CAPÍTULO 17
HANNAH
Me estoy volviendo loca.
Convivir con James Morgan es un deporte de riesgo.
Está en todos los sitios. En la cocina por las mañanas haciendo el desayuno. En el sofá trabajando descalzo y concentrado. En el gimnasio sin camiseta levantando pesas mientras yo intento no mirar y fracaso sin remedio.
Ocupa demasiado espacio. Y no solo físicamente: ocupa espacio en mi cabeza, en mis pensamientos, en ese lugar que he intentado mantener cerrado durante años.
Y lo peor de todo es que no puedo odiarlo por ello.
Porque cada día que pasa me demuestra que no es el capullo de los periódicos. Cada día que pasa encuentra una manera nueva de ablandarme por dentro.
Como ahora.
Estoy en la cocina preparando la merienda de Alice cuando él entra con una sonrisa que me pone la piel de gallina.
—Tengo una sorpresa.
—¿Qué tipo de sorpresa?
—Del tipo que va a hacer que Alice chille de emoción.
Dejo el cuchillo que estaba usando para cortar fruta.
—¿Qué has hecho?
—He organizado una noche de pijamas. Para Alice y sus amigas. —James se apoya contra la encimera, demasiado satisfecho consigo mismo—. Sophie, Mia y Lily vienen a las siete. He hablado con sus padres. Les he dado mi número. Les he prometido que las vigilaremos toda la noche.
Me quedo mirándolo sin palabras.
—¿Has organizado una pijamada?
—Sí.
—¿Tú solo?
—Bueno, técnicamente mi asistente hizo las llamadas. Pero la idea fue mía.
—James…
—Alice lleva semanas hablando de lo divertido que sería tener una fiesta de pijamas pero nunca lo habíais hecho porque el apartamento de Brooklyn era demasiado pequeño. ¿Verdad?
Se me hace un nudo en la garganta.
—Sí. Era demasiado pequeño.
—Pues ahora tenemos espacio de sobra. Y Alice merece tener a sus amigas aquí. Merece sentir que este es su hogar.
Y ahí está otra vez. Ese James que hace que todas mis defensas se tambaleen. El James que piensa en lo que Alice necesita y lo hace realidad sin que nadie se lo pida.
—Es perfecto —consigo decir—. Va a estar encantada.
—Eso espero. —Sonríe, y esta vez es una sonrisa pequeña, vulnerable—. Quiero que sea feliz aquí, Hannah. Quiero que este sitio sea su hogar de verdad.
No confío en mi voz, así que solo asiento.
Cuando llego con Alice del colegio media hora después y James le cuenta la sorpresa, la niña suelta un grito de felicidad que debe de oírse en todo el edificio.
—¿En serio? ¿Sophie y Mia y Lily van a venir? ¿Esta noche?
—Esta noche —confirma James riéndose—. Así que será mejor que vayas preparando tu habitación.
Alice se lanza a sus brazos y lo abraza con tanta fuerza que James casi pierde el equilibrio. Lo veo cerrar los ojos y apretar a Alice contra él. Lo veo respirar hondo como si quisiera memorizar el momento.
Y yo me derrito un poco más.
Maldito sea.
A las siete en punto empiezan a llegar las niñas.
Sophie llega primero con su madre, que me saluda con familiaridad y luego le da la mano a James mientras lo evalúa con disimulo.
Mia llega cinco minutos después con su padre, un hombre que trabaja en finanzas y que reconoce a James al instante.
Hablan de negocios durante dos minutos antes de que Mia tire de la mano de su padre y le diga que se vaya ya.
Lily es la última en llegar. Su madre es joven, divorciada, y cuando ve a James se le iluminan los ojos de una forma que me pone los pelos de punta.
—Así que tú eres James. —Le tiende la mano y la sostiene un segundo más de lo necesario—. Alice habla mucho de ti. Dice que haces las mejores tortitas del mundo.
—Alice exagera. —James retira la mano con educación—. Pero hago lo que puedo.
—Estoy segura de que haces muchas cosas bien.
La madre de Lily está coqueteando. Descaradamente. Delante de mí.
Y James ni se inmuta.
—Las niñas van a estar bien vigiladas —dice ignorando la insinuación—. Hannah y yo estaremos pendientes por si necesitan algo.
Hannah y yo.
Como si fuéramos un equipo.
La madre de Lily me mira por primera vez y su sonrisa se vuelve forzada.
—Qué suerte tiene Alice de teneros a los dos.
Se marcha después de darle a James su número «por si necesita algo». Él se guarda el papel en el bolsillo sin mirarlo y, en cuanto ella desaparece en el ascensor, lo tira a la papelera.
Cierro la puerta y me apoyo contra ella.
—¿Siempre te pasa eso?
—¿El qué?
—Que las mujeres se te tiren encima en cuanto te ven.
James me mira con una sonrisa perezosa que me afloja las rodillas.
—¿Estás celosa, Hannah?
—No.
—Mentirosa.
—No estoy celosa. Solo es una observación.
—Una observación muy específica. —Se acerca a mí—. Para que conste, no me interesa la madre de Lily. Ni la de Sophie. Ni la de Mia. Ni ninguna madre de ninguna amiga de Alice.
—No es asunto mío con quién te interese estar.
—¿No? —Está tan cerca ahora que puedo oler su colonia—. Porque me parece que sí te importa. Me parece que te importa mucho.
Aparto la vista porque si sigo mirándolo voy a hacer una tontería.
—Las niñas están esperando. Deberíamos ir a vigilarlas.
James se ríe por lo bajo, pero se aparta.
—Como quieras.
Las niñas se instalan en la habitación de Alice con sus sacos de dormir y sus almohadas. Ponen música. Bailan. Se pintan las uñas. Hablan todas a la vez sobre chicos del colegio que les gustan y profesores que odian.
James y yo las vigilamos desde la puerta durante un rato. Luego él propone que les demos espacio y nos vayamos a la terraza.
—Así pueden hacer el tonto sin sentirse observadas. Pero seguiremos lo bastante cerca por si nos necesitan.
Tiene sentido. Así que media hora después estamos en la terraza del ático con dos pizzas, dos cervezas y las vistas de Manhattan brillando frente a nosotros.
James se acomoda en una de las tumbonas y yo me siento en la otra y dejo una distancia prudencial entre nosotros. Cojo una porción de pizza y doy un mordisco intentando concentrarme en la comida y no en lo guapo que está con la luz de la ciudad reflejada en el rostro.
—No tenías que hacer todo esto —digo después de tragar—. La pijamada. Las pizzas. Todo.
—Quería hacerlo.
—¿Por qué?
James me observa antes de responder.
—Porque quiero que Alice sea todo lo feliz que esté en mis manos.
Sus palabras me emocionan tanto que no sé qué decir, así que cojo la cerveza y bebo un trago largo.
—Háblame de tu empresa —digo cambiando de tema—. He leído que haces algo con tecnología pero nunca he llegado a entender exactamente el qué.
James se ríe.
—Morgan Technologies desarrolla software para empresas. Sistemas de gestión principalmente. Nada muy emocionante.
—Pero te gusta.
—Me gusta resolver problemas. Y eso es básicamente lo que hago todo el día. Las empresas tienen problemas y yo les vendo soluciones. —Se encoge de hombros—. ¿Y tú? ¿Siempre has querido ser profesora?
—Desde que tengo uso de razón. Mi profesora de tercero, la señora Miller, fue la primera persona que me hizo sentir que era buena en algo. Que tenía algo que ofrecer. Quise ser como ella.
—¿Y las clases particulares?
—Son una necesidad. —No hay vergüenza en mi voz porque es la verdad—. El sueldo de profesora no da para mucho en Nueva York. Las clases particulares me permiten llegar a fin de mes.
James asiente sin hacer ningún comentario condescendiente. Sin ofrecerse a ayudar. Solo acepta la información.
—¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
—Desde que Alice tenía tres años. Antes trabajaba en una librería pero los horarios no me permitían estar con ella tanto como necesitaba. Mis padres murieron cuando Alice era un bebé, así que siempre hemos sido solo ella y yo. Vanessa iba y venía todo el rato.
—Debió de ser duro. Criarla sola.
—Lo fue. —Doy otro mordisco a mi pizza—. Pero también fue lo mejor que me ha pasado nunca. Alice lo es todo para mí.
—Se nota.
Hablamos de otras cosas. De películas que hemos visto. De libros que hemos leído. De lugares a los que hemos viajado o que nos gustaría visitar algún día.
Es fácil. Más fácil de lo que debería. James es divertido cuando se relaja. Tiene un sentido del humor seco que me hace reír más de lo que esperaba. Me cuenta historias de reuniones desastrosas con clientes. Yo le cuento anécdotas de padres imposibles en las tutorías.
—Hubo uno que me dijo que su hijo no podía suspender matemáticas porque estaba destinado a ser artista —digo riéndome—. Como si los artistas no necesitaran saber sumar.
—Tuve un cliente que quería que le programara un sistema que leyera la mente de sus empleados. Literalmente. Pensaba que era posible.
—¿Qué le dijiste?
—Que me diera seis meses y veinte millones de dólares. —James sonríe—. No volví a saber de él.
Me río y me doy cuenta de que hacía semanas que no me sentía tan relajada. Que no hablaba con otro adulto de cosas que no fueran Alice o facturas o responsabilidades.
Es peligroso lo bien que me siento aquí. Con él. Bajo las estrellas. Como si lleváramos toda la vida haciendo esto.
—¿En qué piensas? —pregunta James después de un rato de silencio cómodo.
—En que esto es peligroso.
—¿La terraza? Tiene barandilla —bromea.
—Tú. —Lo miro a los ojos—. Tú eres peligroso.
—¿Yo?
—Sí. Porque contigo bajo la guardia. Porque organizas pijamadas y hablas con los padres. Y eso hace que olvide todas las razones por las que esto es mala idea.
James deja la cerveza en la mesa y se gira hacia mí. Me mira con una intensidad que me eriza la piel.
—¿Y si no es mala idea? ¿Y si es exactamente lo que las dos necesitáis?
—No digas eso.
—¿Por qué no?
—Porque me lo estás poniendo muy difícil, James.
—Bien. —Sonríe y esa sonrisa hace que se me olvide respirar—. Ese es el plan.
Antes de que pueda responder, oímos gritos procedentes del interior del apartamento. No son gritos de miedo. Son gritos de emoción.
Nos levantamos y entramos. Las cuatro niñas están apiñadas frente al televisor del salón, dando botes de entusiasmo.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Queremos ver una película —dice Alice—. Una de miedo.
—No sé si es una buena idea…
—Por favor, tía Hannah. Somos muy mayores ya. Podemos ver películas de miedo.
Miro a James buscando apoyo. Él se encoge de hombros con diversión en los ojos.
—¿Qué película?
—Coraline —dice Sophie.
—Esa no da miedo —señala James—. Es de animación.
—Da muchísimo miedo —insiste Mia—. Mi hermano mayor la vio y tuvo pesadillas durante una semana.
James me mira y veo que está intentando no reírse. Coraline da algo de miedo, pero nada que cuatro niñas de once años no puedan aguantar.
—De acuerdo —cedo—. Pero si os asustáis demasiado la paramos. ¿Trato?
—¡Trato! —gritan las cuatro al unísono.
Las niñas se acomodan en sus sacos de dormir frente al televisor. James y yo nos sentamos en el sofá, a una distancia que nos permite vigilarlas sin estar encima de ellas.
Él pone la película y apaga las luces principales y deja solo una lámpara encendida en la esquina.
Durante los primeros veinte minutos todo va bien. Las niñas están atentas. Comentan entre susurros. Se ríen en las partes graciosas.
Luego llega la escena de la Otra Madre con los botones en los ojos.
Sophie suelta un grito ahogado. Mia se tapa los ojos con las manos. Lily se abraza a su almohada con fuerza.
Y Alice está muy callada. Demasiado callada.
La conozco lo suficiente como para saber que está asustada pero no quiere admitirlo delante de sus amigas.
—¿Estáis bien? —pregunto con suavidad.
—Sí —responden las cuatro al unísono con voces que dicen todo lo contrario.
James me mira y articula en silencio: «¿La quitamos?»
Niego con la cabeza. Si la quitamos ahora Alice se sentirá responsable de haber arruinado la diversión de sus amigas.
La película continúa. Las niñas se van acercando más entre ellas en busca de consuelo. Cuando por fin termina, las cuatro parecen aliviadas aunque ninguna lo admite en voz alta.
—Ha estado bien —dice Alice en un tono tan agudo que la delata.
—Súper bien —añade Sophie sin mucha convicción.
—Yo no me he asustado nada —miente Mia sin pestañear.
Las acompañamos a la habitación de Alice. Las cuatro se meten en sus sacos de dormir todavía vestidas con sus pijamas. Les dejamos la luz del pasillo encendida y la puerta entreabierta.
—Si necesitáis cualquier cosa, lo que sea, nos llamáis —dice James desde la puerta.
Las niñas asienten con cara de alivio.
Cerramos la puerta con cuidado y volvemos al salón. Recogemos los restos de pizza. Limpiamos un poco. Hablamos en voz baja sobre lo asustadas que estaban y cómo fingían no estarlo.
—Alice va a tener pesadillas —digo mientras meto los platos en el lavavajillas.
—Todas van a tenerlas. Pero no querían admitirlo.
—Orgullo de once años.
—El peor tipo de orgullo. —James sonríe—. ¿Quieres ver algo? ¿O prefieres irte a dormir?
Miro el reloj. Son casi las doce. Debería irme a la cama. Debería poner distancia entre James y yo antes de que haga algo estúpido como quedarme aquí con él toda la noche.
—Creo que me voy a dormir. Ha sido un día largo.
—Claro. Yo me quedo despierto por si las niñas necesitan algo.
—¿Seguro? Puedo quedarme si…
—Vete. —Su voz es suave—. Descansa. Yo las vigilo.
Asiento y camino hacia mi habitación muy consciente de que James me está mirando. Muy consciente de lo fácil que sería darme la vuelta y volver.
Estar cerca de él me está volviendo loca.