La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El murmullo silencioso #2
82%

El murmullo silencioso #2

Hubo una noche en la que el viento soplaba desde el este con una cadencia irregular, como si la ciudad respirara mal, como si cada bocanada de aire fuera un esfuerzo costoso.

Dunheath, con sus murallas oscuras y sus torres orgullosas, parecía resistirse a sí misma, como si los cimientos supieran que lo que alguna vez fue sólido, ahora se resquebrajaba poco a poco bajo el peso de una verdad largamente callada.

Desde la carbonera vieja, donde semanas antes había tenido lugar la primera chispa de lo que ahora era algo más que un anhelo, el grupo de resistencia había comenzado a crecer no tanto en número, sino en estructura, en inteligencia, en convicción.

No eran muchos, ni poderosos, ni armados como un ejército, pero tenían lo que a veces basta para torcer el destino: una causa común, una memoria dolorosa y el compromiso de no mirar atrás.

La noche en la que decidieron empezar a organizar el asalto al castillo, no hubo discursos, ni promesas rimbombantes, ni manos alzadas hacia el cielo. Hubo, en cambio, una mesa baja, una vela tenue, un puñado de nombres escritos sobre tela vieja, y un silencio lleno de futuro.

—No hay forma de entrar por la puerta principal —dijo Branulf, el curtidor, señalando un croquis rudimentario del castillo trazado sobre un paño de lino con tinta hecha a base de hollín y vinagre—.

El puente levadizo sigue custodiado, y aunque las guardias se han relajado estos últimos meses, siguen contando hombres por la mañana y por la noche. Si falta uno, suena el cuerno.

—Entonces no entraremos por ahí —replicó Elswyth, sin levantar la voz—. La entrada será por abajo. Por las viejas cloacas. Las que usaban para verter las aguas residuales al río. Nadie ha hablado de ellas en años, pero aún siguen ahí. Lo sé porque Ead… porque alguien me lo contó hace tiempo.

La pausa fue breve. Nadie preguntó más.

Habían pasado cuatro meses desde el incendio y en aquella carbonera todo el mundo sabía por qué aquella muchacha no podía terminar ese nombre.

Y todo el mundo sabía también que el viejo se había pasado cuatro años bajando a arreglarles los herrajes a los del castillo, y entrando y saliendo por donde entran y salen los que trabajan, que es por abajo y por detrás, y que un herrero ve una ciudad de una manera que no la ve nadie: por sus goznes, por sus rejas, por sus cerraduras.

Eadric el Tuerto llevaba enterrado cuatro meses.

Y les iba a abrir el castillo.

Reddan asintió lentamente. Había traído desde su casa un mapa aún más antiguo, una copia arrugada de los planos del castillo cuando fue ampliado tras la anexión del puerto. Lo extendió sobre la mesa con cuidado reverente, como quien desvela una reliquia.

—Aquí —dijo—. Hay un pasadizo ciego, que conecta las bodegas del castillo con el antiguo aljibe.

El pozo sigue activo. No es profundo. Se puede descender con cuerdas.

De ahí, si lo hemos medido bien, hay apenas diez pasos hasta el túnel que conecta con la vieja cloaca del molino.

Es estrecha, pero no insalvable. Yo mismo pasé por ahí una vez, hace años, cuando aún no nos miraban como ratas.

Elswyth se inclinó sobre el mapa, siguiendo con los dedos las líneas curvas que dibujaban un laberinto bajo la piedra. Su voz fue baja, tensa.

—No todos entraremos. La primera incursión será de unos pocos.

Los demás quedarán en el punto de retirada.

Si logramos alcanzar la bodega y salir por la escalinata interior que va al salón menor, tendremos unos segundos antes de que suene el primer aviso.

Hay turnos de guardias, pero a esas horas el ala norte está más descuidada.

Allí están las cocinas, y a esas horas la servidumbre duerme o limpia los restos del último banquete.

—¿Y si nos descubren? —preguntó uno de los más jóvenes, apenas un muchacho llamado Caelin, cuyo hermano había sido ejecutado por esconder comida para su familia.

—Si nos descubren —dijo Elswyth sin titubeo—, no se acaba el plan. Comienza el verdadero. Entonces tomamos el fuego, tomamos las escaleras, tomamos la plaza central. Los demás vendrán detrás. El pueblo está cansado de agachar la cabeza. Solo espera una señal.

Hubo un silencio. No de duda, sino de aceptación. El tipo de silencio que precede a lo inevitable.

Uno de ellos desenrolló un cinturón de tela, del que colgaban cinco llaves herrumbrosas.

—Son falsas —dijo—. Pero en la oscuridad, una llave no necesita abrir. Solo parecer que puede hacerlo.

Otro trajo las cuerdas.

Otro los mantos.

Otro el cuchillo delgado con mango de hueso.

Otro, una pequeña botella de aceite con extracto de raíz amarga que adormecía a quien la respirara demasiado tiempo.

Todos tenían algo que ofrecer.

Y por primera vez… todos tenían algo que perder.

La reunión se prolongó hasta que la vela se consumió casi por completo.

Cuando Elswyth enrolló el paño con los mapas y lo ató con una cuerda fina, sus manos no temblaban. Pero sus ojos, aunque firmes, cargaban el peso de todos los rostros que habían enterrado.

—No quiero venganza —dijo, al final—. Quiero que no vuelva a pasar.

Quiero que un niño que hoy llora su pan pueda reír sin que le rompan los dientes.

Quiero que las casas ardan por dentro con fuego de cocina, no con odio.

Quiero que Dunheath recuerde a Aethelind y Edric no por sus tumbas, sino por lo que inspiraron.

Y quiero que el nombre del heredero vuelva a significar algo.

Aunque tenga que derrumbar el castillo para que así sea.

Nadie aplaudió.

Nadie gritó.

Pero todos, esa noche, al salir por puertas distintas y fundirse en la oscuridad de las callejuelas mojadas, sabían que ya no eran pocos.

Eran muchos.

Eran pueblo.

Y estaban listos.