CAPÍTULO 21
HANNAH
El segundo día del festival es una tortura disfrazada de diversión familiar.
Alice y Sophie pasan de taller en taller, radiantes, agotándose en coreografías de hip hop y danza contemporánea.
Yo las sigo con una sonrisa pegada en la cara, aplaudo en los momentos adecuados y saco fotos con el móvil.
Pero soy demasiado consciente de James a mi lado.
De cómo su brazo roza el mío cuando caminamos.
De cómo me mira cuando cree que no me doy cuenta.
De cómo su voz se vuelve más grave cuando me habla.
Cada vez que las niñas corren hacia otro escenario, James se inclina hacia mí y susurra algo que no debería: lo bien que huelo, lo guapa que estoy con el pelo suelto, lo mucho que le está costando mantener las manos quietas.
Lo dice con esa sonrisa suya, medio en broma, medio en serio, y yo finjo que no me afecta.
Finjo fatal.
Porque la verdad es que llevo todo el día hiperconsciente de cada detalle: los músculos que se le marcan cuando levanta a Alice al aire, la risa con la cabeza echada hacia atrás, la mirada que me sostiene un poco más de la cuenta cada vez que nuestros ojos se encuentran.
Estoy perdida.
Por la noche, después de cenar hamburguesas grasientas compradas en uno de los puestos, volvemos a ver otra actuación en el escenario principal.
Las niñas se sientan en el suelo, hipnotizadas por los bailarines.
James está de pie detrás de mí, tan cerca que siento su calor en la espalda.
En algún momento, su mano se posa en mi cintura, apenas un roce, y yo debería apartarla, pero no lo hago.
Cuando volvemos a la tienda pasadas las once, las niñas están tan agotadas que apenas pueden mantener los ojos abiertos.
Se meten en los sacos de dormir sin protestar, y en cinco minutos están dormidas.
Yo me quedo sentada en mi saco, con la respiración agitada; sé que James está al otro lado de la lona haciendo justo lo mismo.
Pasan diez minutos en silencio tenso.
Entonces escucho su voz, baja y clara a través de la tela.
—Hannah.
—¿Qué?
—Sal conmigo.
Me quedo inmóvil.
—¿Qué?
—Fuera. A tomar una cerveza y ver las estrellas. —Se le nota la sonrisa en la voz—. Te juro que me voy a portar bien.
—No te creo.
—Muy lista. —Se ríe en voz baja—. Pero sal de todas formas.
Debería decir que no. Debería quedarme aquí, en mi saco de dormir, a salvo. Pero acabo saliendo de la tienda en vaqueros y sudadera, con el corazón latiendo demasiado rápido.
James está sentado en la hierba con dos botellines de cerveza en la mano. Lleva una sudadera oscura y vaqueros, y la luz de la luna le ilumina el perfil. Me tiende una cerveza cuando me siento a su lado, a una distancia prudente.
—Gracias por salir —dice.
—No debería estar aquí.
—Me alegro de que lo estés. —Bebe un trago de su cerveza.
Levanto la vista hacia el cielo. Está despejado, lleno de estrellas que nunca veo en Brooklyn. La música suena a lo lejos, un concierto nocturno en el escenario principal. Hay risas y conversaciones de otras tiendas cercanas, pero suenan lejanas, amortiguadas.
—Las niñas se lo han pasado increíble —digo al fin.
—Tú también. —James me mira de reojo—. Te he visto sonreír de verdad hoy. No esa sonrisa educada que usas conmigo. Una sonrisa real.
—Sonrío de verdad.
—No conmigo. —Da otro trago a su cerveza—. Conmigo te pones en guardia cada vez que me acerco.
No sé qué decir a eso porque tiene razón. Nos quedamos en silencio durante varios minutos, bebiendo nuestras cervezas, escuchando la música del concierto. Es una canción lenta, con una voz femenina que flota en el aire nocturno.
James se levanta y me tiende la mano.
—Baila conmigo.
—¿Qué?
—Baila conmigo. —Sonríe—. Llevamos dos días viendo bailar a todo el mundo menos a nosotros.
—James…
—Una canción. —Mueve los dedos—. Luego te dejo en paz.
Sé que es una mala idea. Sé muy bien adónde va a llevar esto. Pero le doy la mano de todas formas y dejo que me levante.
Me atrae hacia él sin prisa, dándome tiempo para apartarme si quiero. No lo hago. Coloca una mano en mi cintura y con la otra entrelaza los dedos con los míos. Empezamos a movernos al ritmo de la música, despacio, apenas un balanceo.
—Ves —murmura contra mi oreja—. No es tan terrible.
—Todavía.
Se ríe, y el sonido me vibra en el pecho. Su mano sube lenta por mi espalda, trazando círculos perezosos que me hacen estremecerme bajo la sudadera. Yo debería apartarme. Pero en lugar de eso, me descubro apoyando la cabeza en su hombro, cerrando los ojos, dejándome llevar.
Su otra mano suelta la mía y se posa al otro lado de mi cadera, atrayéndome más cerca. Ahora estamos pegados, moviéndonos juntos, y siento cada línea de su cuerpo contra el mío, su corazón bajo mi mejilla, su respiración en mi pelo.
—Hannah —susurra, y el tono me hace levantar la cabeza.
Nos miramos. Sus ojos están oscuros, intensos, y veo en ellos todo lo que ha estado conteniendo durante semanas. Todo lo que yo he estado conteniendo también.
—Si quieres que no siga adelante, dímelo —murmura—. Dime que pare y lo haré.
No digo nada.
James inclina la cabeza y me besa.
Es suave al principio, casi vacilante, como si me estuviera dejando margen para cambiar de opinión. Pero cuando le devuelvo el beso, cuando abro los labios bajo los suyos, todo lo que conteníamos se desborda. Me besa más profundo, más intenso, y yo me aferro a sus hombros y me pierdo en su boca.
Sus manos suben por mi espalda, se meten bajo la sudadera, me tocan la piel desnuda. Yo suelto un gemido ahogado contra sus labios y siento cómo sonríe. Me atrae más contra él, y entonces noto su erección contra el vientre, dura y caliente incluso a través de los vaqueros.
—Joder, Hannah —gruñe contra mi boca—. Me estás matando.
Me besa más fuerte y me hace retroceder hasta que doy con la espalda en un árbol.
Me acorrala contra el tronco, con su cuerpo pegado al mío, y sus manos están por todas partes: en mi pelo, en mi cuello, en mis caderas.
Yo le devuelvo cada caricia, cada beso, tiro de su sudadera, le araño la espalda a través de la tela.
James desliza una mano entre nosotros, vientre abajo, hasta el botón de mis vaqueros. Se detiene ahí, jadeando contra mi boca.
—Dime que sí —susurra—. Dime que sí o me aparto ahora mismo.
—Sí —jadeo—. Sí.
Desabrocha el botón, baja la cremallera. Su mano se cuela dentro de mis vaqueros, dentro de mis bragas, y cuando sus dedos me tocan, cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás contra el árbol.
—Joder. —James suena destrozado—. Estás empapada.
No puedo responder porque empieza a mover los dedos con un ritmo devastador, acariciándome justo donde lo necesito.
Me muerdo el labio para no gemir demasiado alto, consciente de que hay gente cerca, otras tiendas a metros de distancia.
Pero James no me lo pone fácil. Me besa el cuello, muerde el lóbulo de mi oreja, susurra guarradas que me hacen temblar.
—Tan mojada para mí —murmura contra mi piel—. Tan perfecta. ¿Sabes cuánto tiempo llevo soñando con esto? ¿Con tocarte así?
Su pulgar encuentra mi clítoris y dibuja círculos lentos mientras dos dedos se deslizan dentro de mí. Me tenso, me agarro a sus hombros con fuerza, y él empieza a moverlos con un ritmo enloquecedor.
—Mírame —ordena con voz ronca—. Quiero ver tu cara cuando te corras.
Abro los ojos y lo encuentro observándome con una intensidad que casi me desarma. Sus dedos se mueven más rápido, más hondo, y el placer crece en espiral, cada vez más tenso, a punto de estallar.
—James —jadeo—. Yo… no puedo…
—Sí puedes. —Me besa, duro y profundo—. Córrete para mí, Hannah. Déjate ir.
Y lo hago.
El orgasmo me sacude de pies a cabeza como una ola.
Muerdo el hombro de James para no gritar, con las uñas clavadas en su espalda, mientras sus dedos siguen moviéndose, prolongando el placer hasta que no puedo más.
Me quedo temblando contra el árbol, con las piernas como gelatina y el corazón desbocado.
James retira la mano despacio y me envuelve en un abrazo mientras recupero el aliento. Me besa la frente, las mejillas, los labios, con una ternura que contrasta con lo que acaba de pasar.
—Eres preciosa cuando te corres —susurra contra mi pelo.
La realidad me golpea de repente, como un jarro de agua fría.
¿Qué acabo de hacer?
Me aparto de él de golpe y me subo la cremallera de los vaqueros con manos temblorosas. James me mira con el ceño fruncido, confundido.
—Hannah…
—No. —Niego con la cabeza y retrocedo—. Esto ha sido un error.
—No ha sido un error.
—Sí lo ha sido. —Me cubro la cara con las manos un instante, intento controlar el pánico que me sube por la garganta—. No podemos hacer esto. Yo vivo en tu casa por Alice. Todo esto es temporal. Los resultados de la prueba llegan en menos de dos semanas y entonces…
—Y entonces nada. —Da un paso hacia mí, pero yo retrocedo otro—. Hannah, escúchame.
—No.
—Escúchame. —Su voz es firme, seria—. Cuando dejes de tener miedo. Cuando por fin confíes en que para mí tú no eres una más…
—James…
—Ninguna mujer me ha hecho sentir lo que tú me haces sentir. —Me sostiene la mirada—. Ninguna. Y cuando estés lista, cuando confíes en eso, ven a buscarme. Porque yo voy a estar esperándote con los brazos abiertos.
Me quedo paralizada, mirándolo, sin saber qué decir. Veo en sus ojos que lo dice en serio. Que cada palabra es verdad. Y eso me aterra más que cualquier otra cosa.
Porque significa que esto es real. Que no es solo atracción física. Que lo que siento por él es algo más grande, más profundo, más peligroso.
Significa que me estoy enamorando de James Morgan.
Y eso me aterroriza.
—No puedo —susurro—. No puedo hacer esto.
Me doy la vuelta y corro hacia la tienda con la vista empañada. Entro sin hacer ruido, esquivando a las niñas dormidas, y me meto en mi saco de dormir temblando entera.
Escucho a James entrar varios minutos después y meterse en su compartimento al otro lado de la lona. Su respiración, irregular, llena la oscuridad.
Y me quedo despierta durante horas, con el corazón aún al galope y el sabor de James todavía en los labios, enfrentándome a una verdad que ya no puedo negar.
Me estoy enamorando de él.
Y estoy muerta de miedo.