Mil besos para morir Oceanía
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Oceanía

Desde el bullicio de Cantón rodamos hacia el sur, atravesando Tailandia hasta llegar a Malasia. En Port Klang embarcamos las motos dentro de un contenedor rumbo a Australia. Fue un acto de fe. Mientras el carguero desaparecía en el horizonte, nosotros volamos.

Aterrizamos en Perth con la sensación de haber llegado al revés del mundo. Días después, el rugido de nuestros motores volvió a llenar el aire y emprendimos la travesía hacia el este.

Australia era una lección de inmensidad. La Eyre Highway parecía no terminar nunca. Cuando finalmente llegamos a Sídney, con su puerto y su Ópera asomando junto al mar, sentimos que habíamos cruzado un continente entero.

Nueva Zelanda fue la recompensa. Rodamos entre los Alpes del Sur, lagos glaciares y carreteras que parecían dibujadas para las motos.

En una ruta solitaria de la Isla Sur entendimos que el viaje nunca había consistido en tachar países de un mapa.

Lo importante habían sido los kilómetros compartidos, las conversaciones durante la ruta, las noches durmiendo donde nos encontrara el cansancio y la certeza de que el paisaje más hermoso siempre terminaba siendo el que mirábamos juntos.