y te estaré agradecido toda la vida por lo que has hecho.

Hannah parpadea varias veces, como si mis palabras la hubieran sorprendido. Baja la vista a su taza de té.

—No tienes que agradecerme nada —dice en voz baja—. Poder haber estado al lado de Alice viéndola crecer es mi regalo. Es lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Eres la mejor madre del mundo —digo con total sinceridad—. Alice tiene muchísima suerte de tenerte.

Y entonces Hannah se pone a llorar.

No es un llanto suave. Son lágrimas silenciosas que le resbalan por las mejillas mientras aprieta la taza de té entre las manos. La deja en la encimera antes de que se le caiga y se cubre la cara con las manos.

—Hannah… —Doy un paso hacia ella, alarmado—. ¿Qué he dicho?

—Ojalá fuera cierto —susurra entre sollozos—. Ojalá fuera su madre de verdad. Ojalá no sintiera este dolor de pensar que me la pueden quitar en cualquier momento. Que ella se iría con sus padres de verdad si pudiera.

Me quedo helado.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es. —Levanta la cabeza y me mira con los ojos rojos—. Yo solo soy la sustituta, James.

—Estás ciega si crees eso. —Acorto la distancia entre nosotros—. Hannah, Alice te quiere. Eres la persona más importante de su vida.

—Si me quisiera de verdad, si sintiera que yo era suficiente… —Su voz se quiebra—. Nunca habría venido a buscarte.

Y ahí es cuando lo entiendo.

Cuando veo lo profundo que es su miedo. No es solo que piense que es una sustituta. Es que cree que Alice la abandonará en cuanto tenga algo mejor. Que no es suficiente para que la niña se quede.

—Hannah, escúchame. —Le cojo la cara entre las manos y la obligo a mirarme—. Alice no vino a buscarme porque tú no fueras suficiente. Fue porque necesitaba saber de dónde viene. Eso no tiene nada que ver contigo.

—Mi hermana siempre fue el centro de atención —dice entre lágrimas—.

Siempre. Era la guapa, la carismática, la que brillaba.

Yo era la responsable, la aburrida, la que limpiaba sus desastres.

Y ahora tengo un miedo horrible de que aparezca y me quite a Alice.

Porque Vanessa es su madre de verdad y yo…

yo solo soy la que estaba ahí cuando ella no quería estarlo.

—Tú eres su madre —insisto—. La única que importa. La que ha estado ahí cada puto día durante once años. La que la quiere, la que la cuida, la que daría lo que fuera por ella.

Hannah niega con la cabeza y se suelta de mis manos.

—Tengo que acostarme.

—Hannah…

—Por favor, James. —Me mira con ojos suplicantes—. No puedo hacer esto ahora.

La dejo marchar porque no sé qué más decir. La veo desaparecer por el pasillo, con los hombros caídos y el peso del mundo encima. Me quedo solo en la cocina, con las manos todavía calientes de donde he tocado su cara.

Y por primera vez entiendo contra qué estoy luchando.

No es solo que Hannah tenga miedo de que yo las abandone. Es que tiene miedo de que Alice la abandone a ella. De quedarse de segunda opción, la que sobra en cuanto aparezca alguien mejor.

Me restriego la cara con las manos e intento ordenar todo lo que acaba de pasar. Alice vino a buscarme porque necesitaba respuestas sobre su padre. Eso es normal. Es comprensible. Pero Hannah lo ve como una prueba de que no es suficiente para la niña.

Y no se me ocurre cómo convencerla de que está equivocada.

Sigo en la cocina durante mucho tiempo, mirando la taza de té de Hannah todavía humeante en la encimera. Pienso en Alice durmiendo en su habitación, por fin sin fiebre. Pienso en Hannah encerrada en la suya, llorando en silencio, convencida de que no es suficiente.

Y pienso en mí, en medio de las dos, intentando demostrarles que merezco estar aquí.

Que merezco ser parte de esto.

Cojo la taza de té y la vacío en el fregadero. Apago las luces de la cocina y me dirijo a mi habitación, pero me detengo frente a la puerta de Hannah. Está cerrada. No se ve luz por debajo.

Apoyo la mano en la madera, tentado de llamar. De entrar. De abrazarla hasta que deje de llorar y de decirle todo lo que veo en ella.

Pero no lo hago.

Porque Hannah necesita tiempo. Necesita espacio. Y yo necesito demostrarle con hechos, no con palabras, que no voy a irme. Que ella es suficiente. Que Alice la quiere más que a nada en el mundo.

Que yo…

No termino ese pensamiento.

Me meto en la cama, pero el sueño no llega: el corazón no se me calma y no consigo quitarme de la cabeza la imagen de Hannah llorando.

Voy a arreglar esto.

No sé cómo todavía, pero voy a hacerlo.

Porque Hannah merece saber que es la mejor madre del mundo, y que nadie, absolutamente nadie, va a quitarle a Alice.

Y voy a asegurarme de ello.