La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El juego #2
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El juego #2

Impredecible, brillante, y con la capacidad de encender cualquier rincón donde se le dejara entrar.

Con nueve años a cuestas —aunque él insistiera en que ya eran casi diez—, era de esos niños que no caminaban: corrían, saltaban, rodaban, tropezaban, y se volvían a levantar antes de que el polvo les cayera encima.

Tenía el cuerpo flaco y huesudo, con las rodillas siempre raspadas, los codos decorados con costras de guerras infantiles, y las uñas perpetuamente negras de tierra. No por descuido, sino porque el mundo le pertenecía tanto que no quería pasar por él sin dejar marcas en su piel.

Su risa era amplia, abierta, sin defensas. Reía con el cuerpo entero, como si la alegría viniera de un manantial secreto dentro de su pecho que nadie, ni siquiera él, pudiera contener. Hablaba con animales, gritaba a los árboles, nombraba nubes y piedras como si fueran viejos conocidos.

«Mi hermano no entiende el silencio como yo,» pensaba Elswyth a menudo.

«Para él, todo suena. Todo habla. Todo lo llama por su nombre verdadero.»

Era más bajo que otros niños de su edad, pero no parecía notarlo. O, más bien, no le importaba. Wulfric no medía el mundo en alturas, sino en aventuras. Donde otros veían una roca, él veía una atalaya; donde había un charco, él veía un océano; donde un adulto alzaba la voz, él oía un desafío.

Y, sin embargo, no era tonto. Muy lejos de eso.

Wulfric tenía una inteligencia distinta: emocional, instintiva.

No predecía como su hermana, pero sentía.

Sabía cuándo algo iba mal porque se le erizaba la piel.

Sabía cuándo alguien mentía porque le dolía el estómago.

No podía explicarlo, y por eso no hablaba de ello, pero vivía con los sentidos abiertos como un ciervo en campo ajeno.

Había en él una nobleza desordenada. Un sentido del honor que nacía de su inocencia, pero que ya mostraba el germen de una valentía que no dependía de la fuerza.

Era protector. Leal hasta lo imprudente.

Si alguien se burlaba de su hermana, saltaba sin pensar.

Si un animal estaba herido, lo cargaba hasta casa.

Si una anciana dejaba caer un cuenco, era el primero en arrodillarse para recoger los trozos.

«Wulfric aún no sabe cuánto duele el mundo,» decía su madre.

«Pero cuando lo descubra, no dejará que otros lo sufran solos.»

Donde Elswyth era cálculo y observación, Wulfric era impulso y emoción.

Por eso se complementaban como la cuerda y el arco: uno no sirve sin el otro.

Ella lo guiaba sin imponer. Él la protegía sin entender que lo hacía.

Jugaban como iguales, aunque ella supiera más, aunque él quisiera siempre demostrar lo contrario.

Wulfric también sabía esconderse. Pero lo hacía mal.

Siempre demasiado visible, demasiado ruidoso, demasiado ansioso por ser encontrado.

No por torpeza, sino porque no le interesaba realmente la victoria.

Lo que buscaba era el momento de encontrarse con Elswyth al final del juego, cuando los dos reían y el mundo se sentía justo.

Era torpe, sí. Pero en esa torpeza había verdad. Una verdad que muchas veces los adultos ya habían perdido. Era capaz de hacer tres preguntas en un suspiro, y luego quedarse callado contemplando una flor como si fuera la primera que veía en su vida.

Y cuando lloraba —pocas veces, pero profundas— lo hacía como quien se vacía. Sin ocultarlo. Sin retenerlo. Porque aún no había aprendido las máscaras de los mayores. Porque su alma aún no conocía las esquinas.

«Mi hermano es un río joven,» pensaba Elswyth.

«Ruidoso, vivo, impredecible… pero un día arrastrará cosas más grandes que él mismo.»

La aldea de Caerwyc estaba encajada en un pequeño valle verde como un cuenco de esmeralda, tallado entre las colinas por el paso paciente del río.

No era una aldea grande, ni mucho menos.

No aparecía en los mapas de los monjes, ni en los pergaminos de los señores feudales.

Y, sin embargo, había estado allí desde antes de que las fronteras tuvieran nombre.

Antes de que los normandos trajeran su lengua afilada y sus castillos de piedra gris.

Antes, incluso, de que las viejas piedras del bosque comenzaran a cubrirse de líquenes.

Los más ancianos decían que el río —de caudal lento pero firme— había cavado su camino hacia el mar mucho antes de que el hombre pisara esas tierras.

Corría desde las montañas del oeste, descendiendo como una serpiente plateada entre las colinas, hasta perderse en la niebla que guardaba los dominios del mar.

Caerwyc descansaba a su orilla. Un grupo de casas de madera, barro y piedra, con techos de paja que parecían espaldas encorvadas por el peso del tiempo.

No más de cincuenta almas habitaban allí, entre agricultores, pastores, artesanos, viudas, niños, y un puñado de hombres que habían visto la guerra y ahora buscaban olvidarla detrás de un arado.

«El corazón de la aldea no era la capilla, ni la plaza. Era el río.»

«Porque de él venía el agua, el alimento, el peligro, y la promesa.»

Las casas estaban dispuestas sin orden aparente, pero con una lógica interna nacida de la costumbre.

Las familias más viejas vivían en el centro, cerca del roble centenario donde se hacían los juramentos y se tomaban decisiones en los equinoccios.

Los recién llegados —pocas almas errantes que huían del hambre o de los señores del sur— acampaban en las afueras, donde la tierra aún no había sido dividida.

Cada parcela de cultivo, cada corral, cada muro de piedra seca contaba una historia.

El terreno no se poseía: se trabajaba. Y su reparto se había hecho, como en tantas aldeas de la región, siguiendo las órdenes del señor feudal normando que gobernaba desde una torre lejana, tal vez desde Shrewsbury mismo o desde alguno de los castillos menores cercanos al Severn.

Pero en Caerwyc, los mapas no importaban. Lo que importaba era quién ayudaba a reparar el molino cuando se rompía. Quién curaba una herida sin hacer preguntas. Quién recordaba los cantos viejos. Quién podía calmar a los perros en la noche.

El aire olía a humo de roble, a estiércol, a pan mal cocido y a piel curtida. En invierno, a grasa rancia y a humedad. En primavera, a barro, caballos y flores silvestres. Cada estación cambiaba la textura del suelo y el color de las voces.

Por las mañanas, el sonido del martillo del herrero resonaba como un corazón de hierro. Las mujeres caminaban con los cántaros de agua apoyados en la cadera. Los niños corrían descalzos, esquivando cerdos y gallinas. Se escuchaban campanas, balidos, el rugido del río en días de lluvia.

Los caminos no eran más que senderos de tierra apisonada, marcados por generaciones de pasos y carretas. La capilla —un edificio de madera y piedra, levantado por manos analfabetas pero firmes— se alzaba en una colina baja, mirando hacia el este, como si esperara el regreso de algo. O de alguien.

Y al oeste, las montañas. Altas, grises, cubiertas de bruma en las mañanas, guardianas silenciosas de la aldea. Allí empezaba el mundo salvaje. Aquel del que hablaban los ancianos cuando contaban historias de lobos, de bandidos, de espíritus antiguos.

Elswyth conocía cada rincón de Caerwyc. Desde la poza donde se lavaba la ropa hasta la vieja piedra de los juramentos.

Desde la leñera donde dormían los gatos salvajes hasta el escondite secreto detrás del granero.

Su hermano, Wulfric, le seguía como un perro joven, aprendiendo a conocer aquel mundo sin mapas, donde las fronteras eran los árboles y las estaciones, y las guerras eran los rumores que bajaban con el agua del río.

La aldea era pequeña, pero su historia era grande. Como una semilla que aún no ha brotado… pero ya sueña con el árbol.

«Lo que tú ves, niña,» le dijo una vez a Elswyth,

«es solo la sombra de lo que fue. Pero si aprendes a mirar con los oídos, verás lo que los ojos no saben recordar.»

El sol ya comenzaba a inclinarse sobre las colinas cuando Elswyth y Wulfric bajaron por el sendero que llevaba al corazón de la aldea.

Volvieron por el camino largo, el del molino, porque Wulfric quería ver si la rueda seguía atascada.

Y allí, donde el sendero se curva hacia el bosque y las ortigas crecen sin pedir permiso, estaba la casa de Maerwynn: baja, de piedra irregular, con el techo tan cubierto de musgo que parecía que la tierra se la hubiera echado por encima para esconderla del mundo.

La puerta estaba abierta. Salía olor a mil cosas a la vez —romero seco, piel de animal, vinagre de sidra, ajo, humo viejo— y del techo colgaban raíces retorcidas como bichos dormidos.

Wulfric aceleró el paso sin darse cuenta de que lo hacía.

Elswyth no.

La vieja estaba en el umbral, mirando el río. Nada más. De pie, con las manos en el delantal, mirando el río, que desde allí no se veía pero se oía.

Y cuando pasaron, giró la cabeza.

Tenía unos ojos pequeños y hundidos que a los críos de la aldea les daban un miedo que no sabían explicar, y a Elswyth no. Elswyth le sostuvo la mirada tres pasos enteros. La vieja no dijo nada. Elswyth tampoco.

Y siguieron andando.

—A mí esa me da grima —dijo Wulfric cuando ya estaban lejos.

—A ti todo te da grima.

—A ti no.

—A mí no.

Más adelante, junto al aprisco, Dunstan estaba contando ovejas.

Contaba en voz alta, señalándolas de una en una con el bastón, y se equivocaba.

Se equivocaba siempre. Llegaba a treinta y tantos, se detenía, mascullaba un reniego sin convicción y volvía a empezar por la primera.

Llevaba un sombrero tan grande que debajo habría cabido un búho, olía a lana mojada y a leche agria, y no tenía casa: dormía ahí, en el cobertizo, entre los sacos de avena y sus perros viejos.

—Buenas, Dunstan.

—Sí, sí. Veintiocho. Veintinueve.