Mil besos para morir Capítulo 33
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Capítulo 33

Juntos a la par

Pappo

Alquilamos un pequeño departamento con un balcón con vistas al mar. Las motos ahora descansaban bajo una lona. Nosotros habíamos decidido detenernos, ya estábamos «viejitos» y los años pesaban. Durante esos días, la carretera dejó de ser un destino y se convirtió en un recuerdo lejano.

Nuestra rutina era simple, íntima. Paseábamos por la costa al atardecer, caminando por la Rambla, donde la arquitectura de los viejos hoteles nos recordaba a Europa. Él me compraba churros calientes recién hechos, con el azúcar cristalizando en la grasa, y llenos de dulce de leche pegajoso.

Dean adoraba el dulce de leche. Al principio lo comía con pan o con churros, como cualquier persona normal. Después abandonó toda dignidad y empezó a hacerlo directamente a cucharadas.

Le hice probar el mate. Su cara fue un poema: arrugó la nariz ante el primer sorbo amargo, se atragantó un poco por la yerba, y se quemó la lengua con el agua.

Éramos dos ancianos con espíritus jóvenes. Dos cuerpos que habían dejado de rodar por el mundo en moto, pero que seguían girando en torno al otro.

Nos pasábamos horas en la arena, mirando cómo las olas desdibujaban las huellas de nuestros pies. El tiempo se hizo elástico.

Al principio, el idioma era un rompecabezas para Dean.

Empezó hablando con los vendedores de pescado del puerto, preguntando precios en las verdulerías y pidiendo facturas en la panadería de la esquina.

Después llegaron las tardes eternas jugando al tejo en la playa Bristol, donde entre una carcajada y otra aprendió qué significaban "dale", "dejate de joder" o "qué hacés, maestro".

Otras veces se sentaba frente a la Catedral a jugar al ajedrez con viejos que discutían de política, de fútbol, del dólar y de la vida mientras corregían sus palabras.

Conservaba un acento inglés imposible de disimular, pero hablaba un castellano sorprendentemente bueno.

Lo escuchaba decir "che", "qué lindo día" o "vamos a tomar unos mates" con una naturalidad que siempre terminaba haciéndome sonreír.

Ya no necesitábamos la carretera, ni la inyección de adrenalina, ni el próximo país para sentirnos libres.

Porque la libertad, descubrimos, también vive en los pequeños gestos: en el vapor de un café recién hecho, en la rutina compartida, en el silencio que no pesa, en mirar al otro sabiendo que ya no hay nada que esconder.

La felicidad no estaba en el horizonte, sino justo ahí, en la quietud de esa ciudad costera.

Y fue ahí, donde su corazón se detuvo. Dean murió una mañana de primavera, sin dramatismo, solo dejó de moverse. Estaba a mi lado en la cama; su mano grande y fuerte entre las mías, como si, después de tanto andar, simplemente... hubiera llegado la hora de parar.

Su ropa aún colgaba del perchero. El casco que había compartido miles de kilómetros, olía a él. Y en la almohada, la forma de su cabeza todavía no se había ido.

Y yo... me rompí. No en mil pedazos, no de golpe, sino en silencio, lentamente, como se rompen las cosas que ya estaban agrietadas por dentro.

Lloré durante días, no por el viaje que había terminado, sino porque el motor de su corazón se había apagado.

El mundo se había detenido, no por una frontera o una enfermedad, sino por la ausencia de mi gran amor.

El sonido del motor de una motocicleta se había vuelto una punzada demasiado aguda, un sonido que ya no quería escuchar si no tenía con quién compartirlo. Vendí las motos, guardando solo el casco de Dean y las matrículas originales de la Bonneville y la Panhead como reliquias.

Necesitaba un lugar donde el mar limpiara los restos del mundo y donde nunca antes hubiera estado. Me compré una casa pequeña, en Santa Clara del Mar, una pequeña ciudad costera unos kilómetros al norte de Mar del Plata.

Los inviernos eran de una melancolía profunda, con la costa desierta y el viento silbando entre los médanos. Los atardeceres eran brutales, un lienzo de naranjas y violetas sobre el Atlántico que parecían una pintura.

Mi vida se reestructuró alrededor del ritmo del océano. Me despertaba con el graznido de las gaviotas en la playa, tomaba café mirando el horizonte infinito desde el acantilado. La casa era pequeña, pero el jardín estaba lleno de rosales que se empeñaban en florecer, era mi refugio.

Escribí, cada día: sobre ciudades, muertes, besos y despedidas.

El viaje épico con Dean, el mío en solitario antes de conocerlo.

Mi forma de sacar todos esos recuerdos de mi cabeza y plasmarlos en un papel era una especie de terapia.

Necesitaba reescribir la historia para poder, por fin, vivir la mía.

Una tarde de invierno, con el cielo plomizo pero con el viento totalmente nulo, estaba sentada en el banco de piedra del jardín, revisando un viejo cuaderno cuando lo sentí, Hades.

No había olor a azufre, ni un golpe de frío, solo una presencia inconfundible, una sombra que parecía absorber la luz del atardecer.

Se acercó, no con ironía ni con juicio, sino con una curiosidad sombría. En su rostro había una extraña quietud y solo me miró.

—Lo amaste, ¿verdad?

Asentí, las lágrimas ya no me salían.

—Elegiste bien. Un alma como la suya... no me pertenece. Está en otro lugar.

Se sentó junto a mí en el banco de piedra del jardín. Me abrazó, y ese gesto, que habría temido en cualquier otro tiempo, fue un consuelo. Era la primera vez, desde la muerte de Dean, que me permitía sentir un peso ajeno sobre mis hombros.

—No vine a llevarte, Elina, no todavía. Esta vez solo quiero decirte... que lo hiciste bien. Disfruta lo que queda y cuando llegue el día... vendré por ti. Pero no te quedes con ganas de nada.

Se inclinó y me besó la frente. Fue un toque frío.

Él se alejó silbando una melodía antigua hasta perderse entre los rosales del jardín.

Desde entonces, lo siento cada tanto. En el aire que cambia abruptamente de temperatura, en los espejos donde mi reflejo parpadea, en una canción antigua que suena por la radio cuando no debería. Y cuando eso pasa, cuando sé que la Muerte me mira, pero no tengo miedo de que venga.

Ahora escribo y espero. No a la muerte, sino a la paz de haber vivido. El viaje se ha mudado del asfalto al papel. Ya no hay un motor bajo mi cuerpo, pero hay una historia infinita en mi cabeza. Viví para reescribirme.