La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Una vida cambió la historia
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Una vida cambió la historia

Capítulo XIX

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Lo lavaron de noche, en la capilla mayor, con agua del aljibe por el que habían entrado a tomar el castillo.

Elswyth no dejó que lo hiciera nadie más.

Despidió al capellán con un gesto, y a las mujeres que habían venido con paños y con aceite, y a Reddan, que se quedó en la puerta y no se atrevió a insistir.

Cerró. Y se quedó sola con él, en aquel silencio de piedra que olía a cera vieja y a humo de la ciudad que todavía ardía por el lado del arrabal.

Le quitó la cota. Le quitó la camisa empapada. Le lavó la sangre del pecho, la de la herida que ella le había hecho, con un paño que escurría rojo en el barreño una y otra vez, y le lavó la cara, y el pelo, y las manos, que eran manos de hombre y tenían las uñas partidas de agarrar el acero.

En el hombro derecho tenía una marca vieja, blanca, de cuando se es niño y se cae de un roble.

Ella se la conocía. Ella estaba allí cuando se cayó.

El agua se le enfriaba en las manos y ella seguía, despacio, sin llorar, con esa concentración terrible de quien hace por última vez algo que ya no servirá para nada.

Le peinó el pelo hacia atrás con los dedos mojados.

Le cerró bien los párpados, que se le habían quedado a medias. Le colocó los brazos.

Y cuando terminó, cuando ya no quedaba nada más que hacerle, se sentó en el suelo de losas frías, con la espalda contra el banco, y le puso la mano en el pecho quieto, y dijo su nombre.

Lo dijo bajo, en voz de aldea, con el acento del río, como se lo decía cuando lo llamaba para cenar.

—Wulfric.

Y otra vez.

—Wulfric.

Nadie la oyó. En toda la capilla no había más que él, y él ya no oía.

«Cinco años llamándote a gritos por un río, y solo puedo decírtelo cuando ya no puedes contestar.»

Y luego le dijo lo otro. Lo que llevaba guardado desde un claro con virutas de madera, desde una tarde en que un crío le preguntó, sin levantar la cabeza de lo que tallaba, si lo buscaría si se perdía de verdad.

—Fui al fin del mundo —le dijo—. Como te prometí.

Le apartó un mechón de la frente, que ya se estaba secando.

—Lo que pasa es que el fin del mundo estaba aquí al lado.

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Al alba subieron a buscarla.

Vinieron Elnric y Reddan, con el humo todavía en la ropa. Y su madre. Aethelwyn entró la última y se quedó junto a la puerta, sin acercarse al cuerpo, con las manos cruzadas por delante y los ojos secos.

Ceolwine no llegó a tiempo.

Había salido de su casa al amanecer, en cuanto le llegó la noticia, y cruzó media ciudad con su bastón y sus setenta y tantos años por unas calles llenas de escombro caliente.

Tardó lo que tarda un viejo en cruzar una ciudad que ha ardido.

Y cuando por fin empujó la puerta de la capilla, jadeando, con la gorra en la mano, ya no había nadie discutiendo nada.

Lo que oyó fue el final. Lo que le dijeron fue lo que se le dijo a todo el mundo.

Y él, que llevaba cincuenta años anotando en aquel castillo quién nacía y quién moría y con qué nombre, se sentó despacio en el primer banco, miró al muchacho lavado y peinado sobre la losa, y no entendió por qué a la hija de la mujer de Caerwyc se le había puesto aquella cara.

Lo anotó todo aquella tarde, con su letra menuda.

Anotó lo que le contaron.

Y se murió creyéndolo.

Elnric no era hombre de rodeos, y aquella mañana menos.

—Hay que enterrarlo hoy —dijo—. Antes de mediodía. La ciudad lleva toda la noche en la plaza y no se va a mover hasta que sepa a quién ha perdido.

—Ya sabe a quién ha perdido —dijo Reddan—. Al heredero. A Alaric. Salió del pasillo la voz de que fue él quien mató a Morcar, y a estas horas no hay taberna en Dunheath donde no se cuente.

Elswyth levantó la cabeza.

—No se llamaba Alaric.

Se hizo un silencio de esos que se notan en los dientes.

—No era Alaric —dijo—. El heredero de esta casa lleva cinco años muerto.

Se ahogó de niño en el río con sus padres y no lo encontró nadie.

—Le tembló la voz por primera vez, una sola vez—.

Y a este lo sacó Morcar del agua y le puso el nombre del muerto encima como se le pone una capa a un perro.

Lo tuvo cinco años en su casa, sin memoria, aprendiendo a ser otro.

Y anoche, en ese pasillo, cuando le clavé la daga, se acordó de quién era. Se acordó, y me salvó, y se murió.

Nadie dijo nada durante mucho rato.

Elnric miró a Reddan. Reddan miró al suelo.

—¿Y quién era? —preguntó Elnric al fin.

Elswyth abrió la boca.

Y su madre, desde la puerta, dijo:

—Un niño de una aldea del río.

Lo dijo sin levantar la voz, sin moverse, y lo dijo antes de que su hija pudiera decir otra cosa, y Elswyth cerró la boca despacio y comprendió, con un frío que le bajó por la espalda, que su madre llevaba toda la noche pensando en esto.

—¿Y cómo se llamaba? —dijo Reddan.

—Eso da igual ya —dijo Aethelwyn.

Y ahí se acabó la pregunta, porque hay maneras de contestar que cierran las cosas, y aquella mujer tenía una.

Elnric fue el primero en recomponerse. Era un hombre bueno y por eso mismo tuvo que ser cruel, e hizo la única pregunta que había que hacer.

—¿Y quién gobierna Dunheath a mediodía?

Elswyth lo miró sin entender.

—Piénsalo —dijo él, y no había triunfo en su voz, solo cansancio—.

Si sales ahí fuera y dices eso, ¿qué has dicho?

Has dicho que el heredero de esta casa lleva cinco años muerto.

Que Edric y Aethelind no dejaron descendencia.

Que el señorío de Dunheath está vacante.

—Se le puso la voz muy baja—. ¿Y quién manda sobre un señorío vacante, muchacha?

Belcliff. La Marca. Al día siguiente tenemos aquí a sus alguaciles contando nuestro grano y a su guarnición durmiendo en nuestro castillo, y esta vez con toda la ley del mundo de su parte, y sin ningún Morcar a quien echarle la culpa.

—Hemos quemado media ciudad esta noche —dijo Reddan, ronco—. Ha muerto Caelin. Por una ciudad libre.

—Que dejaría de serlo antes del deshielo —dijo Elnric.

Elswyth se puso de pie. Estaba temblando, y no de frío.

—Me estás pidiendo que lo entierre con el nombre del hombre que lo robó.

—Te estoy pidiendo —dijo Elnric— que no le regales a Belcliff lo que Morcar no consiguió en cinco años.

—¡Era un niño de una aldea! —Y ahí sí gritó, y el grito rebotó en la piedra y volvió—. ¡No tuvo nada! ¡No tuvo su casa, no tuvo a su madre, no tuvo su nombre! ¡Le quitaron hasta lo que se acordaba! ¡Y ahora tampoco puede tener su tumba! ¿Qué le queda? Decidme qué le queda.

—Le queda lo que hizo —dijo Aethelwyn.

Fue lo primero que dijo en toda la mañana, y lo dijo desde la puerta, sin moverse, con esa voz de aldea que no sube nunca y que por eso se oye siempre.

Elswyth se volvió hacia su madre.

—¿Tú también?

Aethelwyn esperó a que salieran.

Elnric lo entendió antes que nadie —era un hombre bueno— y se llevó a Reddan del brazo, y cerraron la puerta al salir, y madre e hija se quedaron solas con el cuerpo.

Solo entonces Aethelwyn cruzó la capilla.

Se acercó a él. Le miró la cara —esa cara que ella había reconocido un latido antes que nadie, en el pasillo, por un gesto de los hombros que no se aprende—, y le puso la mano en la frente, y no lloró, porque hacía cinco años que había llorado a ese hijo y ya sabía que las lágrimas no lo devolvían.

—Hija —dijo—, escúchame bien, porque esto no te lo voy a decir dos veces.

—Le tembló apenas la barbilla—. Si sales ahí fuera y dices su nombre, ¿sabes en qué lo conviertes a partir de mañana?

En el impostor. En el muñeco del tirano.

En el falso. La gente no se acordará de que murió liberándolos: se acordará de que los engañó cinco años.

Le escupirán la piedra. —Tragó—. Ahora mismo, ahí fuera, hay una ciudad entera dispuesta a llorarlo como a un héroe y a enseñarles ese nombre a sus hijos.

Le dan lo único que nadie le dio nunca, Elswyth.

Le dan un sitio. Y tú se lo quieres quitar para que en la piedra ponga la verdad.

—Es que es la verdad —dijo Elswyth, y le salió muy pequeña.

—Sí —dijo su madre—. Y la verdad no lo va a abrigar.

Aethelwyn se apartó entonces del cuerpo y fue hasta la puerta, donde había dejado un fardo al entrar. Nadie le había preguntado qué era. Lo trajo, lo puso en el banco y lo desató con esas manos suyas que no se daban prisa nunca.

Era la manta.

La buena. La de lana de invierno, la que tapaba a dos. La que ella misma había tejido cuando aún tenía cuatro personas a las que tapar.

Elswyth se quedó sin aire.

—Mamá…

Aethelwyn no contestó. Desdobló la manta entera, la sacudió una vez, y la extendió sobre su hijo desde los pies hasta el pecho, y le remetió el borde por debajo de los hombros con dos gestos exactos: los mismos con que se arropa a un crío que ya se ha dormido y no tiene que enterarse.

Y Elswyth, mirando aquella lana, se acordó.

Una puerta al anochecer. Tres mujeres pidiendo para el niño del castillo. Su madre doblando la manta, y sus propias manos de trece años quitándosela, delante de todas, y su propia voz diciendo la frase entera, que en tres años no se había gastado, porque las frases así no se gastan.

De aquí no sale nada para ese.

«Tenía frío en un castillo lleno de mantas. Y yo le negué la nuestra.»

No dijo nada. No había nada que decir.

Aethelwyn terminó de arroparlo, dejó la mano un momento sobre la lana, encima del pecho quieto, y se enderezó.

—Ahora ya ha salido —dijo.

No explicó qué, ni de dónde, ni para quién.

Y ninguna de las dos volvió a hablar de aquella manta en lo que les quedaba de vida.

«Lo maté sin conocerlo. Y ahora tengo que enterrarlo sin nombrarlo. Y las dos cosas las voy a tener que hacer yo.»

Elswyth miró el cuerpo largo rato.

Luego dijo, con una voz que no era la suya:

—Entonces lo entierro yo. Yo lo bajo. Yo lo tapo. Y yo hablo.

Y salió de la capilla sin mirar a nadie.

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El día amaneció sin urgencia alguna, como si el mismo cielo se negara a empujar al mundo hacia delante, como si supiera que habría un nombre menos bajo su luz.