La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El asalto al castillo
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El asalto al castillo

Capítulo XVIII

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El castillo de Dunheath, recortado contra el cielo como un puño de piedra cerrado sobre la cima, llevaba años erguido en la misma forma, con sus almenas austeras, su torre cuadrada, sus muros tan gruesos que el tiempo parecía deslizarse por ellos sin dejar rastro.

Allí donde el mar empujaba el aire entre riscos, y donde las colinas parecían inclinarse en silencio ante su presencia, la fortaleza era más que un edificio: era un símbolo, un cerco sobre la historia del pueblo, una promesa de protección para unos, de dominio para otros.

Y, sin embargo, aquella noche, algo se percibía distinto.

No eran los muros los que cambiaban, sino el aire entre ellos.

En las cocinas, el último fuego del día se consumía con lentitud. El brasero mayor, donde hervían los caldos para los sirvientes, apenas chisporroteaba bajo una marmita olvidada.

Una criada vieja, casi sin dientes y con los tobillos vendados, fregaba los restos de grasa en una cubeta de madera, murmurando palabras inaudibles como si conjurara el cansancio.

Una niña de trenzas deshechas barría con desgana las migas de pan seco que el mayordomo había despreciado horas antes.

El olor era una mezcla densa de cebolla vieja, ceniza húmeda y sangre de ave mal lavada. Nadie hablaba mucho. Nadie sonreía.

En los pasillos, los pasos resonaban con ese eco hueco que solo se da en las construcciones que fueron pensadas para el silencio.

Los soldados de guardia cruzaban las galerías con los hombros bajos, las lanzas apenas sujetas, bostezando tras cada columna.

El turno de la noche era el más relajado: sabían que Morcar dormía mal, pero no solía salir de sus habitaciones salvo para mirar por las ventanas de la torre, como un cuervo que observa desde lo alto sin intervenir.

Los guardias hablaban poco entre ellos. Algunos decían que en el ala oeste había corrientes nuevas, aire raro, puertas que crujían sin haber sido tocadas.

Supersticiones, según los capitanes. O ratas. O viejas grietas.

Pero nadie se ofrecía a comprobarlo.

Morcar, mientras tanto, no dormía.

En la sala de mapas de su torre privada, con las ventanas cubiertas por cortinas pesadas y los candelabros ardiendo hasta el último trozo de sebo, observaba en silencio el tablero de madera que representaba Dunheath.

Un tablero que, hacía años, su hermano —aquel que murió de fiebre sin ver su plan cumplido— había mandado tallar.

En él, los barrios estaban grabados con precisión minuciosa, las calles en relieve, los puntos estratégicos marcados con pequeñas clavijas de hierro.

Morcar movía una.

Solo una.

Cada noche.

En la galería alta, con la vista sobre los tejados de pizarra del ala norte, Alaric caminaba solo.

Había perdido la cuenta de cuántas veces había hecho ese recorrido. Desde la sala del vestíbulo al ventanal del observatorio, desde la biblioteca vacía al viejo salón donde los retratos de sus supuestos padres colgaban aún en la penumbra, como testigos sin lengua.

Se detenía a veces frente a uno de ellos.

El de Aethelind.

Una mirada que parecía vivir más que todos los que habitaban ese castillo.

—¿Quién eras…? —susurró.

El eco le respondió con su propia voz.

No sabía qué buscaba en aquellas noches.

Tal vez el recuerdo que no tenía, o el sentido que no encontraba.

Desde hacía un tiempo, soñaba con el agua.

Con una corriente violenta. Con gritos. Con una niña —mayor que él— que le tendía una mano y luego desaparecía.

Despertaba con el pecho agitado, con la garganta seca, y con una sospecha: ese niño que llamaban Alaric no era él. No del todo.

Y, sin embargo, había aprendido a serlo.

A comportarse como quien no recuerda, pero debe representar.

A caminar como noble.

A callar como sombra.

A obedecer como piedra.

Aquella noche, al volver a su habitación, sintió algo.

Un estremecimiento.

Un murmullo en el aire.

Como si la piedra se hubiese rendido y comenzara a escuchar.

La noche había descendido sobre Dunheath con una calma engañosa, como si el mundo entero, extenuado por su propia rutina, se hubiese concedido una tregua para dormir sin miedo.

Las calles estaban vacías. Las puertas cerradas.

Las antorchas del castillo oscilaban en sus soportes de hierro sin viento que las provocase. Todo parecía… igual.

Y, sin embargo, bajo los adoquines húmedos de la ladera sur, justo al pie del molino viejo, algo se movía.

Una losa rectangular, cubierta de musgo y raíces secas, fue retirada con sigilo, revelando una abertura negra como el fondo de un pozo. De ella surgió primero una cuerda, luego una mano enguantada, y finalmente, un rostro tenso, enmarcado por el cabello oscuro pegado a la frente por el sudor.

Elswyth subió sin titubeo, con la respiración contenida y los ojos alerta.

Tras ella, uno a uno, Elnric, Reddan, Caelin y otros cuatro fueron emergiendo del pasaje subterráneo como si el mismo vientre de la tierra les hubiese vomitado al mundo.

El aire de la noche estaba cargado, no de brisa, sino de presagio.

No hablaron.

No era necesario.

Sabían exactamente qué hacer.

Habían repasado el plan decenas de veces: los puntos ciegos, los turnos de vigilancia, la ruta más corta hacia las cocinas, la señal de retirada si algo salía mal. Cada uno sabía dónde debía estar, qué debía hacer, a quién debía proteger y a quién debía eliminar.

Elswyth levantó un puño cerrado. Los demás se detuvieron.

Frente a ellos, el pequeño portón de acceso al ala norte, apenas custodiado por un solo soldado somnoliento, resguardado del frío en un cobertizo de piedra. Un guardia que bostezaba, apoyado contra su lanza, sin sospechar que la noche sería la última que recordaría.

Caelin se adelantó como una sombra.

Un zumbido.

Un corte seco.

Y el silencio… volvió a instalarse.

Pero ya no era paz.

Era la antesala del estallido.

Entraron.

La piedra del castillo estaba más fría que nunca.

El pasillo olía a aceite rancio y pan viejo.

A lo lejos, resonaban pasos. Uno, dos… turno de ronda.

El grupo se dispersó como sangre derramada: tres hacia la torre de los suministros, dos hacia la sala de armas, Elswyth y Reddan hacia el patio interno.

El tiempo ya no era tiempo.

Era respiración contenida, filo de cuchillo, decisión.

En la galería del ala este, los primeros gritos estallaron como si alguien hubiese abierto de golpe las puertas del infierno.

Un guardia cayó rodando por las escaleras, su cabeza golpeando los peldaños en sordina.

Otro se defendió más tiempo, pero su brazo herido bastó para que Elnric lo abatiera de un tajo.

Los corredores, antes inofensivos, se convirtieron en arterias de violencia contenida.

Y la sangre, finalmente, comenzó a correr.

Elswyth giró la cabeza tras oír una alarma.

Aún no el cuerno.

Aún no la llamada general.

Pero ya no había marcha atrás.

Y en lo alto de la torre, entre las sombras del despacho de Morcar, una silueta se incorporaba de su asiento.

Alguien había osado desafiar su fortaleza.

Las alarmas ya no eran rumores lejanos. Eran gritos.

Eran el repique de metal contra metal.

El silbido de flechas que pasaban tan cerca que parecía que cortaban el alma.

El castillo, por siglos inmutable, comenzó a despertar como una bestia herida. Las galerías se llenaban de ecos rotos, de pasos apresurados, de estandartes caídos sobre la piedra. La resistencia había entrado con el silencio, pero ahora era ruido, era sangre, era fuego.

Elswyth no dudaba.

Cada rincón por el que pasaba era un recuerdo futuro.

Cada enemigo abatido, un eslabón menos en la cadena que había ahogado a su pueblo durante años.

En una escalinata lateral, Caelin cayó, herido por una lanza que atravesó su costado.

Rodó por los peldaños con los ojos abiertos, sin un quejido.

Reddan lo recogió, no para salvarlo —ya era tarde—, sino para evitar que lo pisaran.

Se quedó unos segundos junto a él, luego se levantó con el rostro cubierto de ceniza y volvió a la lucha.

—¡No os detengáis! —gritó Elnric, empapado en sudor—. ¡El salón central está cerca!

Las puertas dobles que daban acceso al corazón del castillo estaban entreabiertas.

Dentro, el gran salón lucía como si aún esperase una cena que nunca se serviría.

Los tapices se mecían con la corriente de aire que entraba por las ventanas rotas.

Sobre la mesa de piedra, aún quedaban copas y pan endurecido.

Y en la galería alta, una figura los observaba.

Morcar.

No llevaba su túnica de ceremonia. No vestía como un noble. Llevaba una cota de malla y una espada al cinto. Y en su rostro, lo que antes fue astucia, ahora era solo ira.

No gritó.

No huyó.

—¡Alaric! —tronó su voz desde lo alto—. ¡Es hora de que tomes tu lugar!

Pero el joven no respondió.

Aún no.

Elswyth subió por la escalera lateral del ala este, donde los ecos eran más apagados, donde las sombras eran más profundas. Llevaba su daga en una mano y una antorcha encendida en la otra. No tenía miedo. Lo había dejado atrás, entre los nombres que había perdido.

Pasó junto a un guardia herido que apenas la miró. Lo había visto en el mercado hacía años. Ahora yacía contra la pared, con los labios temblando. No lo remató. No hacía falta.

Giró por el corredor superior, el que conectaba las cámaras privadas con la biblioteca alta. Allí —sabía— se encontraría con él.

Al joven que había mirado desde un caballo.

Al que había visto firmar los decretos que expulsaban familias.

Al que… por alguna razón que no sabía explicar… no podía odiar del todo.

Y entonces, al fondo del pasillo, una figura solitaria.

Esperándola.

Alaric.

O eso creía.

Pero no sabía que, al encontrarse, no se enfrentarían dos enemigos. Sino dos mitades de una historia incompleta.

Y el siguiente golpe… no sería con acero. Sería con memoria.