Asia
Aterrizamos y recuperamos las motos en Aqaba, la ciudad portuaria jordana. El aire era seco y olía a sal y especias.
Nuestro primer destino fue Petra. Rodar hasta allí fue como entrar en una pintura.
Dejamos el asfalto para internarnos en la arena rojiza del Wadi Rum, donde las dunas gigantes y las montañas de arenisca parecían observar nuestro avance desde hacía miles de años.
Cuando finalmente atravesamos el Siq y apareció El Tesoro, tallado en la roca rosada, ninguno de los dos dijo una palabra.
Aparcamos las motos bajo una sombra mínima y caminamos despacio entre aquellas piedras antiguas.
Sentí que incluso mi vida, con todos sus siglos encima, era apenas un instante frente a ese lugar.
Desde Jordania seguimos rumbo a Turquía.
Una mañana dejamos las motos al borde de un valle de Capadocia antes del amanecer.
El frío todavía mordía las manos cuando el primer globo comenzó a elevarse.
Después apareció otro, y otro más, hasta que el cielo terminó cubierto de colores flotando en silencio.
Dean me pasó un café caliente sin decir nada.
Nos quedamos mirando aquel espectáculo como dos niños que todavía podían sorprenderse del mundo.
China nos recibió con distancias imposibles.
Visitamos la tumba del Primer Emperador y caminé entre las interminables filas de los Guerreros de Terracota.
Cada rostro era distinto. Ninguno volvería a respirar jamás.
Pensé en todos los ejércitos que había visto desaparecer.
Ellos habían muerto hacía más de dos mil años. Yo seguía caminando.
El viaje culminó en la Gran Muralla China. Subimos hasta uno de sus tramos antiguos y apoyé la mano sobre aquellas piedras frías. Pensé que las civilizaciones también construían murallas para protegerse del miedo. Algunas resistían siglos. Otras solo existían dentro de uno mismo.