La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) El juego #3
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El juego #3

Y siguió contando, y ni los miró, y a ninguno de los dos le extrañó, porque en Caerwyc todo el mundo sabía lo que había dicho de él el herrero una vez y que se había quedado dicho para siempre: que Dunstan era parte del paisaje, como el río o como las piedras del camino, y que no estaba para que lo miraras. Estaba para que estuviera.

Elswyth se volvió a mirarlo dos veces mientras se alejaban.

Lo hacía a menudo. No sabía por qué. Quizá porque aquel hombre flaco y torpe, que no era sabio ni rico ni respetado, era siempre el que encontraba a los que se perdían en el bosque, y siempre sabía antes que nadie cuándo una bestia había herido al ganado, y siempre —siempre— parecía andar hacia donde iban a pasar las cosas.

Luego, la fragua.

La fragua no dormía nunca. Aun con escarcha, el martillo de Eadric rompía el alba como una campana de guerra, y a aquella hora todavía sonaba, tac, tac, tac, regular, como un corazón de hierro.

Los dos se pararon en la ventana, como se paraban todos los críos de la aldea, hipnotizados por el metal al rojo.

Eadric estaba de espaldas. Tenía los brazos como troncos de fresno y la espalda curvada como una rama de manzano viejo, y nadie en Caerwyc recordaba haberlo visto sonreír jamás.

Del ojo derecho tenía un hueco. Unos decían que lo perdió en una escaramuza; otros, que fue un toro por cortejar a la mujer equivocada. Él no lo decía. Y aquel hueco oscuro bajo el párpado cerrado no le daba miedo a nadie: parecía mirar más que el ojo que le quedaba.

Vivía solo. Comía poco. Dormía menos. Se decía en la aldea que había perdido a su familia de joven, en un incendio que devoró más que madera, y que desde entonces forjaba cosas no para los demás, sino para que el fuego no se lo llevara también a él.

Metió la pieza en el agua. Se llenó todo de vapor.

Y entonces, sin volverse del todo, alzó la cara y le hizo a Elswyth un gesto con la barbilla.

Uno solo. Corto.

No sonrió. Nunca sonreía. Pero aquel gesto bastaba para saberse bienvenido, al menos un rato.

Elswyth le devolvió el gesto igual de corto, y Wulfric los miró a los dos sin entender qué acababa de pasar allí, porque a él nunca se lo hacía.

Y al final del sendero, junto al roble del consejo, estaba Beran en su banco.

Beran no trabajaba. No araba, ni tejía, ni cazaba.

Y nadie en Caerwyc lo llamaba inútil, porque en los inviernos malos las familias le llevaban leña a la puerta y no era por caridad: era porque si él se moría se perdían los cuentos.

Tenía el pelo blanco atado con una cuerda de lino, las manos como raíces y los ojos azules como el hielo.

—¡Beran! —gritó Wulfric desde veinte pasos—. ¡Beran, cuenta uno!

El viejo levantó una ceja.

—¿Cuál.

—¡El de los gigantes!

—Ese ya te lo sabes.

—¡Pues otro!

Beran se lo pensó. O hizo como que se lo pensaba, que con él nunca se sabía.

—Esta noche —dijo—. Con luna. Los cuentos de día no valen: de día se ve todo y así no hay manera.

Wulfric protestó lo que había que protestar y echó a correr hacia casa, y Elswyth se quedó un momento más.

El viejo la miró.

—Y tú qué.

—Nada.

—Ya.

Elswyth se encogió de hombros y se fue detrás de su hermano.

Y Beran, el último cantor, se quedó solo en su banco viendo bajar a dos críos por un sendero, con sus perros viejos a los pies y el roble a la espalda.

Aquella noche contaría cuatro historias, como todas las noches de aquella semana: una para los niños, una para las mujeres, una para los hombres, y una para los que ya no estaban.

Y las contaría bien. Las contaba siempre bien.

Porque Beran no contaba historias.

Las despertaba.

El polvo, mezclado con fragmentos de helecho, aún se adhería a sus rodillas. La risa seguía viva, pero más suave, más íntima. El juego había terminado, pero algo de su magia aún vibraba en la sangre.

Cuando cruzaron el cercado de madera y descendieron por el terreno ligeramente inclinado hasta su casa, el olor del caldo los alcanzó como una mano invisible.

Ajo, puerro y algo de grasa rancia que hervía desde hacía horas.

El hogar era una estructura modesta, con paredes de entramado de madera y barro seco, reforzadas con capas de paja apelmazada y arcilla.

El techo, ligeramente hundido en el centro por los inviernos pasados, dejaba escapar un humo fino que ascendía como un hilo de lana hacia el cielo.

Allí, junto a la puerta de madera mal encajada, se encontraba su madre.

Aethelwyn, decían los demás, tenía un alma hecha de roble y salvia.

No era alta, ni fuerte de cuerpo, pero había algo en su manera de sostener la mirada que hacía que incluso los hombres bajaran la voz al hablarle.

Su rostro era delgado, casi afilado, como si la vida hubiera sido meticulosa al tallarlo.

Las manos, eternamente rojas por el agua fría y el trabajo, nunca estaban quietas: tejían, amasaban, frotaban, recogían.

Sus ojos eran oscuros como la tierra recién removida, y cuando miraban a Elswyth, parecía ver también lo que aún no había ocurrido.

—¿Volvéis enteros? —preguntó, sin levantar del todo la voz, mientras sacudía una manta sobre una cuerda.

—Casi —dijo Wulfric, levantando una mano sucia—. Pero encontré a la bruja del bosque —y señaló a su hermana, que le respondió con una sonrisa sin dientes.

Aethelwyn no reía mucho, pero cuando lo hacía, lo hacía con los ojos.

Dentro, agachado sobre un madero mientras tallaba algo con una cuchilla gastada, estaba su padre.

Coenred era un hombre silencioso. No por timidez, sino por convicción.

Hablaba solo cuando las palabras eran necesarias.

Tenía los hombros anchos, marcados por el peso de los sacos de grano y de las decisiones difíciles.

Su cabello, más claro que el de su mujer, le caía en mechones gruesos sobre la frente.

El rostro, endurecido por el frío y los años de cosechas magras, era el de alguien que no pedía más de lo que podía sostener.

Era un hombre de tierra. De herramientas simples, de sentencias breves.

Pero no era rudo. Sabía escuchar. Sabía cómo tomar a Wulfric de la nuca cuando se enfadaba sin hacerlo llorar.

Sabía cómo dejar una mano sobre el hombro de Elswyth sin decir nada, y aun así hacer que ella supiera que todo iría bien.

Él no jugaba. No cantaba. No adornaba. Pero cuando hablaba de los árboles, lo hacía con una especie de ternura grave que parecía brotar del fondo de la garganta.

—Estaban firmes hoy —dijo una vez—. Y si los árboles están firmes, la primavera no vendrá con ira.

Elswyth adoraba a su madre, pero observaba a su padre como quien observa algo que aún no entiende. Como si en él se escondiera una parte de sí misma que aún no sabía nombrar.

Esa noche, los cuatro comieron sentados en silencio. Wulfric habló del juego, del escondite, del salto que casi lo mata —aunque solo se tratara de un tropezón sin más. Elswyth añadió poco, como siempre. Y los padres asentían. Escuchaban. Se miraban entre ellos.

Porque en Caerwyc, una familia no se medía por las palabras que compartía. Se medía por la tierra que compartían bajo los pies. Por el fuego que mantenían encendido. Por el silencio que sabían sostener sin miedo.

Y aunque la fiesta aún no había llegado, aunque el río aún no había dicho su secreto, esa noche, alrededor del caldo humeante y el pan tosco, Elswyth sintió que todo estaba exactamente donde debía estar.

Por ahora.