La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El asalto al castillo #2
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El asalto al castillo #2

El pasillo era estrecho, como un secreto mal guardado entre los muros de piedra húmeda del castillo.

Las antorchas, escasas y temblorosas, arrojaban sombras que parecían agitarse como presencias antiguas, como si las memorias de siglos susurraran desde las grietas.

El estruendo de la lucha aún resonaba en las salas más abiertas del castillo, pero allí, en aquel corredor en penumbra, todo se reducía a un pulso más íntimo, más denso, más insondable.

Elswyth avanzó sin prisa, pero sin pausa, con la daga aferrada a su mano como si de ella dependiese no solo la victoria, sino su propia permanencia en el mundo.

El cuero de sus botas mojadas dejaba huellas opacas sobre las losas, y cada paso la acercaba a algo que ella aún no podía nombrar, pero que su corazón ya presentía.

No había rabia en su rostro, ni temblor en sus dedos. Lo que la guiaba no era odio, sino una mezcla insondable de determinación y algo más antiguo, más visceral, más profundo… algo que dolía, aunque no supiera por qué.

Al fondo, recortado contra el resplandor mortecino de una lámpara colgante, él esperaba.

No se movía. No hablaba.

Sostenía una espada sencilla, sin ornamento ni escudo, como si no hubiese tenido tiempo —o intención— de buscar algo más imponente.

Vestía una túnica oscura, manchada de tierra y sangre seca, y sus ojos, aunque firmes, no eran de guerrero. Eran los ojos de alguien que había perdido muchas veces, y que sin embargo aún estaba dispuesto a quedarse.

Elswyth lo miró como se mira a una estatua de un dios olvidado: con respeto, con desconfianza… y con una pregunta en los labios.

—¿Vas a huir?

Su voz, al salir, sonó más suave de lo que habría querido. Más humana. Más vulnerable.

Él negó con la cabeza.

Y respondió apenas, como si le costara articular la decisión.

—De ti… no.

La distancia entre ambos era corta.

La historia entre ellos, inmensa.

Pero aún no lo sabían.

No hubo más palabras.

Elswyth se lanzó, no con furia, sino con la precisión de quien ha entrenado sus músculos para responder cuando el alma aún duda.

Bajó el cuerpo, giró sobre sí misma, apuntó al flanco derecho.

Él se movió con una agilidad sorprendente, desvió el golpe con el canto de su espada, y respondió con una estocada limpia que ella apenas logró esquivar echando la cabeza hacia atrás.

El metal silbó entre ellos como un juramento roto.

El combate se encendió.

Y con él, una danza que no era solo de cuerpos, sino de silencios, de heridas no vistas, de memorias dormidas que empezaban a despertar.

Elswyth atacaba con velocidad, con precisión, como una hoja de viento.

Él respondía con firmeza, con control, como quien no desea herir, pero sabe que no puede evitarlo.

Golpe tras golpe, giro tras giro, se empujaban mutuamente hacia los bordes del pasillo, contra las columnas, sobre las baldosas resbaladizas.

Las sombras bailaban con ellos. El sudor goteaba desde sus frentes. El jadeo era lo único que se escuchaba, salvo por el eco lejano de las espadas de otros, muy lejos, como si todo lo demás ya no importara.

Y entonces, en un giro inesperado, la hoja de él encontró su hombro.

No fue un golpe mortal, ni siquiera certero, pero sí lo bastante fuerte como para rasgar el vestido a la altura del hombro, abriendo una línea irregular en la tela que cayó como un velo roto sobre su espalda.

Elswyth se tambaleó, apenas un paso, más por la sorpresa que por el dolor, y no se detuvo a mirar la herida ni a cubrirse.

Ni él, cegado por el esfuerzo, reparó en lo que acababa de quedar al descubierto: una marca pálida y curva, enrojecida por el roce del acero y el sudor, expuesta al aire por primera vez en años.

Fue solo un segundo, apenas una fracción de batalla, y ninguno de los dos supo aún que aquella cicatriz antigua estaba a punto de cambiarlo todo.

Hubo un momento —uno solo— en que sus ojos se encontraron entre dos estocadas.

Y algo en aquel cruce hizo vacilar sus armas.

No fue reconocimiento.

Fue… desconcierto.

Como si el alma, por un instante, hubiese identificado algo que la razón no alcanzaba.

Pero no duró.

·   ·   ·

En la boca del pasillo, a veinte pasos, había una mujer.

Aethelwyn había subido detrás de la resistencia sin que nadie la invitara y sin que nadie se atreviera a pararla, porque su hija estaba ahí arriba y ella no era de las que esperan abajo.

Llevaba el chal cruzado al pecho, los zuecos en la mano para no hacer ruido, y llegó justo entonces, sin aire, agarrada al quicio de piedra.

Y vio a los dos.

Vio a su hija de espaldas, con la trenza deshecha y el vestido abierto en el hombro.

Y vio, al fondo, al muchacho del castillo, medio doblado, con el brazo derecho colgando y el izquierdo alzado.

No le vio la cara. Estaba a contraluz y el pasillo era todo humo.

Lo que vio fue cómo tenía las manos .

Porque el chico, al retroceder, hizo una cosa que hacen algunas personas y otras no: se llevó el dorso de la muñeca a la boca —no la palma, el dorso, con los dedos hacia dentro— y se limpió la sangre del labio con ese gesto torpe y rápido de crío que se limpia y sigue jugando.

Y luego encogió el hombro izquierdo. Solo el izquierdo. Como si le picara algo que no se puede rascar.

Aethelwyn llevaba nueve años viendo ese hombro encogerse en la mesa de su casa.

Un niño de cuatro años, de seis, de nueve, encogiendo el hombro izquierdo cada vez que le regañaban.

No fue un pensamiento. No hubo tiempo. Fue el cuerpo, que sabe antes.

Se le abrió la boca.

Se le llenó el pecho de aire.

Y en el medio segundo exacto que tarda un aire en subir desde un pecho hasta una garganta y hacerse un nombre, su hija, veinte pasos más allá, golpeó con el codo aquella mandíbula.

«Ese es mi—»

Elswyth aprovechó el desequilibrio. Se adelantó, giró la muñeca, y con un movimiento exacto clavó la daga en su costado.

Él soltó un gemido seco, entre los dientes.

Sus piernas cedieron.

El acero cayó de su mano.

Su cuerpo, como una torre vencida, se dobló lentamente hasta arrodillarse y luego cayó de lado.

En la boca del pasillo, una mujer se llevó las dos manos a la cara y no gritó, porque ya no servía de nada gritar, y porque hay gritos que si empiezan no paran nunca.

Los zuecos se le cayeron al suelo.

Nadie los oyó.

«Medio segundo.»

«Toda mi vida por medio segundo.»

Y Aethelwyn de Caerwyc, que había enterrado a su marido y a su hijo el mismo día y había aguantado cinco años de pie, se apoyó en la piedra y se fue resbalando hasta quedarse sentada en el suelo del castillo, sola, en la oscuridad, a veinte pasos de sus dos hijos.

Elswyth retrocedió.

No para huir, sino porque algo en su interior se desmoronó.

Miró la sangre en la hoja, brillante bajo la luz de la lámpara, y por un instante, por uno solo… le tembló la mano.

No entendía por qué.

No debía importarle.

Era un enemigo. Era… otro de ellos.

Y, sin embargo, cuando dio media vuelta para marcharse, una voz se alzó desde el suelo, rota, cargada de algo que no era burla ni reproche.

—¡Huyes… como una comadreja del molino!

Elswyth se detuvo.

El mundo se detuvo.

Sus pies no respondieron.

Su pecho se cerró.

Sus ojos se agrandaron.

Esa frase.

Esa frase no pertenecía a nadie más.

Nadie en Dunheath la conocía.

Nadie… salvo uno.

Se giró lentamente.

Olvidó respirar.

Él seguía en el suelo, con la mano aún alzada, con los ojos empañados por el dolor…

Y entonces lo supo.

No fue un pensamiento.

No fue un recuerdo.

Fue una certeza.

Una descarga.

Una epifanía.

Los gritos de la aldea, la risa entre los árboles, el escondite detrás del tronco, los dedos embarrados, los juegos con espadas de madera…

Wulfric.

Su hermano.

—No… —murmuró—. No puede ser…

Su cuerpo se tambaleó.

La daga cayó de la mano de Elswyth como si ya no tuviera sentido.

Sus rodillas cedieron.

Los ojos se le llenaron de agua sin permiso.

Iba a hablar.

A arrastrarse hasta él.

A tomarle la mano.

Pero entonces, el mundo la golpeó desde atrás.

Una figura la embistió con fuerza brutal.

Un puño cerrado.

Una bota.

Una sombra.

Morcar.

Y en ese instante, mientras Elswyth rodaba por el suelo, sucedió: la cicatriz de su hombro guio los ojos de Wulfric, postrado en el suelo. No fue más que un instante, un destello en mitad del caos, apenas una línea pálida sobre la piel sucia, mojada, tensa por el combate. Pero fue suficiente.

Como si el tiempo hubiera contenido el aliento durante años solo para exhalarlo en ese segundo exacto, todo volvió. Todo.

Volvieron las tardes corriendo entre los árboles de Caerwyc.

Volvieron los juegos tras los troncos caídos, la risa entre jadeos, la voz aguda de su hermana gritando.

Volvió el olor a pan caliente de Oswin. El resplandor rojo del fuego en la herrería de Eadric el Tuerto.

Volvieron los dedos de su madre cubriéndole la frente en las noches frías. El tacto de la madera vieja del hogar.

Volvió el agua. El río. La balsa improvisada. La caída.

Volvió Elswyth.

No como la guerrera frente a él, ni como la figura envuelta en furia y sombra. No. Volvió como la niña que lo había amado con toda el alma, que lo protegía, que lo hacía reír, que lo regañaba y lo abrazaba y lo salvaba con una sola mirada.

Y entonces lo supo.

No con la mente, ni con palabras, sino con algo más hondo, más primitivo, más real que cualquier certeza:

Esa cicatriz era suya.

Esa hermana era suya.

Él era Wulfric.

Y entre la sangre y el sudor, entre el dolor y la verdad, el mundo se reordenó de golpe, como un mapa roto que alguien recompone con los ojos cerrados.

El rostro de Elswyth, nublado aún por la rabia, no sabía lo que había hecho. No sabía lo que había revelado. Pero Wulfric sí.

Y aún desde el suelo, con la herida de la daga grabada en su costado, una lágrima le recorrió el rostro, no por el dolor…

sino por todo lo que por fin había vuelto.

La voz de Morcar rompió el silencio de ese momento.

—¿De verdad creías —dijo, con la voz impregnada de rencor— que todo esto cambiaría algo?

Elswyth rodó por el suelo, golpeada, aturdida.

Apenas pudo levantar el rostro.

Morcar alzaba su espada.

El filo de su espada brillaba como un final escrito.