Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

JAMES

El lunes por la mañana me despierto con veintisiete llamadas perdidas y un email de mi departamento de comunicación con el asunto en mayúsculas: URGENTE.

Abro el email con el estómago en un puño.

Adjunto hay un enlace a un artículo del New York Post con un titular que me hace querer estrellar el móvil contra la pared: «JAMES MORGAN, EL SOLTERO DE ORO DE MANHATTAN, PENDIENTE DE PRUEBA DE PATERNIDAD. ¿ESCÁNDALO O RESPONSABILIDAD TARDÍA?»

Joder.

Leo el artículo por encima. Alguien de la clínica ha filtrado información.

No dan los nombres de Alice ni de Hannah, gracias a Dios, pero hay suficientes detalles como para que cualquiera que nos conozca ate cabos.

Mencionan «una niña de once años» y «a la tía que la ha criado».

Especulan sobre si voy a reconocer a la niña o si voy a negarla para proteger mi reputación.

Me levanto de la cama y salgo al pasillo. Son las siete y media. Hannah y Alice deberían estar desayunando. Camino por el pasillo y las encuentro en la cocina: Hannah preparando tortitas, Alice sentada en el taburete ya vestida para ir al colegio.

—Buenos días —dice Hannah con una sonrisa educada, la que usa desde que discutimos, que se congela cuando ve mi expresión—. ¿Qué pasa?

—Tenemos un problema.

Le enseño el móvil. Hannah lee el titular y palidece.

—Dios mío.

—¿Qué pasa? —pregunta Alice, intentando ver la pantalla.

—Nada, cariño. —Hannah pone el móvil fuera de su alcance—. Solo trabajo aburrido de adultos.

—Los medios se han enterado de la prueba de paternidad —digo sin rodeos, porque Alice merece saber la verdad—. Han publicado un artículo esta mañana.

Alice se queda muy quieta.

—¿Qué dice?

—Nada importante. —Me siento a su lado—. Solo que estamos esperando los resultados. No dan tu nombre ni el de Hannah. Pero…

—Pero la gente lo va a saber —termina ella con un hilo de voz.

—Probablemente. Y por eso no vas a ir al colegio hoy.

—James… —empieza Hannah.

—No es negociable. —La miro—. Si va al colegio, los otros padres van a hacer preguntas. Los profesores van a mirarla raro. No voy a exponerla a eso.

Hannah asiente despacio.

—Tienes razón.

—¿Me puedo quedar en casa? —Alice parece aliviada—. ¿De verdad?

—De verdad. —Le acaricio el pelo—. Ve a cambiarte. Ponte algo cómodo. Vamos a pasar el día aquí los tres.

Alice sale corriendo hacia su habitación. Hannah se abraza los codos, con expresión preocupada.

—¿Cómo han conseguido esa información?

—Alguien de la clínica la ha filtrado. —Aprieto el móvil con fuerza—. Ya he escrito a mi abogado. Vamos a demandarlos.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Protegeros. Mi equipo de comunicación está preparando un comunicado. Voy a dejar claro que vosotras estáis bajo mi protección y que no voy a tolerar…

El timbre del interfono me interrumpe.

Me levanto para descolgarlo y reconozco enseguida la voz preocupada de David, el conserje.

—Señor Morgan, siento molestarle tan temprano. Su madre está aquí e insiste en subir. Le he dicho que tenía que avisarlo primero pero… bueno, ya sabe cómo es la señora Morgan.

Cierro los ojos.

—Gracias, David. Déjala subir.

Cuelgo el interfono y me giro hacia Hannah.

—¿Quién era?

—Mi madre. Está subiendo.

—¿Tu madre? ¿Ahora? —Se alisa la ropa con las manos, de pronto pálida—. James, la cocina está hecha un desastre, Alice se está cambiando, yo ni siquiera…

—Eh. —Le sujeto las manos para detenerlas—. Respira. Seguro que ha visto el artículo y viene a hacer su papel de matriarca escandalizada. Es a mí a quien busca, no a vosotras.

—¿Y qué hacemos?

—Nada. Esta es vuestra casa. —Le sostengo la mirada para que me crea—. Solo te pido una cosa: no dejes que te intimide. Le encanta intimidar.

Hannah asiente, aunque no parece muy convencida.

Alice vuelve al salón en ese momento, con unos leggings y su sudadera favorita, y se coloca muy cerca de Hannah.

Salgo al rellano a esperar a mi madre.

El ascensor se abre y mi madre sale al rellano con su traje de Chanel impecable y expresión de desaprobación absoluta.

Pasa por delante de mí y entra en el apartamento como si fuera suyo.

Su mirada recorre el salón, se detiene un instante en Hannah y luego se clava en Alice con una intensidad que me pone en alerta.

—Buenos días, madre.

—James. —Ni siquiera me mira—. Así que esta es la niña.

—Esta es Alice. —Me coloco delante de ella—. Y ella es Hannah, su tía.

—Ya veo. —Mi madre deja el bolso en el sofá—. Supongo que habéis visto el artículo.

—Sí.

—He recibido cinco llamadas esta mañana. Cinco. De amigas preguntándome sobre este… asunto.

—No es un asunto. Es mi vida.

—Es un escándalo. —Se gira hacia mí con los ojos encendidos de furia contenida—. ¿En qué estabas pensando, James? ¿Traer a una niña a vivir aquí sin saber siquiera si es tuya?

—Estaba pensando en hacer lo correcto.

—Lo correcto habría sido esperar a tener los resultados antes de hacer esto público. —Se cruza de brazos—. Ahora toda la alta sociedad de Manhattan está hablando de nosotros. De ti. De cómo el playboy irresponsable por fin ha metido la pata de una forma que no puede ocultar.

Siento cómo la rabia me trepa por el pecho.

—Alice no es una metedura de pata.

—Es una complicación. —Su voz es fría, clínica—. Una complicación que está manchando el apellido Morgan. Nuestro apellido. El que tu abuelo construyó, el que tu padre protegió, el que tú estás…

—Ni se te ocurra. —Mi voz sale más baja, más peligrosa de lo que pretendía—. Ni se te ocurra llamar a mi hija una complicación o algo que mancha nuestro apellido.

—James…

—No. —Doy un paso hacia ella—. Llevo toda mi vida escuchándote hablar de reputación, de imagen, de lo que va a decir la gente. De cómo tengo que comportarme, con quién tengo que salir, qué cara tengo que poner en público. Y me da absolutamente igual.

—Estás siendo ridículo.

—Estoy siendo sincero. Por primera vez en mi puta vida. —Siento cómo las palabras salen sin filtro, todo lo que he guardado durante años—. Alice es lo mejor que me ha pasado nunca. Y Hannah también. Y si tú no puedes verlo, si lo único que ves es un escándalo, entonces el problema eres tú, no yo.

Mi madre parpadea, sorprendida por mi tono.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sé perfectamente lo que estoy diciendo.

—Me tiembla la voz—. Nunca supe lo que era el amor hasta que las conocí.

Nunca supe lo que era tener una familia de verdad.

Porque tú y papá nunca me disteis eso. Me disteis un apellido, una reputación, una imagen perfecta para mostrar al mundo. Pero nunca amor.

—James, eso no es…

—¿Cuándo fue la última vez que me dijiste que me querías? —La interrumpo—. ¿Cuándo fue la última vez que me abrazaste sin que hubiera fotógrafos delante? ¿Cuándo fue la última vez que me preguntaste cómo estaba de verdad, no cómo estaba mi empresa o mi reputación?

Se hace un silencio absoluto.

Mi madre me mira con una expresión que no le conozco. Un amago de dolor le cruza la cara, pero desaparece tan rápido que no estoy seguro de haberlo visto.

—No he venido aquí para que me psicoanalices —dice por fin—. He venido a hacerte entrar en razón. Esta niña podría no ser tuya. ¿Lo has pensado? Cuando lleguen los resultados y digan que no hay parentesco, ¿qué vas a hacer? ¿Seguir jugando a las familias felices?

—Sí —respondo sin dudar—. Exactamente eso.

—Eso es absurdo.

—Eso es amor. —Miro a Alice, que está detrás de mí con los ojos muy abiertos—. Y si tú no lo entiendes, si no puedes entender que un padre no es quien te da la mitad de tu ADN sino quien está ahí cada día, quien te quiere, quien te hace sentir segura, entonces nunca vas a entenderme a mí.

—James… —Mi madre empieza a decir algo, pero entonces Alice se mueve.

Se lanza desde detrás de mí y me abraza con fuerza. Sus brazos me rodean la cintura, su cara se entierra en mi camisa, y noto cómo tiembla.

—¿De verdad lo dices? —Su voz suena amortiguada—. ¿De verdad no te importa lo que diga la prueba?

Me arrodillo y la cojo por los hombros.

—De verdad, cariño. No me importa. Porque yo ya te quiero.

—Yo también te quiero. —Las lágrimas le corren por las mejillas—. Te quiero muchísimo. Y quiero que seas mi padre. No me importa lo que diga ninguna prueba. Quiero que seas tú.

Me escuecen los ojos. Le limpio las lágrimas con los pulgares e intento no derrumbarme yo también.

—Yo también quiero serlo. Más que nada en el mundo.

Alice me abraza de nuevo y yo la sostengo, con los ojos cerrados, con todo mi mundo reducido a esta niña en mis brazos. Esto. Esto es lo que significa el amor. No las apariencias. No la reputación. Esto.

Cuando abro los ojos, veo a mi madre todavía de pie en medio del salón. Pero su expresión ha cambiado. Ya no hay frialdad. Hay desconcierto, quizás el principio de la comprensión.

—Madre. —Mi voz sale ronca—. Si no puedes aceptar esto, si no puedes aceptarlas, entonces creo que deberías irte.

Se queda callada durante unos segundos. Mira a Alice, todavía abrazada a mí. Mira a Hannah, que llora en silencio. Me mira a mí.

—Yo… —Se aclara la garganta—. No he venido aquí para… es decir…

—¿Madre?

—Lo siento. —Las palabras salen tan bajas que casi no las oigo—. Lo siento, James.

Me quedo de piedra. En treinta y seis años, nunca he escuchado a mi madre disculparse. Por nada.

—No debería haber dicho esas cosas. —Mira a Alice—. Sobre ti. No eres una complicación. Eres… se nota que eres importante para él.

Alice se gira un poco en mis brazos y mira a mi madre con cautela.

—¿Lo dice en serio?

—Sí. —Mi madre traga saliva—. Lo digo en serio.

—Mi madre nunca se disculpa —le susurro a Alice—. Esto es… inédito.

Mi madre casi sonríe. Casi.

—Tienes razón. No lo hago. Pero… —Mira hacia la ventana, como si las palabras le costaran un esfuerzo físico—. Puede que tengas razón sobre otras cosas también. Sobre cómo te criamos. Sobre lo que te dimos y lo que no.

—Madre…

—No. Déjame terminar. —Me mira directamente—. Tu padre y yo… hicimos lo mejor que pudimos. Pero puede que no fuera suficiente. En algunas cosas importantes.

El silencio que sigue es denso, cargado de todo lo que nunca nos hemos dicho.

—Tengo que irme. —Se ajusta el bolso en el hombro—. Pero… llámame cuando tengáis los resultados. Me gustaría saberlo.

—¿Para qué? —No puedo evitar la pregunta—. ¿Para juzgarnos de nuevo si sale negativa?

—No. —Su voz es suave, casi vulnerable—. Para saber si voy a tener una nieta.

Sale del apartamento sin esperar respuesta. La puerta se cierra y nos quedamos los tres solos en el silencio.

Me quedo arrodillado en medio del salón, con Alice todavía en mis brazos, sin terminar de creerme lo que acaba de pasar. Mi madre se ha disculpado. Mi madre ha admitido que se equivocó. Mi madre ha llamado a Alice su posible nieta.

Y de repente lo entiendo todo.

Mi madre no es malvada. No es cruel a propósito.

Es solo que nunca aprendió cómo amar de otra forma.

Creció en un mundo donde las emociones eran una debilidad, donde el amor se demostraba con apellidos y reputaciones en lugar de abrazos y palabras.

Es una víctima de su propia educación tanto como yo lo fui.

La diferencia es que yo he encontrado la salida gracias a Alice y Hannah.

Y ella sigue atrapada dentro, buscando todavía la salida.

Pero, por primera vez, creo que quiere intentarlo.

HANNAH

Llevo diez minutos de pie junto a la cocina, inmóvil, sin poder parar de llorar.

He presenciado toda la escena. Cada palabra. Cada gesto. Y me ha partido el corazón de la forma más hermosa posible.

Verlo defender a Alice así, decirle a su madre que Alice es lo mejor que le ha pasado, hablar del amor sin vacilar y sin esconderse.

Y luego Alice se ha lanzado a sus brazos y le ha dicho que lo quiere, que quiere que sea su padre.

Es la escena más bonita que he vivido nunca.

Y también la más aterradora.

Porque ahora lo sé con absoluta certeza: si James no es el padre biológico de Alice, nos va a destrozar a los tres.

Me tapo la boca con la mano para ahogar los sollozos. Porque ya no puedo seguir negándolo. Ya no puedo seguir diciéndome que esto es temporal, que tengo que proteger mi corazón, que no puedo confiar en que James se quede.

James se ha ganado el derecho a ser el padre de Alice.

No importa lo que diga ninguna prueba. No importa qué ADN corra por las venas de Alice. James es su padre en todo lo que importa. En el amor. En la dedicación. En estar ahí cada día, en cuidarla cuando está enferma, en defenderla delante de su propia madre, en hacer que se sienta segura y feliz.

Las pruebas pueden decir lo que quieran.

James ya es su padre.