La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El asalto al castillo #4
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El asalto al castillo #4

—Estoy… aquí… —murmuró con un hilo de voz, tan leve que Elswyth tuvo que inclinarse hasta tocar su frente con la suya para oírlo—. Els… wy… th…

Las manos no le servían.

Nadie le había enseñado eso. Le habían enseñado a lanzar, a girar la muñeca, a medir la distancia. Tres años tirándole a un tocón al amanecer, con frío y sin frío, para no fallar.

Y no había fallado.

La sangre estaba caliente y salía con un ritmo, con el ritmo de él, y se le metía por entre los dedos hiciera lo que hiciera. Las mismas manos que no habían sabido sujetarlo la primera vez tampoco sabían ahora.

Se arrancó una tira de la falda, la hizo una bola, la apretó contra el costado. La tela se bebió lo suyo.

Y siguió saliendo.

—Shhh… no hables… —decía, mientras le acariciaba el cabello sucio, mientras pasaba los dedos por su mejilla empapada, mientras colocaba su cabeza en su regazo como cuando eran niños y ella le susurraba historias para que durmiera—.

No pasa nada. Estoy contigo. Te tengo. Estás a salvo. Todo va a ir bien…

Pero su voz se quebraba más con cada palabra.

Porque ya sabía que no era verdad.

Los dedos de Wulfric se enredaron torpemente en los suyos, buscando aún un último gesto de amor.

—Els… tú me… cuidaste…

siempre…

antes…

y ahora… también…

—Y lo haré siempre —respondió ella con una sonrisa rota, tan deshecha que dolía mirarla—. Siempre, ¿me oyes? No me importa cómo, pero no pienso dejarte ir. No después de encontrarte. No después de todo esto…

Pero sus ojos, ahora tan abiertos como el cielo antes de una tormenta, empezaron a perder brillo.

—¿Te acuerdas… del tronco? —murmuró él—. El escondite… la comadreja…

me hiciste reír…

siempre me hacías reír…

Elswyth no pudo seguir hablando.

Solo apretó su mano contra su pecho.

Solo besó su frente una, dos, tres veces.

Solo lo sostuvo.

Lo sostuvo como si el mundo fuera a deshacerse si lo soltaba.

—Wulfric… —susurró—. Quédate. Por favor… quédate…

Pero su cuerpo, cada vez más liviano, cada vez más frío, ya no respondía.

Su respiración, que antes era un jadeo irregular, ahora era solo silencio.

Un suspiro largo.

Un parpadeo incompleto.

Y luego… nada.

Nada.

No estaba sola.

Aethelwyn había cruzado los veinte pasos.

Los había cruzado cuando Morcar salió del humo, sin decidirlo, sin sentir el suelo, y había llegado a tiempo de una sola cosa: de recogerlos.

Llevaba todo aquel final arrodillada detrás de su hija, sosteniéndolos a los dos, a la que temblaba y al que se iba.

Había oído la voz de su hijo por primera vez en cinco años. No era la voz que ella guardaba: era una voz nueva, grave, de hombre empezado, diciendo cosas de niño. El tronco. El escondite. Me hacías reír. Cinco años pidiéndole a Dios y al agua, a los dos, por si acaso, oírlo una vez más.

Y se lo concedían así.

No dijo nada en todo el tiempo. Lo que estaba pasando en aquel trozo de suelo era de los dos, de los dos solos, como fue de los dos solos el juego, y el bosque, y el río. Ella sujetó, que es lo que le tocaba.

Y cuando ya no hubo nada que sujetar, las dos mujeres se quedaron quietas sobre el muchacho muerto, una a cada lado de aquel silencio, y levantaron la cara, y se miraron.

La madre miró a la hija que lo había herido sin saber. La hija miró a la madre que lo había sabido medio segundo tarde. Ninguna dijo nada. No hizo falta y no hubo con qué.

Todavía no sabían que aquella mirada era una firma.

Después, en algún sitio por debajo de ellas, la noche empezó a subir: voces, hierro, la victoria buscando a sus vivos.

Y Aethelwyn hizo lo más difícil que hizo en toda aquella noche: le puso un momento la mano en la nuca a su hija, se levantó, y se metió en lo oscuro de un vano de la piedra, donde el resplandor no llegaba.

A su hijo iba a llorarlo como le iba a tocar llorarlo ya para siempre.

De prestado. De lejos. De nadie.

Elswyth no gritó.

No hizo ruido.

No se derrumbó.

Solo se quedó allí, en el suelo, con el cuerpo sin vida de su hermano entre los brazos, como una madre que no quiere aceptar que su hijo ha dejado de respirar, como una niña que no quiere soltar el último trozo de infancia que le queda.

El castillo ardía en otras alas.

La resistencia avanzaba.

Los muros caían.

Las puertas cedían.

Y entonces, una ráfaga de pasos, jadeos, voces.

Reddan fue el primero en doblar la esquina.

Le siguieron Elnric, y otros rostros tiznados de humo, sudor y sangre.

Entraron en el corredor, preparados para un enfrentamiento, con las armas alzadas, los cuerpos tensos.

Y entonces la vieron.

Elswyth.

En el suelo.

En silencio.

Con el cuerpo de Wulfric en brazos.

Rota.

No dijeron nada.

Nadie lo hizo.

El mundo pareció detenerse.

El fuego crepitaba lejos.

El humo subía.

Y todo… todo se redujo a una imagen que ninguno de ellos pudo olvidar jamás.

Una muchacha, con el rostro empapado en sudor y la sangre de su hermano, la mirada perdida, acariciando el cabello de su hermano muerto, como si con cada caricia pudiera peinar el tiempo hacia atrás y revivir lo que ya no volvería.

Y los hombres se detuvieron.

Y las armas cayeron.

Y en aquel pasillo, incluso los vencedores, se sintieron derrotados.