La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Un día cualquiera
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Un día cualquiera

Capítulo II

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La aldea despertaba como despiertan las cosas que no quieren molestar al mundo.

Sin prisas, sin campanas, sin pregones. Solo con el rumor progresivo de las puertas abriéndose, de las primeras voces bajas que se cruzaban en los senderos de tierra apisonada, y del murmullo creciente del río, que rugía más fuerte con el deshielo de las montañas.

El aire de la mañana estaba cargado de humedad, pero no fría: una humedad viva, cargada de savia, de brotes nuevos, de pan horneado en piedra y de estiércol reciente. Una humedad que pegaba la ropa al cuerpo, que hinchaba la madera y hacía que los cabellos se pegaran a la frente.

El sol apenas se asomaba por entre las colinas, como si le diera pereza entrar en el valle.

Los tejados de paja seguían oscurecidos por la noche, aún humeantes en algunas casas donde el fuego no se había apagado del todo.

Las primeras columnas de humo nuevo se alzaban delatando qué hogares ya habían encendido la lumbre para la harina o el caldo.

Elswyth y Wulfric caminaban descalzos por el sendero central, con las piernas aún marcadas del juego de la tarde anterior.

Él corría con una cuerda enrollada en la cintura y un pedazo de cuero a modo de escudo. Ella, con las mangas arremangadas, el cabello atado torpemente y una cesta vacía colgada del brazo, avanzaba en silencio, con los ojos más atentos al movimiento del pueblo que a los pasos de su hermano.

Las gallinas correteaban libres entre las casas, picoteando sin dirección.

Algunas subían a los escalones de piedra.

Otras se metían en los bajos del establo.

Un gallo cantó por quinta vez, como si no estuviera del todo convencido de que el amanecer ya había llegado.

El olor que emanaba de los corrales era acre, fuerte, y se mezclaba con el dulzor terroso de los montones de heno recién volteados.

Una carreta chirriaba cerca del pozo. Dos hombres arrastraban un barril de agua, sudando a pesar del fresco matutino.

Cada crujido de la rueda parecía anunciar al mundo que el día ya estaba en marcha.

Desde el cobertizo del panadero salía un aroma cálido, grueso y reconfortante: pan de centeno, horneado con brasas de roble, con corteza gruesa y centro esponjoso.

Un perro negro dormía junto a la puerta, inmune al tránsito de piernas y voces.

—¡Más leña, Oswin! —gritó una mujer desde dentro—. ¡La masa no espera, y el horno está perezoso hoy!

Elswyth aspiró con fuerza. El olor a pan le recordaba a su madre, y a la vez le producía una punzada de hambre contenida.

—¡A un lado, niños! —gruñó Dunstan, el pastor, con su bastón agitándose como un asta—. ¡Si las asustáis, se vuelven tontas todo el día!

Una decena de ovejas pasaban por el camino estrecho, apretujadas y sudorosas, dejando tras de sí un olor fuerte, almizclado, con notas de tierra y leche.

Sus balidos se entremezclaban como un cántico desordenado.

A cada lado del rebaño, dos perros de mirada seria movían las patas con precisión de soldados.

—¿También tienen nombre esas? —preguntó Wulfric, divertido.

—¡Más que tú! —replicó el viejo, sin perder la compostura.

Una oveja más pequeña se detuvo a oler la pierna de Elswyth antes de seguir a las demás, dejando una huella húmeda sobre su vestido.

Al fondo, entre el humo y el sonido de un yunque golpeado, la silueta de Eadric el Tuerto emergía entre las brasas.

Cada martillazo era como el pulso de la aldea, regular, preciso, inapelable.

El calor que emanaba de su taller era distinto al del sol: más denso, con sabor a hierro, a sudor seco, a hollín y grasa de caballo.

La luz del fuego teñía de rojo los bordes de su perfil. Un niño más pequeño que Wulfric observaba desde el umbral, embobado. Eadric, sin dejar de golpear, alzó un dedo grueso señalando el suelo:

—No cruces la línea, crío. Aquí adentro el hierro no perdona.

El niño asintió, sin pestañear. Elswyth lo comprendía. Aquella fragua no era solo un taller. Era un santuario de fuerza, donde el metal se doblaba, pero no se rompía. Como el alma de los que vivían allí.

En ese momento, como si el bosque exhalara su aliento, Maerwynn apareció caminando desde el lindero de los árboles.

Su figura alta y encorvada se deslizaba entre los senderos como una hoja seca arrastrada por el viento.

En su brazo, una cesta repleta de hierbas colgaba casi hasta el suelo.

Llevaba una capa oscura, salpicada de polvo y savia, y el rostro oculto bajo una capucha que parecía cosida con sombras.

Las mujeres murmuraban a su paso. Algunas apartaban a los niños. Pero ninguna se atrevía a decirle nada.

Elswyth, en cambio, la miró de frente. La curandera detuvo el paso, giró la cabeza, y por un instante, sus ojos brillaron desde la penumbra de la capucha.

No dijo nada. Pero Elswyth sintió que la había visto por dentro. Y que eso, de alguna manera, era un tipo de saludo.

Y entonces, como cada día en que el sol superaba la línea del tejado de la capilla, Beran, el anciano de los cuentos, salió de su casa apoyado en dos bastones. Sus perros, viejos y lentos, le seguían como si aún fueran guardianes.

Se sentó en su banco, junto al gran roble, y miró a su alrededor. No decía nada. Solo observaba. Pero su sola presencia hacía que la plaza se sintiera más… correcta. Más completa. Como si al sentarse, él diera permiso para que el día pudiera seguir su curso.

—¿Nos contarás algo hoy? —preguntó Wulfric, acercándose con la esperanza dibujada en la frente.

Beran alzó una ceja, tragó saliva, y dijo con voz áspera:

—Hoy no. Hoy os toca vivir primero. Luego contaréis.

Y volvió a mirar el horizonte, como si esperara algo que no estaba del todo seguro de querer verlo llegar.

La aldea seguía latiendo, entre el crujir de carretas, el susurro de las gallinas, el martilleo del herrero, los rezos de la curandera, los pasos suaves de Elswyth, y la risa de Wulfric, que ya había trepado a la carreta de Oswin sin pedir permiso.

Caerwyc no era un lugar importante en el mapa.

Pero para quienes lo habitaban, era el centro del universo.

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A media mañana, Beran se levantó del banco.

Lo vieron todos, porque en Caerwyc, cuando Beran se levantaba de aquel banco antes de la hora de comer, quería decir algo.

Las mujeres dejaron de sacudir. Oswin salió del cobertizo limpiándose la harina en el mandil.

Hasta Eadric paró el martillo, y el silencio que se hizo cuando aquel yunque dejó de sonar fue lo que de verdad detuvo la aldea.

El viejo cruzó la plaza con sus dos bastones, muy despacio, seguido por sus perros lentos.

Iba al roble.

Era el roble del consejo, el que llevaba allí desde antes que la aldea, con el tronco tan ancho que hacían falta cuatro críos con los brazos abiertos para rodearlo, y una raíz gorda que salía de la tierra y volvía a entrar, pulida y brillante de tanta gente sentada encima durante tantos años.

Beran se paró delante. Y no golpeó.

Miró arriba, a las ramas. Miró las prímulas, que ya estaban abiertas al pie del tronco, amarillas y descaradas. Miró un nido de mirlos que había en la horquilla baja. Miró hacia el río, que se oía pero no se veía desde allí.

Elswyth se había parado en seco a media plaza, con la cesta vacía colgando del brazo.

Nadie decía nada. Aquello era lo que hacía Beran, y hacía sesenta años que lo hacía él, y antes lo hacía otro, y antes otro. Miraba las señales y decidía el día. No había otra manera. No había pergamino ni monje ni campana que sirviera para eso: había un viejo mirando un árbol.

Y aquel año, el viejo tardó.

Tardó mucho.

Se quedó allí de pie, delante del roble, con las dos manos en los bastones, tanto rato que la gente empezó a mirarse. Oswin volvió a meterse en el horno. Dunstan carraspeó. Un crío se echó a llorar por otra cosa y su madre lo calló de un tirón.

Elswyth, que estaba más cerca que nadie, vio lo que hizo entonces.

Beran soltó un bastón, se agachó con un crujido, y le puso la mano abierta a la raíz. La palma entera, como se le pone la mano en el pecho a un enfermo.

Y se quedó así.

Con la cabeza ladeada.

Escuchando.

—¿Qué le pasa? —susurró Wulfric, que había aparecido de la nada al lado de su hermana.

—Cállate.

—Pero ¿qué le pasa?

—Que no lo tiene claro —dijo Elswyth, y no supo por qué lo sabía.

Beran se incorporó. Miró otra vez arriba. Y otra vez hacia donde sonaba el agua.

Y por fin, con el canto del bastón, golpeó la raíz.

Una.

Dos.

Tres.

La aldea entera soltó el aire a la vez y se puso en marcha de golpe, como una carreta a la que le quitan la cuña: las mujeres a las cintas, Oswin a la masa, Dunstan a apartar la oveja blanca, los críos corriendo a dar la noticia a las casas de arriba, gritando.

El martillo de Eadric volvió a sonar. Y en diez latidos, Caerwyc estaba otra vez viva y esta vez sí, con la fiesta encima.

Elswyth no se movió.

Se quedó mirando al viejo, que seguía delante del árbol, dándole la espalda a todo aquel revuelo que él acababa de desatar.

Beran no se giró. Recogió el otro bastón. Y antes de volver al banco, hizo una cosa muy pequeña que no vio nadie más que ella: miró el roble de arriba abajo, una última vez, y meneó la cabeza. Muy poco. Una vez.

Como quien no está de acuerdo consigo mismo.

«Ha dicho que sí. Pero no lo piensa.»

Elswyth se colgó bien la cesta y echó a andar hacia el río, y no le contó aquello a nadie, ni ese día ni nunca, y se pasó los años siguientes deseando habérselo contado a alguien.

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Y ese día —que no era distinto a los demás— se grabó en la memoria como el último día en que todo fue exactamente como siempre.

Porque pronto, el río hablaría.

Y nadie en Caerwyc volvería a dormir sin sueños.

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