La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El asalto al castillo #3
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El asalto al castillo #3

—Vas a morir —susurró él—. Y con tu muerte… morirán todos.

Elswyth, desarmada, trató de alcanzar algo.

Una piedra. Una silla. Cualquier cosa.

No pudo alcanzar nada. Solo sostenerse.

El filo descendió.

La sombra se alzó sobre ella.

Y entonces… la daga voló.

No con fuerza.

No con rabia.

Con amor.

Con memoria.

Con la última voluntad de un hermano que había regresado desde las sombras.

Se clavó en la espalda de Morcar con un golpe seco y preciso.

Su cuerpo se arqueó.

Su espada cayó.

Sus ojos —llenos de incredulidad— se encontraron, al girarse, con los de Wulfric.

Y supo, antes de desplomarse, que había perdido. Que la verdad había ganado.

El cuerpo de Morcar yacía en el suelo como un símbolo vencido, un peso inerte que, por años, se había sostenido a base de miedo y silencio, y que ahora no era más que carne, sangre y tela desgarrada.

El filo de la daga aún sobresalía de su espalda como una rama torcida que el tiempo había quebrado sin compasión.

A su alrededor, el aire olía a sudor, a humo y a destino cumplido. Pero en el pasillo, el tiempo no corrió con la misma prisa que en el resto del castillo.

Elswyth no se movió al principio.

No habló.

No supo cómo hacerlo.

Su cuerpo, aún aturdido por el golpe, se mantenía consciente solo por la necesidad de entender lo que sus ojos acababan de ver. La daga… la daga que ella había dejado caer estaba ahora incrustada en Morcar. Pero no era posible. No tenía sentido. No había nadie más en el pasillo.

Salvo esa figura, apenas incorporándose, con la piel lívida y los labios manchados de sangre, como si de verdad fuese…

—Wulfric… —susurró.

El sonido escapó de su boca como una oración olvidada, como el nombre de un dios al que uno ya no se atreve a rezar.

El muchacho, con una mano en el costado herido y la otra en el suelo, alzó la vista con lentitud. Sus ojos, por años apagados por el velo de la mentira, volvían a brillar, aunque empañados por la fiebre, el dolor… y el reconocimiento.

—¿Els…? —dijo—. ¿Els… wy…?

No pudo terminar. Su voz se quebró, y en ese instante ya no fueron enemigos, ni extraños, ni piezas de una guerra mayor.

Fueron niños.

Otra vez.

En un pasillo de piedra.

Donde el mundo había querido hacerles olvidar lo que eran.

Ella se arrastró hacia él, sin elegancia, sin fuerza, como si cada movimiento fuese un esfuerzo titánico. Su vestido estaba rasgado, el hombro sangraba, el rostro cubierto de polvo. Pero no le importaba. No había dolor que pudiera competir con la marea que ahora la arrastraba desde dentro.

Se arrodilló frente a él.

Y por un segundo, ninguno dijo nada.

Solo respiraron.

Solo se miraron.

Solo se recordaron.

Elswyth alzó una mano temblorosa y la llevó a la mejilla de su hermano. La piel era áspera, las facciones cambiadas por los años, por la vida encerrado, por la guerra que no pidió vivir. Pero los ojos… los ojos eran los mismos.

—Te perdí… —murmuró ella—. Pero nunca dejé de quererte.

Wulfric bajó la mirada, apretó los labios y tragó saliva con dificultad. Una lágrima solitaria cruzó su mejilla, y sus manos, ensangrentadas, buscaron las de ella como si temiera que se desvaneciera.

—No sabía quién era —dijo con voz baja, quebrada, como si cada palabra fuera una piedra levantada desde lo más profundo—. Soñaba contigo, pero no sabía que eras tú. Solo… solo recordaba tus manos. Tu voz. Una cicatriz.

Pero no tenía nombre.

No tenía historia.

Ella lloraba. No con llanto ruidoso, sino con ese temblor en el pecho que desborda por los ojos, con los labios abiertos y el alma al descubierto. Le apretó las manos con fuerza, como si temiera que otra vez, por cualquier descuido del mundo, pudiera perderlo.

—No importa —dijo—. Ya estás aquí. Ya te encontré.

Wulfric cerró los ojos por un instante, y cuando los abrió, todo lo que había sido duda… se volvió certeza. La rabia, la confusión, la obediencia ciega, el disfraz impuesto… todo se desmoronó, y lo único que quedó fue la verdad: que su nombre no era Alaric.

Era Wulfric.

Y que su mundo entero cabía en los ojos de esa muchacha frente a él.

La abrazó.

Sin fuerza.

Sin dramatismo.

Como se abrazan los que regresan del abismo.

Y ella, al sentir sus brazos alrededor, imaginó que la historia, por muy rota que estuviera, quizás podía recomenzar.

A lo lejos, en los patios, el estruendo continuaba.

Las puertas caían.

Los estandartes eran rasgados.

El pueblo se abría paso por los corredores del poder.

La piedra temblaba con cada paso.

Pero en aquel rincón, apartado de todo, donde el odio se había alzado con forma de espada, una hermana y un hermano se reencontraban.

El calor se iba de su cuerpo con una lentitud cruel, como si la vida se resistiera a abandonar del todo aquella piel, como si aún no aceptara que el tiempo, esta vez, no bastaría.

El costado de Wulfric sangraba sin pausa, oscuro y espeso, empapando la tela, tiñendo el suelo de piedra, abriéndose como un charco sin fondo bajo su espalda.

Elswyth apretaba la herida con ambas manos, temblorosas, desesperadas, como si el calor de sus palmas pudiera cerrar aquello que ya se había abierto para siempre.

—No, no… no te vayas… —susurraba una y otra vez, con la voz rota, apenas audible, como quien habla para sí, como quien reza a un dios que ya no escucha—. No ahora. No después de todo. No ahora que te tengo…

Wulfric abría los ojos con dificultad. Las pupilas se contraían, buscándola. No parecía sentir el dolor.

Parecía… tener miedo.

No del fin.

Sino de dejarla sola.