Mil besos para morir Capítulo 2
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Capítulo 2

By and Down the River - Junto al río y río abajo

A Perfect Circle

Una mañana seguí el murmullo de un arroyo, sus aguas transparentes serpenteaban entre piedras redondeadas. Al final del bosque, el arroyo se fundía con un río más amplio y profundo, de corrientes lentas y misteriosas. Nunca me atreví a nadar en esas aguas.

Me senté sobre una roca. El sol ya estaba alto y sus rayos jugaban en la superficie del agua.

Me incliné y vi mi reflejo: el cabello despeinado, la frente perlada de sudor, una rama de lavanda detrás de la oreja.

Entonces empecé a cantar, era una melodía vieja, de esas que mi madre me susurraba en las noches para ayudarme a dormir.

Palabras que no significaban nada y, a la vez, lo significaban todo.

El bosque entero se quedó en silencio. Hasta el arroyo dejó de cantar.

Fue entonces cuando lo vi, del otro lado del arroyo.

Permanecía inmóvil en la otra orilla, como si llevara siglos esperando mi llegada.

Era alto. Vestía una sencilla túnica de lino celeste que caía hasta los tobillos.

Las mangas largas cubrían sus brazos y una leve abertura sobre el pecho dejaba ver una respiración tranquila, demasiado serena para alguien que acababa de aparecer frente a mí.

Extendió una mano hacia mí.

—¿Deseas nadar?

Su voz era suave, casi un murmullo, pero había en ella una autoridad imposible de discutir. Esa voz... había algo en ella que ya conocía, un eco que mi cuerpo reconoció antes que mi mente.

Solo entonces levanté la vista hacia su rostro. Sus ojos eran de un celeste extraño, bordeados por un gris que les quitaba todo brillo y, aun así, resultaban imposibles de apartar. No lo vi parpadear.

Tenía el rostro anguloso, los pómulos marcados y una mandíbula firme.

Sus labios dibujaban una sonrisa apenas insinuada, suficiente para desarmar cualquier precaución.

El cabello, negro como el azabache, parecía incapaz de obedecer al viento.

No era un hombre perfecto ni descuidado; había en él una belleza antigua, difícil de explicar.

Su presencia desmentía la humildad del atuendo. Su porte era otro: no era un campesino, no era un noble, no parecía humano.

Al principio dudé. Una parte de mí, la parte que hablaba con las abejas y leía los mensajes en las nubes, supo que él no era un hombre cualquiera.

Que había algo más allá de lo visible. Pero mis pies ya se habían movido y mis labios ya le habían sonreído.

Asentí y me adentré en el agua hasta acortar la distancia que nos separaba.

Debí dar media vuelta. Algo dentro de mí lo supo antes incluso de que pudiera pensarlo.

Pero la curiosidad siempre fue más fuerte que cualquier advertencia y, cuando quise darme cuenta, ya estaba caminando hacia él.

Levanté la mano, casi sin pensar y, rocé su brazo.

Su piel, increíblemente pálida, estaba extrañamente fría bajo el sol del mediodía.

Me quedé hipnotizada, atrapada en la profundidad de esa mirada que seguía sin parpadear.

Él no dijo una sola palabra. Sus ojos descendieron lentamente hacia mis labios, deteniéndose allí con una intensidad que me robó el aliento.

Luego, sin apartar la vista, tomó la mano que aún descansaba sobre su brazo y tiró de mí suavemente hacia él.

El arroyo era una melodía líquida que nos envolvía, danzábamos y nadábamos siguiendo su ritmo. Nos sumergíamos y emergíamos riendo. Cuando la corriente me arrastró un poco, él me sostuvo con una seguridad que calmó mi miedo. Me aferré sin dudar y me dejé llevar.

—Tranquila —dijo sin vacilar—. No permitiré que nada te suceda.

Su voz era firme, como sus brazos. En ese instante, breve y eterno, creí estar a salvo.

Creí que el mundo, con toda su rareza, finalmente encajaba en sus brazos fuertes.

Pero esa misma calidez repentina llevaba un susurro oculto, una advertencia muda, una coincidencia forzada, la sombra de algo por venir.

El aire se volvió frío de repente y la luz del sol se apagó.

El agua cambió, se tornó espesa y oscura.

Las orillas comenzaron a difuminarse. Las hojas de los árboles enrojecieron.

Lo que era la música del río se volvió un silencio opresivo.

Y entonces llegaron los gritos, primero como ecos lejanos y luego como lamentos reales, humanos, antiguos.

Intenté nadar, el pánico me atravesó. Pero mis piernas eran de piedra y mis brazos se hundían sin fuerza. Mi pecho se llenó de miedo.