Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

HANNAH

Entro en mi habitación y cierro la puerta. Me apoyo contra ella y respiro hondo.

Necesito dormir. Necesito dejar de pensar en James, en lo bien que se le ve con Alice y en lo mucho que me está costando mantenerlo a raya.

Me pongo el pijama y me meto en la cama. Apago la luz. Cierro los ojos.

Pero no puedo dormir.

Mi cerebro no para. Sigue reproduciendo la conversación en la terraza. La forma en que James me miraba. La facilidad con la que hablábamos. Como si nos conociéramos de siempre.

Me giro hacia un lado. Luego hacia el otro. Nada funciona.

Llevo así casi dos horas cuando oigo algo.

Pasos. Suaves. En el pasillo.

Me incorporo en la cama con el corazón acelerado. Agudizo el oído.

Los pasos son ligeros. Pequeños. Una de las niñas está despierta.

Me levanto despacio y abro la puerta con cuidado. Asomo la cabeza al pasillo justo a tiempo para ver una figura pequeña en pijama de unicornios caminando hacia la habitación de James.

Alice.

Salgo al pasillo y camino hacia su habitación sin hacer ruido. La puerta está entreabierta. Me quedo a un lado, donde no pueden verme, pero puedo oírlo todo.

—¿Alice? —La voz de James sale baja. Sorprendida. Preocupada—. ¿Qué haces despierta, cariño?

—Tengo miedo. —La voz de Alice suena pequeña y vulnerable—. La película me ha asustado y no puedo dormir. He intentado quedarme con mis amigas pero todas están dormidas y yo no puedo.

—Ven aquí.

Oigo movimiento, el crujido del colchón. Imagino a James echándose a un lado para hacerle sitio a Alice en la cama.

—Lo siento —dice Alice y hay lágrimas en su voz—. Sé que no debería haber pedido ver esa película. La tía Hannah me va a echar la bronca mañana cuando se entere.

—No va a echarte la bronca. Te lo prometo.

—¿Seguro? Se enfada cuando hago cosas que no debería.

—Estoy seguro. Hannah nunca se enfadaría contigo por tener miedo. Todos nos asustamos a veces.

—¿Tú también te asustas?

—Sí.

—¿De qué?

Hay una pausa. Me lo imagino buscando la manera de responder.

—De muchas cosas —dice al fin con voz suave—. De no saber hacer las cosas bien. De meter la pata. De decepcionar a las personas que me importan.

—¿Yo te importo?

—Mucho. Muchísimo.

Oigo cómo Alice se acomoda. Oigo el roce de las sábanas.

—¿Puedo quedarme a dormir contigo? —pregunta en un hilo de voz—. Me sentiría más segura aquí.

Hay un silencio. Breve pero cargado.

—Claro que puedes. Puedes quedarte todo el tiempo que necesites.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Gracias. —Alice bosteza—. Eres muy amable.

—Intento serlo. Al menos contigo.

—Lo consigues.

Oigo más movimiento, un suspiro de Alice, su respiración cada vez más lenta y regular.

—¿James?

—¿Sí?

—Me alegro de que seas tú. —Su voz suena cada vez más adormilada—. Me alegro de haberte encontrado.

El silencio que sigue dura varios segundos.

—Yo también me alegro, Alice. Más de lo que imaginas.

No oigo respuesta. Solo la respiración profunda de Alice al quedarse dormida.

Tengo que taparme la boca con la mano para no hacer ruido. Las lágrimas me queman los ojos y esta vez no puedo detenerlas.

Me aparto de la puerta y me recuesto en la pared del pasillo. Trato de recuperar el control, de procesar lo que acabo de oír.

La voz de Alice, tan vulnerable, tan confiada. Ha buscado refugio en James sin dudarlo.

Y James. James le ha respondido con una ternura que no sabía que poseía. Le ha prometido que puede quedarse. La ha protegido.

Me seco la cara y voy a la cocina. Necesito moverme, darle una salida a toda esta emoción que me está desbordando.

Bebo agua. Recojo cosas que ya están recogidas. Ordeno lo que ya está ordenado.

Hago tiempo porque no confío en volver a la cama sin derrumbarme.

Cuando miro el reloj han pasado casi cuarenta minutos. El apartamento está en silencio total. Me acerco a las habitaciones despacio. Compruebo que las otras niñas siguen dormidas en la habitación de Alice, las tres acurrucadas en sus sacos de dormir.

Luego camino hacia la habitación de James.

La puerta sigue entreabierta. Me asomo con cuidado de no hacer ruido.

Y lo que veo me parte el alma en dos.

Alice está en el centro de la cama enorme, tumbada sobre el pecho de James. Tiene una mano pequeña aferrada a su camiseta. Duerme profundamente, con la boca entreabierta y el pelo revuelto sobre la cara.

James también duerme. Está boca arriba, con un brazo alrededor de Alice. La estrecha contra él con una torpeza evidente, como si tuviera miedo de apretarla demasiado fuerte o no lo suficiente.

Pero la sostiene. La protege. La mantiene a salvo.

Su otra mano descansa, protectora, sobre la espalda pequeña de Alice. Como si incluso dormido su cuerpo supiera que tiene que cuidar de ella.

Y tengo que agarrarme al marco de la puerta.

Mi niña. Mi Alice. La niña que he criado desde los seis meses. La niña que ha sido abandonada una y otra vez por su madre. La niña que aprendió a no confiar demasiado en la gente porque la gente siempre se va.

Y ahora duerme con total confianza sobre el pecho de un hombre al que conoce desde hace apenas un mes.

Y ese hombre. Ese supuesto playboy de los periódicos. Ese tipo con fama de no comprometerse con nada ni con nadie. Ese James Morgan que se suponía que era egoísta y superficial.

Está abrazando a esa niña como si fuera lo más precioso que ha tenido nunca entre los brazos.

Las lágrimas resbalan por mis mejillas en silencio. Las dejo caer.

Porque esto no es lo que esperaba.

James no es quien pensé que era. No es el capullo de los titulares. No es el tipo que solo piensa en sí mismo. No es el hombre que huye cuando las cosas se ponen serias.

Es un hombre que abraza con torpeza a una niña asustada. Que promete protegerla. Que organiza sorpresas y aprende a hacer tortitas y pregunta cómo ayudar.

Y me está costando cada vez más resistirme a él.

Cada gesto que hace, cada palabra amable, cada momento en que demuestra ser mejor de lo que promete su fama, me desarma un poco más.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano. Me aparto de la puerta despacio para no despertarlos.

Vuelvo a mi habitación. Me meto en la cama. Miro el techo en la oscuridad mientras escucho el silencio del apartamento.

James Morgan no es el hombre que creía que era.

Y eso lo hace todo muchísimo más peligroso.

Porque es fácil resistirse a un capullo. Es fácil mantener la guardia alta cuando sabes que alguien no merece la pena.

Pero ¿cómo voy a resistirme a esto? ¿A un hombre que me demuestra cada día que puede ser justo lo que Alice necesita? ¿Que puede ser de fiar? ¿Que puede quedarse?

¿Cómo mantengo la distancia cuando cada vez que lo miro veo a alguien que podría ser…?

No. No puedo terminar ese pensamiento.

Porque terminar ese pensamiento significa reconocer que estoy cayendo. Que las defensas que he construido durante años se están resquebrajando. Que James Morgan se me está metiendo muy dentro y no sé cómo pararlo.

Que ya no estoy segura de querer que pare.

Cierro los ojos con fuerza. Intento dormir. Intento no pensar en James durmiendo a unos metros de distancia con Alice acurrucada contra él.

Intento no imaginar cómo sería estar yo también entre esos brazos.

Intento no admitir la verdad que llevo días evitando.

Que me está conquistando tal y como dijo que haría. Que cada día me cuesta más recordar por qué esto es una mala idea. Que me estoy resbalando por una pendiente peligrosa y ya no tengo fuerzas para frenar.

Y una parte de mí, una parte que crece cada día, ya no quiere frenar.

Quiere dejarse caer.

Quiere descubrir qué pasa si bajo la guardia. Si confío. Si me permito sentir lo que llevo semanas intentando ignorar.

Pero el miedo sigue ahí. Enroscado en mi pecho como una serpiente.

Miedo a que esto sea temporal. A que los resultados de la prueba cambien todo. A que James se dé cuenta de que esto es demasiado complicado y desaparezca.

Miedo a que Alice se rompa otra vez. Miedo a que yo me rompa con ella.

Suspiro en la oscuridad y me doy la vuelta. Todavía faltan dos semanas para los resultados.

Dos semanas de convivir con James. De verlo con Alice. De sentir cómo mis defensas se van desmoronando día tras día.

Dos semanas de luchar contra lo que cada vez parece más inevitable.

Dos semanas de fingir que no estoy cayendo cuando ambos sabemos que ya estoy a medio camino del suelo.

Cierro los ojos y dejo que el agotamiento me venza por fin.

Mañana será otro día de intentar guardar las distancias. Mañana será otro día de fallar.

Pero por ahora, en la oscuridad de mi habitación, puedo admitir la verdad que no me atrevo a decir en voz alta. James Morgan me está conquistando. Y no tengo ni idea de cómo detenerlo.

Ni de si de verdad quiero hacerlo.