Como agente deportiva de éxito, involucrarme sentimentalmente con un cliente es una línea que no pienso cruzar.

Da igual que lleve años colada por Gage.

O que sea atento hasta el extremo y condenadamente coqueto.

No voy a poner en riesgo mi carrera.

Pero cuando mi cliente favorito desaparece del mapa justo cuando tiene sobre la mesa un contrato de patrocinio, no me queda otra que salir a buscarlo.

Aunque eso implique viajar hasta Valencia, España.

Culpo al sol y al mar de bajar mis defensas.

Culpo al hombre que siempre está ahí para mí de hacer que me acerque cada vez más.

Aquí, resistirme a Gage es casi imposible.

Sobre todo cuando ve más allá de mi fachada, hasta ese cansancio que me cala los huesos y la soledad que me persigue, y se ofrece a cargar con parte de mis problemas.

No puedo enamorarme de mi cliente.

Aunque esté a punto de retirarse.

Aunque diga que soy su último touchdown.

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