Hace más de dos mil años desafié a un dios. Y él me convirtió en su recolectora de almas.
Me dio una condena y me hizo inmortal. Cada hombre al que deseo, cada hombre al que me atrevo a besar, muere en mis labios.
Me he reinventado. He huido. Pero, sobre todo, he deseado. Porque mi verdadero castigo nunca fue solo matar con un beso: fue seguir deseando lo imposible.
A veces maté sin quererlo. Otras veces elegí usar mi propia condena como un arma: para vengarme, para hacer justicia, para regalarle a un hombre moribundo una muerte más piadosa que la que el mundo le tenía preparada.
Recorrí siglos, imperios, guerras y continentes enteros. Cambié de idioma, de hogar, de época, mientras todo a mi alrededor se convertía en ruina. Cada capítulo de estas memorias lleva el nombre de una canción distinta: la banda sonora secreta de cada tramo del camino.
Y siempre hubo alguien que nunca dejó de acompañarme. De espiarme. De seguirme entre las sombras, con una obsesión que nunca supe bien si temer o agradecer.
Lo que hay entre él y yo no tiene nombre. No es amor. No somos amantes. Somos dos almas condenadas a recorrer, juntas, un destino que ninguno de los dos eligió del todo. Ese vínculo nunca se rompió.
¿Podré alguna vez cumplir mi condena?
¿Podré amar sin matar?
Estas son mis memorias: postales escritas desde el abismo, un mapa de herencias trazado con tinta y demasiados besos.
La historia de todos los hombres que amé y perdí.
La historia de un dios que nunca dejó de observarme.
Y la historia del deseo… que quizás siempre fue mi verdadero castigo.






