Un futuro se abre paso #2
Fue la niña la que se atrevió. Se le acercó, se le plantó delante, se retorció el vestido con las dos manos y le preguntó, con esa impunidad que tienen las crías de siete años:
—¿Qué le dijo?
—¿Quién?
—Alaric. Al oído. Antes de morirse. —La niña la miraba desde abajo con unos ojos enormes—. Que dicen que le dijo una cosa y que no la sabe nadie más que tú.
Elswyth se agachó.
Se puso a su altura, apoyó el cesto en el suelo y estuvo un buen rato mirando a aquella cría a la cara, tanto rato que la niña empezó a arrepentirse de haber preguntado.
Y luego dijo:
—Me llamó por un nombre que solo sabía él.
La niña frunció el ceño.
—¿Y cuál era?
—Ese es el asunto —dijo Elswyth, y se levantó, y se colgó el cesto—. Que solo lo sabía él.
Y siguió andando hacia el muelle, y detrás de ella los siete críos tardaron un buen rato en volver a jugar, y cuando volvieron ya no gritaban tanto.
Aquella noche, en la casa del extremo oeste, Elswyth se quedó despierta pensando en una cosa muy simple y muy fea.
Que dentro de veinte años, cuando ella se muriera, en aquella plaza seguiría habiendo críos jugando a que un chico llamado Alaric mataba a un tirano y se moría en brazos de una mujer.
Y que no quedaría nadie en el mundo que supiera que se llamaba de otra manera.
· · ·
El día en que se cumplieron dos años desde el funeral de Wulfric, el pueblo se reunió de nuevo en el camposanto, esta vez no para llorar, sino para honrar.
El aire era tibio, casi sin viento. El sol se deslizaba entre las ramas del roble que custodiaba las tumbas con su sombra generosa, y desde el estuario llegaba, muy lejano, el chillido de las gaviotas peleándose por las tripas de la lonja.
Olía a hierba pisada, a cera caliente y a prímula, porque era primavera otra vez, como aquella otra primavera, y en esta tierra las cosas siempre vuelven a pasar en el mismo mes.
Vinieron todos, y vinieron sin que nadie los llamara.
Los gremios con sus estandartes remendados.
Los pescadores con las manos lavadas. Las mujeres de la calle de los curtidores con flores cortadas esa misma mañana.
Los niños, muchos niños, algunos nacidos ya después de todo aquello, que correteaban entre las lápidas hasta que sus madres los cazaban por el brazo y los obligaban a estarse quietos.
Se colocaron flores nuevas. Se encendieron lámparas.
Ceolwine leyó, con su letra temblona y su voz de fuelle roto, unos pasajes de las actas que había empezado a guardar aquel primer lunes, y no eran hermosos, porque hablaban de precios del grano y de turnos de guardia, y por eso mismo hicieron llorar a más de uno.
La tumba del héroe estaba limpia. La hierba cortada a su alrededor, flores frescas, y clavada de través en el túmulo, hundida hasta la mitad, la espada vieja y mellada de Eadric el Tuerto, que los suyos habían plantado allí el primer aniversario y que ya empezaba a criar herrumbre.
En la piedra, grabado hondo, con letras grandes y cuidadas de mano de cantero, el nombre que la ciudad rezaba en cada esquina y que los niños aprendían antes que el suyo propio:
Alaric.
Las tumbas de Aethelind y Edric estaban cubiertas de hiedra suave, y sobre la de ella alguien había dejado un laúd pequeño, de madera, en señal de que la canción aún no había terminado.
Y a cinco pasos, medio comida por la hierba, seguía la piedra pequeña de la riada. Sin cruz. Sin estandarte. Con una tabla de madera oscura donde ya casi no se leía un nombre, y a la que nadie llevaba flores porque nadie recordaba de quién era.
Nadie salvo una persona, que le quitaba el musgo con el pulgar cada vez que subía, y que nunca subía acompañada.
Aethelwyn estaba de pie junto a su hija. No lloraba. Hacía dos años que no lloraba delante de nadie. Miraba la piedra del héroe con una cara que nadie supo leer, y cuando el viento le movió el pelo gris de la sien, cerró los ojos un momento, solo un momento, y volvió a abrirlos.
Y entonces, alguien —una niña, quizás, o un muchacho joven que nunca había preguntado demasiado— señaló hacia un lateral, donde la tierra era más reciente, más oscura. Señaló con el dedo, con la inocencia de quien no sabe que está invocando un misterio.
—¿Y ese quién es?
Allí se alzaba otra lápida. Sin flor. Sin vela. Sin inscripción brillante. Torcida, plantada en un rincón que nadie cuidaba, donde el brezo se lo comía todo.
Solo una palabra tallada:
«Alaric».
El mismo nombre otra vez.
Se hizo un silencio de esos que empiezan en una esquina y se van comiendo la plaza.
Los que estaban cerca se acercaron. Los que estaban lejos preguntaron qué pasaba.
Alguien dijo que llevaba allí desde el invierno.
Alguien dijo que no, que desde antes. Nadie sabía quién la había puesto. Nadie recordaba haber visto cavar.
—¿Y por qué hay dos? —preguntó alguien.
Nadie contestó.
Y bajo ella, la tierra no mostraba señales de haberse hundido.
Ninguna losa removida.
Ningún rastro de entierro.
Nada.
Un cantero viejo se agachó y pasó la mano por las letras, despacio, con el pulgar, como quien lee a oscuras.
Frunció el ceño. Dijo que estaban hechas a cincel de plano, y que quien las había tallado no era de oficio, porque el trazo bajaba torcido al final de cada letra, del modo en que baja cuando la mano tiembla o cuando la mano es pequeña.
Buscaron a Elswyth con la mirada, porque a Elswyth se la buscaba con la mirada para todo.
Estaba al fondo, quieta, con las manos cruzadas por delante.
No preguntó quién era. No preguntó cuándo. No se acercó a mirar.
Solo se quedó allí, con los ojos en la piedra sin nombre completo, y al cabo de un rato se dio la vuelta y echó a andar hacia la ciudad, y la gente le abrió paso sin saber por qué le abría paso.
El viento volvió a soplar, suave, recorriendo las tumbas. Edric. Aethelind. El héroe al que llamaban Alaric. Una tabla de madera casi borrada que ya nadie leía. Y, apartada de todas, en el rincón del este, con la tierra intacta debajo:
Alaric.
Sin cuerpo, sin fecha, sin certeza.
Y más allá, las colinas. El río. El puente reconstruido. Y al fondo, el mar, que aquella mañana estaba liso y brillante como una lámina de estaño, y que guardaba, como guarda siempre, todo lo que nadie le había pedido que guardara.
· · ·
Aquella noche, en la casa del extremo oeste, Aethelwyn encendió las velas.
Lo hacía todas las noches desde hacía siete años y ya nadie en aquella casa lo comentaba, igual que no se comenta que alguien cierre la puerta o se quite los zuecos.
Sacaba la caja, cortaba el pabilo, las prendía en el rescoldo con una pajuela y las ponía en el vasar, delante de la piedra pequeña donde estaban grabados los dos nombres.
Coenred.
Wulfric.
Dos nombres, dos velas. Así había sido siempre, y así seguiría siendo.
Elswyth, desde el jergón, la miró hacerlo. Como la había mirado mil noches. Su madre de espaldas, la espalda ancha, las manos quietas, el pelo ya con más gris que castaño, cuadrando cada vela en su plato de barro con el pulgar, sin prisa.
Y pensó que en aquella casa había dos mujeres que sabían exactamente lo mismo, y que ninguna de las dos lo diría nunca en voz alta, y que ese era el precio, y que estaba pagado.
Su madre se limpió las manos en el delantal y se quedó un momento mirando arder las dos llamas, que temblaban al mismo tiempo porque entraba aire por debajo de la puerta.
Luego apagó el candil y se fue a dormir sin decir nada, como todas las noches.
· · ·
El aire era tibio, casi sin viento.
El sol se deslizaba entre las ramas del roble que custodiaba las tumbas con su sombra generosa.
La piedra del héroe, elevada, grabada con las palabras que Elswyth pronunció aquel día, lucía limpia, con los nombres de quienes la cuidaban grabados en su base.
Las tumbas de Aethelind y Edric estaban cubiertas de hiedra suave, y en sus lápidas alguien había dejado un laúd de madera, en señal de que la canción aún no había terminado.
Y entonces, alguien —una niña, quizás, o un muchacho joven que nunca había preguntado demasiado— señaló hacia un lateral, donde la hierba crecía más rala. Señaló con el dedo, con la inocencia de quien no sabe que está invocando un misterio.
Allí se alzaba otra lápida, sin flor, sin vela, sin inscripción brillante. Solo una palabra tallada, torcida, hecha con un cincel torpe por una mano que no era de oficio:
«Alaric».
Y bajo ella, la tierra no mostraba señales de haberse hundido.
Ninguna losa removida.
Ningún rastro de entierro.
Nada.
El viento volvió a soplar, suave, recorriendo las cuatro piedras del cerro. Y más allá, las colinas, el río, el puente reconstruido y, al fondo, el mar.
Un pueblo que vuelve a respirar.
Una hermana que aprendió a vivir con el vacío.
Una tumba que no guarda descanso.
FIN