Mil besos para morir Capítulo 1
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Mil besos para morir

Mil besos para morir

Por Mara Elina Di Naccio

© inepub.com

Capítulo 1

Wind of Change - Viento de cambio

Scorpions

Grecia. Hace siglos.

No recuerdo el día ni el año exacto en que todo cambió. Lo que sí guardo en la memoria es el sol que Helios transportaba en su carro a lo largo del cielo, tan brillante y persistente. Su luz se escurría entre las ramas, bañando las hojas, el suelo y mi piel.

El bosque era mi santuario. Caminaba descalza sobre la tierra tibia, un tapiz de hojas secas, raíces y piedras pulidas por el tiempo.

Sentía, bajo las plantas de mis pies, ese latido mineral que nacía de las entrañas de Gea, la Tierra Madre.

Nunca usaba sandalias. No quería barreras entre mis pies y la tierra; quería sentir la naturaleza con cada parte de mi ser.

Solía usar un vestido de lino blanco y delgado, una frontera de tela que apenas toleraba.

Mi único anhelo era la desnudez integral: que el aire fuera la única verdad entre el mundo y mi cuerpo, que el sol me abrazara en cada pliegue de la piel, que cada poro sintiera el más mínimo cambio en el entorno.

Pero la percepción pura es siempre una ofensa para quienes solo saben de reglas y vestiduras.

Me gustaba adornar mi cabello con flores: violetas silvestres, pequeñas margaritas, jazmín. No por belleza, sino por costumbre. Era mi manera de fundirme con el entorno y sentir el aroma de las flores a cada paso.

Mordía manzanas maduras al borde de los caminos.

El jugo se deslizaba por mi barbilla, pero no me importaba.

Reía sola, como una niña traviesa, mientras le robaba miel a las abejas.

Nunca me importó parecer salvaje, solo quería ser libre y disfrutar lo que la naturaleza me ofrecía.

En ese entonces, creía que la libertad era lo único que necesitaba para ser feliz.

Nunca entendí por qué los adultos parecían avergonzarse de ensuciarse. La naturaleza nunca me pidió permiso para abrazarme con barro, lluvia o savia.

Trepé un árbol, con la confianza de que por mis venas corría algo de savia. Desde la copa más alta, pude ver cómo el atardecer bañaba todo en tonos dorados. Respiré hondo hasta que el pecho ya no pudo contener más aire. Entonces levanté la cabeza hacia el cielo y grité con todas mis fuerzas:

—¡Libertad!

El bosque me respondió. El viento me envolvió como un abrazo y las hojas danzaban como si celebraran conmigo.

El eco de mi voz rebotaba entre los árboles y volvía cargado de algo que no entendía.

No sabía si alguien me escuchaba, pero sentía una presencia.

Era una vibración en el aire, apenas perceptible.

El viento cesó, no por calma sino por reverencia.

Entonces… alguien habló. En ese instante suspendido, oí esa voz: no de hombre ni de bestia, sino de algo más antiguo.

Alguien susurraba mi nombre. Me parecía que alguien, o algo, contenía el aliento cerca de mí. Habló con claridad:

—No es solo su cuerpo lo que enciende mi deseo, esa frágil envoltura que el tiempo desgasta, sino su alma.

Un alma de fuego, libre, pura naturaleza en su forma más salvaje e imposible de domar.

La quiero para mí, no como esperan los mortales, la quiero como quien anhela lo que parece inalcanzable.

Yo no estoy hecho para esperar y ella, parece que no fue hecha para obedecer.

No me importa desafiar las leyes eternas para que esté a mi lado.

Dicen que los dioses no sienten, que su eternidad los vuelve fríos, distantes, indiferentes a los caprichos de los mortales. Pero, desde la sombra de un roble inmenso, uno de ellos me observaba. No lo vi, pero lo sentí.