La Daga y el Río (La Daga y el Río 1)
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El juego
Capítulo I
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El bosque no empezaba en los árboles.
Empezaba antes. En el momento en que se cruzaba el viejo cercado de estacas torcidas, allí donde las zarzas comenzaban a peinar las pantorrillas y los arbustos hablaban con la voz baja del viento.
El sendero era estrecho, húmedo, marcado por los pasos repetidos de generaciones de pastores, recolectoras y niños como ella, que conocían cada raíz como si fueran venas del mundo.
Aquel lugar no tenía nombre. Al menos, no uno que se dijera en voz alta. Los más viejos lo llamaban «el bosque viejo», como si los demás fueran jóvenes y obedientes, y este, en cambio, hubiera visto cosas que ningún ser humano debería recordar.
Elswyth, de once inviernos, ya sabía moverse entre aquellos troncos sin romper una rama. Había aprendido a respirar con la boca cerrada para que el vaho no la delatara, a hundir las rodillas en el suelo justo entre las raíces, donde el barro estaba más frío, pero también más silencioso.
Esa mañana, los rayos del sol apenas tocaban el suelo, tamizados por la niebla que seguía colgada entre los árboles como un velo de lino desgastado. El olor a corteza, savia y hojas mojadas la envolvía como una manta antigua.
«El miedo se aprende jugando,» pensó, mientras su pecho subía y bajaba con lentitud calculada.
«Y yo ya he aprendido mucho.»
Estaba escondida detrás de un tronco caído, uno tan grueso que ni su padre podría haberlo rodeado con los brazos.
La corteza estaba resquebrajada y cubierta de un musgo esponjoso que le dejaba los dedos verdes.
Entre sus grietas crecían pequeños hongos con forma de oreja y telarañas casi invisibles.
Elswyth no se movía. Ni un centímetro. Cada músculo estaba en su sitio, tenso, esperando.
El corazón le latía en la garganta. Podía sentirlo retumbar como un tambor ritual. Y, sin embargo, no tenía miedo verdadero, sino el placer casi sagrado de ser una con el bosque. De estar sola. De saberse invisible.
«Cuando era más pequeña creía que los árboles hablaban entre ellos en una lengua que solo los animales entendían. Ahora ya no lo creo.»
«Ahora sé que solo callan… pero lo ven todo.»
Los pies descalzos de Elswyth estaban manchados de barro. Sus rodillas, cubiertas por la falda de lana remendada que le había cosido su madre, se habían humedecido, y sentía el agua colarse lentamente hasta la piel. No le importaba. Era parte del juego. Parte del rito.
Desde su escondite, apenas podía ver el claro que se abría unos pasos más allá.
Allí donde en verano crecían la lavanda silvestre y el trébol, asomaban ahora los primeros brotes de ortiga entre la hojarasca parda del invierno, tiernos y descarados, empujando lo muerto para hacerse sitio.
La quietud solo la rompía el canto ocasional de un ave lejana.
Entonces, un crujido.
Su cuerpo se tensó como el arco de un cazador. No giró la cabeza. No se permitió mirar. Aprendió que los sonidos eran más claros cuando uno no les daba atención. Que la escucha verdadera no necesitaba ojos.
Otro crujido. Esta vez más seco. Acompañado de un resoplido.
Wulfric. Sabía que era él. Su hermano no sabía moverse sin parecer un ternero suelto. Aunque lo intentara —y últimamente lo intentaba mucho—, siempre terminaba rompiendo una rama, pisando un charco, asustando a una alondra.
«Siempre cree que me tiene, y siempre llega tarde,» pensó, con una sonrisa oculta tras su mandíbula apretada.
El juego del escondite era algo más que una distracción.
Era una forma de vivir, de entrenarse para un mundo que les llegaría tarde o temprano.
Así lo creía ella, aunque nunca lo hubiera dicho.
Los adultos hablaban de guerra, pero sin decir la palabra.
Hablaban de cosechas malas, de viajeros extraños, de impuestos que pesaban más que el grano.
A veces se oía llorar a alguna mujer detrás de una puerta de madera.
O se veía a los hombres reunidos bajo el roble del centro de la aldea, con los brazos cruzados y la mirada clavada en la nada.
Pero a los niños no se les decía nada.
Por eso jugaban. Para aprender lo que no les contaban.
«Mi hermano es fuerte. Pero aún cree que todo es un juego. No sabe que todo lo que hacemos es para cuando llegue lo que vendrá.»
Entonces, como un rayo, una figura salió disparada desde los matorrales.
—¡Te encontré, hermana torpe! —gritó Wulfric, con el rostro cubierto de barro y las manos levantadas como si empuñara un arma invisible.
Elswyth reaccionó al instante. Saltó por encima del tronco, esquivó su primer intento de agarre y lo empujó con el hombro como si de verdad fueran enemigos. Wulfric resbaló, cayó de culo entre las hojas, y ambos estallaron en carcajadas.
—¡Tarde, como siempre! —dijo ella, agachándose para lanzarle un puñado de tierra.
—¡No vale, te escabulles como una comadreja del molino! ¡Eso es trampa!
—¡Si fueras más listo no tendrías que gritar tanto!
La frase, dicha entre risas, se clavó en la memoria de Elswyth sin que ella supiera por qué.
Comadreja del molino. Había algo en esas palabras, en cómo sonaban, en cómo se habían enredado con el sol del bosque y el barro en las uñas, que las volvió permanentes.
No era la primera vez que su hermano la llamaba así.
Se lo llamaba desde hacía tres años, desde aquella tarde en el molino que los dos recordaban distinta y que ninguno de los dos contaba igual, y a estas alturas ya no era una pulla: era una manera de decirle que la había visto.
Elswyth no contestó a eso. Nunca contestaba a eso.
Rodaron por el suelo, envueltos en hojarasca y en brotes aplastados. Sus risas eran altas, libres, como el canto de los mirlos cuando cesa la lluvia. Jugaron a la guerra. Luego a ser bestias salvajes. Luego a ser el uno el secuestrador del otro.
Cada juego tenía sus reglas, sus tiempos, sus mentiras.
«Ese fue el último día que jugamos así, sin mirar atrás. Sin miedo. Sin pensar en lo que pasaría mañana.»
«Porque mañana… vendría la señal.»
Elswyth no era una niña común.
Ni siquiera dentro de una aldea donde las niñas de su edad sabían ya cómo ordeñar una cabra mientras cargaban al hermano menor a la espalda.
Ella tenía esa mezcla extraña —y peligrosa— de imaginación y juicio.
Era de esas criaturas que no hablaban mucho, pero que parecían observarlo todo con ojos que veían más allá de lo visible.
A simple vista, parecía una niña pequeña, algo más baja que las demás de su edad, con los hombros delgados y la espalda recta como un junco bien plantado.
Pero había en su forma de moverse algo que no cuadraba con su tamaño: una firmeza, una quietud meditada, como si cada paso que daba hubiese sido ensayado por dentro antes de darse.
No era fuerte en el sentido físico —no podía levantar un saco de grano ni tirar de una cabra obstinada—, pero tenía esa fuerza que no se mide en músculos.
La suya era la fuerza de quien soporta el frío sin quejarse, de quien sabe esperar sin pestañear, de quien puede hacer tres cosas a la vez con las manos mientras la mente viaja por otros mundos.
«Elswyth sabía cuándo mentía un adulto.»
«Sabía cuándo una promesa era una cuerda floja y cuándo un silencio pesaba más que un grito.»
Su madre decía que tenía el don de anticiparse, aunque nunca lo dijo en voz alta.
Las otras mujeres la miraban a veces con recelo, como si intuyeran que aquella niña no crecería para ser como ellas.
No por falta de talento, sino porque había algo en ella que escapaba a lo predecible, como el humo que nunca toma el mismo camino dos veces.
Elswyth pensaba en todo. En las palabras que no se decían.
En los caminos que no se tomaban. En los pequeños gestos que pasaban desapercibidos.
Sabía cuándo un hombre estaba preocupado por el temblor en su mano al levantar el cuenco.
Sabía cuándo una mujer lloraba de noche por la forma en que apartaba la mirada por la mañana.
Y sin embargo, no decía nada. Guardaba todo en ese mundo interior suyo, hecho de raíces, piedras húmedas y viejas historias contadas en susurros.
Era rápida, sí. Tenía una agilidad felina que se manifestaba sobre todo en el juego.
Pero más que rápida, era precisa. Calculadora.
Cuando corría, no era para llegar primero, sino para llegar bien.
Cuando se escondía, no era por miedo a perder, sino porque entendía el arte de desaparecer. Y en ese arte, era una maestra.
Había aprendido a leer el bosque. A leer a las personas. A leer las estaciones.
Y lo hacía con una seriedad extraña para alguien de su edad. Como si entendiera —en lo más hondo— que su lugar en el mundo no era el de una niña esperando instrucciones, sino el de alguien que algún día tendría que tomar decisiones difíciles cuando los demás no supieran qué hacer.
«Nadie le había enseñado a mirar así. Nació con esa mirada. Una que iba más allá del rostro y escarbaba en las intenciones. Una que incomodaba a los mentirosos y calmaba a los animales salvajes.»
Su padre solía bromear que Elswyth sabía cuándo llovería porque los pájaros cambiaban de lugar al verla. Y aunque era solo un dicho, no era del todo falso. Había algo en ella que parecía estar en sintonía con el mundo natural. No lo dominaba, pero lo entendía. Lo escuchaba.
Elswyth no era la líder natural de los otros niños, pero tampoco era la marginada. Estaba al margen por elección. Prefería observar los juegos antes de unirse, como quien estudia una danza antes de bailar. Prefería hablar cuando las palabras tenían sentido, no por llenar el aire.
Y, sobre todo, no olvidaba. Lo que aprendía se le quedaba pegado a la piel. Si alguien la engañaba una vez, no le daba una segunda oportunidad con los mismos trucos. Si alguien necesitaba ayuda, no lo olvidaba jamás.
Tenía esa memoria profunda y silenciosa que no necesita listas ni advertencias. Una memoria emocional.
«Elswyth era pequeña. Pero el mundo ya empezaba a tenerle respeto. El bosque la conocía. Y ella empezaba a conocerse a sí misma.»
Wulfric era como una chispa en el heno.