La Daga y el Río (La Daga y el Río 1) Un futuro se abre paso
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Un futuro se abre paso

Capítulo XX

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Pasaron dos años. Y aunque el tiempo, por sí solo, no cura todas las heridas, a veces sabe cómo convertirlas en surcos fértiles, en marcas sobre la piel de los pueblos que no olvidan, pero que aprenden a caminar con el peso de la memoria bien arraigado a los pies.

Dunheath despertaba temprano, y despertaba ruidosa.

Antes del alba, cuando la niebla del estuario todavía se enredaba en los mástiles y el agua olía a sal y a brea caliente, el puerto ya sonaba como suena una cosa viva: las maromas chirriando en las cornamusas, los cascos golpeando los norays, los pies descalzos de los aprendices corriendo por la tablazón mojada.

Del horno de Wilric subía un olor de centeno y brasa de roble que se metía por los callejones y despertaba a la gente mejor que ninguna campana.

Había un ruido, sobre todo, que dos años antes no existía en aquella ciudad.

La gente discutía.

En el muelle de la lonja, una mujer de brazos rojos por el agua fría le gritaba a un tratante de Caermoor que sus arenques no valían lo que pedía, y se lo gritaba a plena voz, en mitad de la plaza, con las manos en las caderas y la cofia torcida, y el tratante le gritaba de vuelta, y los dos regateaban a voces mientras media docena de curiosos se reían y tomaban partido.

Nadie bajaba la cabeza. Nadie miraba de reojo hacia el castillo para ver quién escuchaba.

Ese era el sonido. No las campanas, ni los discursos, ni las banderas nuevas.

El sonido de una ciudad que había vuelto a atreverse a levantar la voz por el precio del pescado.

Aethelwyn lo había dicho una vez, al poco de terminar todo, mientras miraba desde el muro cómo los pescaderos volvían a colocar los puestos donde siempre habían estado: que a los pueblos no se les nota la libertad en lo que celebran, sino en lo que se atreven a discutir.

«Un pueblo que calla ya está vencido, aunque nadie lo haya tocado.»

Las contraventanas volvieron a abrirse. Durante los años de Morcar, las casas de la calle de los curtidores tenían los postigos cerrados a mediodía, con ese pudor de quien no quiere que se le vea comer; ahora se abrían de par en par, y por ellas salía el vapor de las ollas, el humo de las lumbres, las canciones destempladas de los niños y, alguna vez, una discusión de matrimonio que toda la calle escuchaba y comentaba sin ninguna vergüenza.

Los gremios volvieron a reunirse los primeros lunes, en el salón de la lonja, sin nadie del castillo sentado al fondo tomando nota de quién decía qué.

Ceolwine, que ya andaba encorvado y se ayudaba de un bastón de fresno, presidía las reuniones no porque nadie lo hubiera nombrado, sino porque era el único que recordaba cómo se hacían antes, y porque cuando hablaba, los demás se callaban por costumbre antigua.

Escribía las actas con letra temblona y las guardaba en un arcón, y de vez en cuando levantaba la vista de la vitela y decía, a nadie en particular:

—Esto hay que anotarlo bien. Un día alguien querrá saber cómo lo hicimos.

El puente estaba en pie otra vez. Lo habían levantado con piedra en lugar de madera, más ancho y más feo que el anterior, sin la elegancia de los arcos viejos, y a nadie le importó.

Los canteros habían trabajado dos veranos, y cuando colocaron la última clave, el maestro de obra no dijo ningún discurso: escupió en las manos, dio dos golpes con el mazo y se sentó en el pretil a mirar el agua pasar por debajo.

Nadie cruzaba aquel puente en silencio. Los carreteros arreaban, los chiquillos corrían, las mujeres iban en grupo hablando alto. Pero casi todos, al llegar a la mitad, tocaban la piedra con la mano, un momento, sin decir nada, como quien saluda a alguien que está ahí abajo.

Se había vuelto costumbre, y ya nadie recordaba quién la había empezado.

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La fragua de Eadric seguía abierta.

No la habían cerrado cuando él murió, ni la habían vendido, ni la habían convertido en otra cosa. La había cogido Beric.

Beric era aquel crío del claro, el que a los ocho años se le acercó a Elswyth una tarde mientras ella recogía las hojas del suelo y le preguntó por qué hacía eso todos los días.

Tenía diez cuando murió el viejo y se plantó en la puerta de la fragua a la mañana siguiente del entierro, sin que nadie lo llamara, y encendió la lumbre.

Nadie se lo discutió. Ahora tenía dedos gruesos, poca conversación y una paciencia terca que a la calle entera le sonaba conocida.

Y la fragua siguió sonando cada mañana, y el martillo siguió latiendo sobre el yunque como un corazón de hierro, y así la calle entera supo, cada día durante dos años, que Eadric el Tuerto no se había ido del todo.

Sus herramientas estaban donde él las había dejado. Nadie las había movido. Las tenazas grandes, los punzones, el cincel de plano que usaba para marcar los nombres en el acero: todo colgado en su clavo, en su orden, con el mango pulido por cuarenta años de mano.

Elswyth iba allí a menudo.

Entraba sin llamar, se remangaba, y afilaba.

Aquella mañana el calor de la lumbre le daba en la cara y le secaba la humedad del puerto que traía en la ropa.

Olía a carbón, a agua de temple, a ese punto ácido del metal cuando muerde la piedra.

Pasó la daga por la muela con el pulso corto y regular que le había enseñado el viejo, tres veces de un lado, tres del otro, comprobando el filo contra la uña sin mirarlo, porque el filo no se ve: se oye.

En la hoja, cerca de la guarda, estaba el nombre. Seis letras torpes, hechas a cincel por una mano que ya no existía.

Wulfric.

Beric la miraba de reojo desde el fuelle, sin atreverse a preguntar. Todos la miraban así al principio, con esa mezcla de respeto y de miedo a molestar, como si estuviera rezando.

No rezaba. Afilaba.

«El que afila una hoja no piensa en matar. Piensa en no fallar.»

Tenía dieciocho años. El rostro todavía no había perdido del todo el fulgor temerario de la niña que se subía a los robles de Caerwyc, pero los ojos habían aprendido a mirar con la profundidad de quienes han visto demasiado pronto la cara de la muerte y han decidido vivir, no a pesar de ello, sino por ello.

El hombro le tiraba cuando cambiaba el tiempo.

La cicatriz seguía ahí, blanca y torcida, y ya no se la tapaba.

Nunca la habían coronado. Nunca lo habría permitido.

Cuando terminó el asalto y la ciudad quedó sin señor, hubo quien lo propuso: los gremios, algunos de los que habían luchado, hasta un enviado de Caermoor que llegó con una carta lacrada y muchas cortesías.

Le ofrecieron el sitial labrado, el que había sido de Edric y luego de Morcar, aquel asiento de respaldo tallado que en las casas viejas no era una silla, sino el símbolo mismo del mundo.

Ella fue a verlo. Estuvo un rato delante, mirándolo, con las manos quietas.

Luego mandó sacarlo del salón y ponerlo en la plaza, junto al pozo, donde se sienta cualquiera.

—Que se siente el que esté cansado —dijo.

Y no dijo más, y nadie volvió a sacar el tema.

Gobernaba de pie. En la plaza, en los campos, en el muelle, en la puerta de las casas.

Escuchaba mucho y hablaba poco, y cuando fallaba un pleito, lo fallaba en voz alta, delante de todos, para que todos supieran por qué.

Aquella mañana, mientras el sol subía sobre las almenas, tuvo que resolver una disputa entre dos hermanos por un lindero de tierra, y los tuvo media hora explicando cada uno lo suyo mientras media calle escuchaba, y al final partió la parcela por donde el agua bajaba de forma natural, y los mandó a los dos a arreglar juntos el murete caído.

—Si os peleáis otra vez —les dijo—, volved. Pero volved los dos.

Ninguno de los dos quedó contento del todo, y por eso todo el mundo supo que la cosa había sido justa.

Se contaban historias de ella junto al fuego, y ya empezaban a no ser del todo ciertas.

En algunas volaba por los tejados del castillo.

En otras la daga se le encendía sola. Ella lo sabía, y no las desmentía, y solo una vez, cuando oyó a un niño decir que había matado a Morcar de un solo tajo, se detuvo, se volvió, y dijo con una voz muy tranquila que a Morcar no lo había matado ella.

Y siguió andando.

«Que cuenten lo que quieran. Pero ese no.»

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Los niños jugaban a eso en la plaza.

Lo descubrió una mañana de camino al muelle, al doblar la esquina del pozo: seis o siete críos armados con palos, gritando, y uno de ellos subido al brocal.

—¡Yo soy Alaric!

—¡Tú fuiste Alaric ayer!

—¡Porque me toca a mí, que soy el más alto!

Elswyth se paró.

Se paró en seco, en mitad de la calle, con el cesto en la cadera, y se quedó mirando.

El más alto se puso en el brocal y bajó de un salto blandiendo el palo, y otro crío hizo de Morcar —el de Morcar era el papel malo y le tocaba siempre al mismo, un chiquillo pelirrojo que ya ni protestaba—, y se pelearon dando vueltas alrededor del pozo con mucho ruido y ninguna técnica.

Y al final, el que hacía de Alaric mató a Morcar de un tajo, se llevó la mano al costado, dijo «¡me han dado!» , y se murió.

Se murió despacio, con mucho aparato, tambaleándose por media plaza antes de caerse.

Y cayó de espaldas sobre los adoquines con los brazos abiertos.

Y se quedó ahí tirado, muy quieto, con los ojos cerrados y una sonrisa que no podía contener.

Los otros aplaudieron.

—¡Lo has hecho mal! —dijo una niña—. ¡No se muere así! ¡Se muere en los brazos de ella!

—¡Que no!

—¡Que sí! ¡Se muere en los brazos y le dice una cosa al oído!

—¿El qué?

—No sé. Una cosa. Nadie sabe qué.

Y entonces el crío que estaba tirado en el suelo abrió un ojo, vio a la mujer parada en la esquina con el cesto, y se levantó de un brinco, y los demás se giraron y se callaron todos a la vez.

Se hizo el silencio.

Siete críos mirándose los pies.

Elswyth se quedó allí, sin decir nada, con el cesto en la cadera.

Dieciocho años. Y le estaban jugando su noche en la plaza, con palos, delante de ella.

«Que jueguen. Es lo que hay que hacer con las cosas que ya no matan a nadie.»

«Y encima lo hacen bien. Encima el nombre está bien puesto.»