Mil besos para morir América
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América

El aterrizaje en Vancouver fue una inyección de aire frío y limpio en los pulmones. Días después recuperamos las motos. Volver a escuchar los motores rugir bajo el cielo canadiense fue una pequeña euforia.

La carretera nos llevó hasta Las Vegas, donde el neón parecía desafiar al desierto, y después a San Francisco. Cruzar el Golden Gate con Dean rodando a mi lado fue una de esas imágenes que todavía puedo cerrar los ojos y volver a ver.

Los Andes nos recibieron con caminos imposibles. Visitamos Cuzco y subimos hasta Machu Picchu dejando las motos en el valle. Allí comprendí que algunas ciudades no fueron construidas para ser conquistadas, sino contempladas.

Después llegó Bolivia.

Rodar por el Salar de Uyuni fue una experiencia irreal. El cielo se reflejaba sobre la sal infinita y nuestras motos parecían flotar en un espejo. Nos detuvimos en medio de aquella inmensidad donde el silencio era tan puro que podía escuchar mi propio corazón.

Pero la belleza tuvo un precio.

Poco después, Dean enfermó.

El viaje, que durante años había sido movimiento constante, se detuvo por primera vez. Descubrimos que la aventura también sabía obligarte a esperar.

Una mañana abrió los ojos sin fiebre.

—Es hora de irnos.

Y el rugido de los motores volvió a llenar el aire.

Cuando cruzamos el cartel que anunciaba la frontera argentina sentí un nudo inesperado en el pecho.

—Hace rato que no te veía sonreír así —dijo Dean.

—Creo... que estoy volviendo a casa.

Recorrimos el norte argentino, donde los colores de la Quebrada de Humahuaca parecían pintados sobre las montañas.

En Catamarca nos deslizamos riendo por las Dunas de Tatón, contemplamos el Balcón del Pissis y dejamos que el cansancio desapareciera en las aguas de Fiambalá bajo un cielo lleno de estrellas.

Una noche, encontramos el fervor argentino en su máxima expresión: fuimos a ver a Soda Stereo.

Dean, que no entendía mucho el castellano, quedó impactado al sentir la electricidad y la euforia del público cantando cada palabra al unísono.

La moto nos había llevado a través de la historia, pero esa noche, el rock nos transportó a un lugar donde el idioma no importaba.

Salimos del show eufóricos, con el ruido ensordecedor de los amplificadores resonando aún en nuestros oídos, sintiendo que ese estallido de energía en Buenos Aires era tan fundamental para la aventura como cualquier paisaje del mundo.

Y entonces llegamos a Mar del Plata.

No fue una decisión meditada. Simplemente llegamos y dejamos de sentir apuro. Dean se enamoró primero de la ciudad. Yo terminé enamorándome de la forma en que él la recorría: como si cada calle escondiera una aventura, como si el mar hubiera estado esperándolo desde siempre.

Sin darnos cuenta, dejamos de hablar del próximo destino. Por primera vez en años... empezamos a hablar del día siguiente.