Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

JAMES

Salgo de mi habitación sin camiseta, con los pantalones de chándal colgando de las caderas y una toalla limpia en la mano.

Acabo de terminar una sesión de entrenamiento brutal en el gimnasio y necesito ducharme antes de meterme en la cama.

El problema es que Alice lleva media hora en mi bañera, que según ella es «enooooorme y perfecta para un baño de princesa», y le he cedido el sitio encantado.

Así que me toca usar el baño del pasillo.

Me dirijo hacia allí descalzo, con el cuerpo todavía caliente del ejercicio y un cansancio agradable en los músculos. Abro la puerta sin pensar, porque hasta ahora nunca he tenido que llamar.

Y me quedo paralizado.

Hannah sale de la ducha envuelta en una toalla que apenas le cubre lo esencial.

Tiene el pelo mojado pegado a los hombros y la piel sonrosada por el agua caliente; unas gotas le resbalan por el cuello, el pecho, los muslos.

Me quedo mirándola como un idiota mientras mi cerebro intenta procesar lo que está viendo.

Ella se sobresalta al verme y suelta un grito ahogado.

—¡James!

Da un paso atrás, resbala con el agua del suelo y pierde el equilibrio. Me muevo por puro instinto: suelto la toalla y cruzo el baño en dos zancadas para atraparla antes de que se estampe contra las baldosas. La toalla se le escurre y cae al suelo con un sonido suave.

Y entonces la tengo desnuda en mis brazos.

Completamente desnuda.

Joder.

Hannah se agarra a mis hombros con tanta fuerza que me clava los dedos en la piel.

Su pecho sube y baja contra el mío, y siento cada centímetro de su cuerpo suave y mojado pegado a mí.

Huele a jabón y a algo dulce que me embota los sentidos.

Tiene la piel caliente, resbaladiza, y la sostengo contra mí con las manos en su espalda mientras intento con todas mis fuerzas no mirar hacia abajo.

Fallo estrepitosamente.

Tengo una visión fugaz de sus pechos, redondos y firmes, con los pezones endurecidos por el aire frío. De la curva de su cintura. De sus caderas. De sus muslos.

Y mi cuerpo reacciona justo como cabría esperar.

Mi polla se pone dura en cuestión de segundos y presiona contra su estómago sin ningún tipo de disimulo. No hay manera de ocultarlo. No con ella pegada a mí de esta forma, sin nada entre nosotros salvo mis pantalones de chándal, que no esconden una mierda.

Hannah se queda inmóvil unos segundos, agarrada a mis hombros, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Siento su corazón latiendo contra mi pecho. Siento cada curva de su cuerpo. Siento cómo se tensa cuando se da cuenta de lo que está presionando contra ella.

Entonces se suelta de golpe y se aparta de mí con los ojos encendidos y las mejillas rojas como tomates.

—¡Eres un salido!

Me echo a reír. No puedo evitarlo. Es eso o perder la cabeza.

—¿Perdona? —Me froto la nuca sin dejar de reír—. Hannah, acabo de tener a un bombón desnudo en mis brazos. ¿Qué esperabas que pasara?

Ella abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.

—¡Podrías haberlo… controlado!

—No. —Niego con la cabeza, sonriendo—. Créeme, cariño, no hay control posible. La culpa es tuya por ser tan jodidamente tentadora.

Hannah se pone todavía más roja, si eso es posible. Coge la toalla del suelo con manos temblorosas y se la enrolla alrededor del cuerpo con movimientos torpes. Pero veo el instante en que mis palabras la alcanzan de verdad. En que se da cuenta de lo que acabo de decir.

Que la encuentro atractiva.

Que la deseo.

Sus ojos se encuentran con los míos, y veo sorpresa, confusión y un destello más oscuro y peligroso. Veo su respiración acelerarse. Veo cómo se muerde el labio.

Y luego sale corriendo del baño como si la persiguiera el demonio.

Me quedo solo, apoyado contra el lavabo, sin aliento y con una erección que podría atravesar acero.

Joder.

Cierro los ojos, planto las manos en el borde del lavabo y dejo caer la cabeza hacia delante. Respiro hondo una vez, dos veces. No funciona. Cada vez que cierro los ojos, la veo: desnuda, mojada, sonrojada, perfecta.

Sus pechos, sus caderas, la línea de la cintura, el rastro del agua en la piel. El modo en que se aferró a mí como si fuera lo único sólido en el mundo.

El modo en que la sentí temblar contra mí.

Abro los ojos y me miro en el espejo. Tengo las pupilas dilatadas, la mandíbula tensa y una expresión que no me había visto jamás. Parezco un hombre al borde del precipicio.

Y quizás lo estoy.

Porque nunca en mi puta vida una mujer me había afectado así. Nunca he deseado a nadie de este modo. Llevo semanas intentando controlarme, dándole espacio, respetando sus límites. Pero acabo de tenerla desnuda entre mis brazos y ahora sé cómo encaja su cuerpo contra el mío.

Y no voy a poder olvidarlo.

Miro hacia la puerta cerrada del baño. Aguzo el oído: silencio al otro lado. Hannah debe de estar ya en su habitación, escondiéndose de mí. O quizás tumbada en su cama, tan cachonda como yo, odiándose por ello.

Esa idea casi me mata.

Sacudo la cabeza y suelto una carcajada baja y amarga. Estoy jodido. Bien jodido. Y ni siquiera me importa.

Mi polla sigue dura, dolorida contra la tela del pantalón. No va a calmarse. No después de esto. No cuando tengo la imagen de Hannah grabada en la retina.

Recojo la toalla del suelo y cierro el pestillo del baño.

Me quito los pantalones y abro el grifo de la ducha. El agua cae caliente y llena el cuarto de vapor. Entro y dejo que me golpee la espalda, cierro los ojos e intento respirar con normalidad.

Es inútil.

Porque sigo viéndola. Sigo sintiéndola. Sigo oliendo su jabón mezclándose con el vapor.

Me agarro la polla con una mano y aprieto los dientes ante la oleada de placer que me recorre al primer contacto. Está tan dura que duele. Apoyo la otra mano contra los azulejos y empiezo a moverme, con el agua caliente cayéndome por la espalda y la respiración irregular.

Pienso en Hannah.

En su imagen al salir de la ducha, la piel reluciente y el pelo mojado. En cómo se le cayó la toalla. En sus pechos, en los pezones erizados. En la cintura, en las caderas. En el triángulo de vello oscuro entre sus muslos que apenas vi pero que no puedo sacarme de la cabeza.

Aprieto el ritmo, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Me imagino empujándola contra la pared de esta misma ducha. Quitándole esa toalla con las manos. Besándola hasta que gima mi nombre. Tocándola hasta dejarla sin fuerzas.

Me la imagino desnuda en mi cama, con el pelo extendido sobre la almohada y los ojos brillantes de deseo. Me la imagino debajo de mí, arqueándose, arañándome la espalda. Me la imagino encima de mí, montándome, con los pechos rebotando y la cabeza echada hacia atrás.

Gimo entre dientes, con la mano moviéndose más rápido, más duro. El placer sube y sube, me tensa como una cuerda a punto de romperse. El agua cae sobre mí, caliente, constante, y es demasiado fácil imaginar que son las manos de Hannah recorriéndome el cuerpo.

Pienso en cómo me miró cuando le dije que era tentadora. En el rubor de sus mejillas. En el brillo de sus ojos. En cómo reaccionó su cuerpo al sentir mi erección contra ella.

Pienso en Hannah jadeando mi nombre. En Hannah corriéndose en mi lengua, en mis dedos, en mi polla. En Hannah entregándose a mí sin reservas, sin miedo, sin defensas.

El orgasmo me golpea con una violencia que me hace ver estrellas.

Me trago el grito, con el cuerpo entero temblando y la mano moviéndose hasta exprimir la última gota de placer.

Me quedo apoyado contra la pared, con las piernas flojas y el corazón desbocado, y dejo que el agua se lleve las pruebas de lo que acabo de hacer.

Tardo varios minutos en recuperar el aliento.

Cuando salgo de la ducha y me miro en el espejo empañado, parezco un hombre que acaba de tener la paja más intensa de su vida pensando en una mujer que duerme a tres puertas de distancia.

Y la verdad es que eso es exactamente lo que soy.

Me seco, me pongo los pantalones y salgo del baño con la toalla colgada al hombro. El pasillo está en silencio. La puerta de Hannah está cerrada. No se ve luz por debajo. O está dormida, o está fingiendo estarlo.

Camino descalzo hacia mi habitación, todavía con el fantasma de Hannah contra el pecho y el olor de su jabón en la piel.

Me meto en la cama y me quedo mirando el techo durante un buen rato. Alice está en la habitación de al lado, dormida en su cama de princesa. Hannah está unas puertas más allá, seguro que despierta, quizá pensando en mí igual que yo pienso en ella.

Y yo estoy aquí, en medio de las dos, sabiendo que todo ha cambiado.

Porque ya no puedo fingir que esto es solo atracción física. Ya no puedo decirme a mí mismo que Hannah es solo otra mujer más.

No lo es.

Nunca lo ha sido.

Y voy a hacer lo que sea necesario para tenerla.