Mil besos para morir África
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África

Nuestras motos rugieron al descender la rampa del ferry en Tánger. El aire africano nos golpeó con una mezcla de especias y gasóleo, un olor seco y cálido que prometía una aventura completamente distinta.

Nuestra primera parada fue Chefchaouen, la Ciudad Azul.

La carretera atravesaba las montañas del Rif y nos obligaba a esquivar cabras y viejos coches sobrecargados.

Al llegar, el impacto fue inmediato. El pueblo entero parecía una postal pintada en infinitos tonos de azul.

Dejamos las motos en una plaza y nos perdimos por sus callejuelas, donde el silencio solo era interrumpido por el murmullo del agua y el tintinear de los vasos de té.

La ruta siguió hacia el sur, hasta Merzouga. Frente a nosotros se extendían las dunas de Erg Chebbi, un mar de arena dorada que parecía no terminar nunca. Aparcamos las motos y caminamos siguiendo las huellas de los camellos hasta un campamento en medio del desierto.

Nos acostamos sobre la arena todavía tibia mientras el fuego se apagaba lentamente.

Dean señalaba constelaciones que jamás acertaba a nombrar y yo fingía creerle.

Después inventé una historia absurda sobre un rey griego convertido en estrella por enamorarse de una mujer imposible.

Él escuchó todo muy serio y recién cuando terminé soltó una carcajada.

—Acabas de inventar todo eso.

Sonreí.

—Sí.

Seguimos rumbo al sur hasta Sudáfrica. La Garden Route serpenteaba entre playas, acantilados y bosques, y por primera vez en mucho tiempo sentí que el camino era más importante que el destino.

En Cabo Agujas, el punto más austral del continente, nos quedamos de pie frente al océano, escuchando el rugido de nuestras motos mezclarse con el del viento. Mientras siguiéramos rodando, el horizonte siempre tendría algo nuevo para ofrecernos.

Egipto fue nuestra última parada en África. Las pirámides de Guiza se alzaban inmóviles sobre la arena, recordándonos que el tiempo siempre encuentra la manera de sobrevivirse a sí mismo. Desde Port Said embarcamos nuestras motos rumbo al Levante, mientras nosotros cruzábamos el cielo en un avión.