Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

HANNAH

Llevo cuatro días evitando a James.

Cuatro días desde el incidente del baño, desde que me vio desnuda, desde que sentí su erección presionando contra mí y escuché esas palabras que no consigo sacarme de la cabeza: «la culpa es tuya por ser tan jodidamente tentadora».

Cuatro días esquivando su mirada en el desayuno, fingiendo estar ocupada cuando llega del trabajo, escondiéndome en mi habitación en cuanto Alice se duerme.

Es insostenible.

Estoy preparando la merienda de Alice cuando James entra en la cocina con esa sonrisa que significa problemas. Lleva vaqueros oscuros y una camiseta gris que se le ajusta de un modo que debería estar prohibido. Se acoda contra la encimera, a la espera de mi reacción.

—Tengo una sorpresa para vosotras.

Me tenso de inmediato.

—No necesitamos sorpresas.

—Esta sí la necesitáis. —Saca el móvil del bolsillo y me lo enseña—. ¿Recuerdas ese festival de baile del que Alice no paraba de hablar hace dos semanas? ¿El que se celebra este fin de semana en las montañas Catskill?

Me quedo mirando la pantalla. Es la página web del festival: dos días de talleres, actuaciones y campamento al aire libre. Alice mencionó que Sophie iba a ir con su madre y que ella quería ir también, pero yo no tenía dinero para las entradas ni para el transporte.

—James…

—Ya está todo organizado. —La sonrisa se le ensancha—. Tengo entradas para los cuatro, transporte incluido. He hablado con la madre de Sophie esta mañana. Nos vamos mañana por la tarde.

—¿Los cuatro?

—Alice, tú, Sophie y yo. —Se encoge de hombros como si fuera lo más normal del mundo—. Es un festival de acampada, así que he alquilado una tienda. Será divertido.

Me quedo sin palabras. James me mira con esa expresión de «sé que no puedes decir que no», y tiene razón. Porque Alice va a ponerse histérica de felicidad cuando se entere, y negarme ahora sería privarla de algo que lleva semanas deseando.

—Una tienda —repito despacio—. ¿Una sola tienda?

—Es grande. Tiene dos compartimentos separados. —Me sostiene la mirada—. Estaréis cómodas.

No es la comodidad lo que me preocupa. Es pasar dos días y dos noches tan cerca de él cuando estoy intentando mantener la distancia. Pero James lo sabe. Veo en sus ojos que lo sabe de sobra y que ha organizado esto justo por eso.

—¿Por qué haces esto? —pregunto en voz baja.

Su sonrisa se desvanece un poco. Da un paso hacia mí y yo retrocedo hasta que mi espalda toca la encimera. James se detiene a medio metro, lo bastante cerca para que sienta su calor, lo bastante lejos para que no pueda acusarlo de acorralarme.

—Porque quiero demostraros que puedo ser bueno para vosotras. —Su voz es seria, sin rastro de broma—. Que si me dejáis quedarme, voy a hacer todo lo posible por merecerme la suerte de teneros en mi vida.

Me quedo sin voz. No sé qué decir. No sé cómo asimilar que James Morgan, el playboy millonario de Manhattan, me mire como si fuéramos lo único que le importa.

—Vale —susurro por fin—. Iremos.

La sonrisa que me dedica podría iluminar toda la ciudad.

Veinticuatro horas después, estoy en el asiento del copiloto del BMW de James, camino de las montañas Catskill, con Alice y Sophie cantando canciones de Disney a pleno pulmón en el asiento trasero.

James conduce con una mano en el volante y una sonrisa permanente en los labios; tararea de vez en cuando y me mira de reojo cada pocos minutos.

He intentado no mirarlo. De verdad que lo he intentado. Pero lleva una camiseta negra de manga larga que le marca los brazos y unos vaqueros que hacen cosas indecentes a mi autocontrol, y cada vez que cambia de marcha, veo cómo se mueven los músculos de su antebrazo.

Estoy metida en un buen lío.

Llegamos al festival a media tarde. El lugar es precioso: una explanada verde rodeada de árboles, con escenarios montados en varios puntos y docenas de tiendas de campaña de colores brillantes.

Suena música por todas partes; hay niños corriendo y adultos charlando con vasos de café en la mano.

Alice y Sophie bajan del coche disparadas de pura emoción.

James coge las mochilas del maletero mientras yo hago el registro en la recepción.

Nos asignan una parcela en la zona familiar, cerca de los baños y a diez minutos andando del escenario principal.

Cuando llegamos, James deja las mochilas en el suelo y saca de una bolsa enorme la tienda todavía plegada.

—¿Sabes montar eso? —pregunto con escepticismo.

Me mira con una ceja arqueada.

—Hannah, dirijo una empresa tecnológica con miles de empleados. Creo que puedo montar una tienda de campaña.

Tarda cuarenta minutos.

Me muerdo el labio para no reírme mientras lo veo luchar con las varillas, maldiciendo entre dientes cada vez que algo no encaja.

Alice y Sophie han perdido el interés hace rato y están tumbadas en la hierba haciendo coronas de flores.

Al final, cuando James logra clavar la última estaca en el suelo, la tienda se yergue triunfante.

Es enorme. Tiene dos compartimentos separados por una lona fina, con espacio suficiente para cuatro sacos de dormir y las mochilas. James entra primero para comprobar que todo está bien, y yo lo sigo con el estómago encogido.

—Tú y las niñas podéis dormir en este lado. —Señala el compartimento de la izquierda—. Yo estaré en el otro.

Una lona. Una delgada lona es lo único que va a separarnos durante dos noches. Voy a escucharlo respirar. Voy a escucharlo moverse. Y él va a escucharme a mí.

—Perfecto —digo, y me sale un gallo.

James me mira, divertido, pero no dice nada.

El primer taller empieza a las seis. Es de baile contemporáneo para principiantes, y Alice arrastra a Sophie hacia el escenario con un entusiasmo contagioso.

James y yo nos quedamos al borde, observándolas.

Hay otros padres alrededor, algunos sentados en mantas, otros de pie como nosotros.

Una mujer rubia me sonríe y señala a Alice.

—¿Es tu hija?

—Mi sobrina —corrijo enseguida.

—Es preciosa. —Mira a James y luego a mí—. Hacéis muy buena pareja.

James me pasa un brazo por los hombros antes de que pueda responder y me atrae hacia su costado.

—Gracias —dice con esa sonrisa encantadora—. Tengo mucha suerte.

La mujer se aleja y yo intento apartarme, pero James me mantiene pegada a él. Huele a colonia cítrica y a algo más cálido, más suyo, que me nubla el juicio.

—Suéltame —murmuro.

—No quiero —responde contra mi oreja, y su aliento me eriza la piel—. Además, es más fácil que piensen que somos pareja que ponerse a explicar la situación real.

Tiene razón, maldita sea. Pero el corazón me sigue yendo a mil por hora.

El taller termina una hora después. Alice y Sophie vienen corriendo hacia nosotros con las mejillas encendidas y los ojos chispeantes. Alice se lanza a los brazos de James sin pensarlo, y él la atrapa con una facilidad que me encoge el pecho.

—¿Lo has visto? ¿Has visto lo que hemos aprendido?

—Cada segundo. —James le aparta un mechón de pelo sudado de la frente—. Has estado increíble.

Cenamos perritos calientes y patatas fritas comprados en uno de los puestos del festival, sentados en mantas bajo las estrellas.

Alice no para de hablar: le cuenta a James cada detalle del taller mientras Sophie la secunda con igual entusiasmo.

James escucha con atención, pregunta, se ríe en los momentos justos, y veo cómo Alice se ilumina cada vez que él le presta atención.

Después vamos a ver una actuación de un grupo de danza moderna en el escenario principal. Las niñas se sientan en primera fila mientras James y yo nos quedamos de pie detrás. Su mano roza la mía en algún momento y ninguno de los dos la aparta.

Cuando volvemos a la tienda pasadas las once, las niñas están agotadas pero todavía hablando sin parar. James enciende un farol que cuelga del techo y la tienda se llena de una luz cálida. Extiendo los sacos de dormir en nuestro compartimento mientras James hace lo mismo en el suyo.

—Hannah. —Alice me toca el brazo—. ¿Puedes hacerme trenzas para mañana? Para que no se me enrede el pelo mientras duermo.

—Claro, cariño.

Sophie mira a Alice y luego a mí con ojos esperanzados.

—¿A mí también?

—Por supuesto.

Las niñas se sientan en el suelo y yo me coloco detrás de Sophie y le divido el pelo rubio en tres secciones. James se asoma desde su compartimento y nos observa. Alice lo mira y le sonríe.

—James, ¿tú puedes hacerme las trenzas a mí?

Me quedo inmóvil con las manos en el pelo de Sophie. James parpadea.

—Yo… no sé hacer trenzas.

—Es fácil. —Alice gatea hasta él y se sienta a sus pies—. Mira cómo lo hace Hannah y cópialo.

Veo la expresión de pánico absoluto en la cara de James y tengo que apretar los labios para no reírme. Se arrodilla detrás de Alice con la torpeza de alguien que nunca ha hecho esto en su vida. Le coge el pelo con cuidado, como si fuera de cristal.

—Vale. Tres secciones. Puedo hacerlo.

Empiezo a trenzar el pelo de Sophie despacio, exagerando los movimientos para que James pueda seguirme.

Él observa con una concentración de cirujano, con la punta de la lengua asomada entre los dientes mientras intenta copiar mis gestos.

Cruza las secciones de pelo de Alice con manos enormes y torpes, y el resultado es un desastre asimétrico que se deshace a medio camino.

—Mierda —murmura.

—James —Alice se ríe—. Has dicho una palabrota.

James se ríe también y vuelve a empezar con la trenza. Esta vez lo hace mejor. No es perfecta, ni de lejos, pero cuando termina y la asegura con la goma que Alice le tiende, ha quedado bastante decente.

—¿Qué tal? —pregunta, expectante.

Alice se toca la trenza y le dedica una sonrisa enorme.

—Perfecta.

Y yo me derrito por completo con estos dos.

Termino la trenza de Sophie y las dos niñas se meten en sus sacos de dormir, todavía susurrando entre ellas.

James apaga el farol; queda solo la luz tenue de una linterna pequeña.

Se retira a su compartimento y yo me meto en mi saco de dormir, con el corazón aún acelerado por lo que acabo de presenciar.

Escucho a James moverse al otro lado de la lona. Escucho cómo se quita las zapatillas. Escucho el sonido de la cremallera de su saco de dormir. Las niñas se quedan dormidas en cuestión de minutos, con las respiraciones suaves y acompasadas.

Pero yo sigo despierta, mirando el techo de la tienda. Sé que James también lo está. Sé que está a menos de dos metros. Sé que, si extendiera la mano, podría tocar la lona que nos separa.

Y sé, con una certeza que me aterra, que cada día que pasa me cuesta más mantenerme alejada de él.