Mil besos para morir Europa
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Europa

Después de cruzar el Canal de la Mancha, nos instalamos en la cadencia del continente.

Almorzamos junto a los canales de Ámsterdam, sentados en el borde de un muelle con los pies colgando sobre el agua turbia.

Dean insistía en alimentar a los patos con migas de pan mientras yo le repetía que terminaría rodeado por un ejército de aves hambrientas.

Él se reía de mi dramatismo y seguía arrojando migas al agua.

Terminamos compartiendo el almuerzo con media ciudad emplumada.

Era una felicidad ridícula, de esas que no cambian el mundo, pero sí un recuerdo.

En Praga caminamos de noche por el Puente de Carlos mientras una neblina suave envolvía las estatuas.

Un violinista tocaba bajo uno de los arcos y las notas parecían mezclarse con el vapor que salía del río.

Dean dejó caer unas monedas dentro del estuche abierto del músico y, sin decir una palabra, me tendió la mano.

Bailamos sobre las piedras antiguas del puente, torpes y completamente fuera de ritmo.

A nadie pareció importarle. Tampoco a nosotros.

La ruta nos llevó hacia el sur, a través de los Alpes Julianos de Eslovenia. Dejamos las motos al pie de un valle esmeralda y escalamos hasta un mirador cubierto de nieve tardía. Nos acostamos en la cumbre, mirando cómo el sol teñía de oro las montañas.

Después de meses de paisajes y quietud, necesitábamos un estallido.

La búsqueda terminó en París, en junio de 1992.

El Hippodrome de Vincennes estaba hirviendo.

La parada de Guns N' Roses en el legendario Use Your Illusion Tour.

La multitud se movía como un solo ser. El concierto fue una locura total.

Cuando sonó You Could Be Mine y vi el solo de Slash, por un momento sentí que todo el viaje había sido solo la introducción a ese instante.

En medio de las llamaradas y el humo, bajo las notas interminables de November Rain, hice mi balance: no importaban los errores pasados ni el camino por delante.

Solo importaba el aquí, el ahora, y la mano firme de Dean entrelazada a la mía, para no perderme entre la marea de gente.

El final de aquel viaje por Europa nos encontró en Tarifa, Cádiz.

Aparcamos las motos frente al Estrecho de Gibraltar.

Al otro lado, apenas a catorce kilómetros, se veían las montañas de África.

Nos quedamos en el puerto, observando el ferry que sería nuestro próximo medio de transporte, un monstruo blanco que parecía flotar entre dos mundos.