Inglaterra, siglo XII. Sesenta años después de la conquista normanda, la vieja sangre sajona y los nuevos señores aún se miden en cada vado y en cada mercado.
Río arriba, en la aldea de Caerwyc, la vida se cuenta en cosechas e inviernos: se siembra, se forja, se nace y se entierra, y la distancia entre un buen año y el hambre cabe entera en una crecida.
Río abajo, tras las murallas de Dunheath, una ciudad-puerto que crece más deprisa de lo que sus señores saben gobernar, el poder ya no se mide en grano, sino en pergaminos: gremios que negocian, aranceles que suben y mercaderes que pesan la lealtad igual que pesan la lana.
En Caerwyc, dos hermanos crecen entre juegos, espadas de madera y el rumor del agua. En Dunheath, bajo la luna de primavera, nace un heredero. Ninguno de los tres sabe que el mismo río los está esperando.
Y luego llega la tormenta.
Una sola noche basta para que el río deje de ser camino y se convierta en sentencia. Cuando el agua regresa a su cauce y los vivos salen a recoger lo que ha dejado, todo parece haber vuelto a su sitio.
Nada lo ha hecho.
Porque una riada es el crimen perfecto: arranca los puentes, borra las huellas y se lleva a quien tenía que llevarse, y también a quien no.
Mientras decide el agua, nadie pregunta; cuando el agua se retira, nadie mira demasiado, porque los que quedan están ocupados enterrando a los suyos. Y hay quien cuenta con ello.
Después, los años pasan. Se levanta lo caído, se cobran los impuestos, se aprende a bajar la voz en la plaza y a mirar al suelo cuando pasa quien manda.
La gente sigue adelante, porque la gente siempre sigue adelante.
Pero bajo el barro hay una verdad que no llegó a ahogarse, una cicatriz que nadie ha sabido leer y un nombre esperando a que alguien se atreva a pronunciarlo.
La Daga y el Río es una novela de ficción histórica sobre la lealtad y el silencio, sobre la justicia cuando no queda ley que la sostenga,&n







