El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5) Jugada Perfecta
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Jugada Perfecta

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¡El Lamborghini de Alejandro García tiene nuevo “look”!

@GuruDelFutbol Ese coche está destrozado. Se me ha roto el corazón.

@GuruDelFutbol ¿Habéis visto a @ModeloPaolaDaSilva? Hasta el Papá caería en la tentación.

@Guisantito8 No “se fue” con ella. ¡Ni siquiera estaban juntos! @AleGarcia9 no tiene relaciones serias…

@SoccerSucks33 Y tú… ¿cómo lo sabes? Necesitáis una vida, de verdad. ¡Vamos gente!

@GuruDelFutbol Qué sorpresa… otra americana desinformada.

@NitroEnVena ¡Madre mía! ¡Ese Lambo ha quedado hecho polvo! Suerte la próxima vez, tío.

@Guisantito8 Yo me subiría encantada a cualquier cosa que conduzca @AleGarcia9.

@SoccerSux33 Qué desesperada…

1. MARLOWE

—Perdona. —La voz del camarero es baja y va cargada de disculpa—. La tarjeta de crédito ha sido rechazada otra vez.

Me quedo mirando sus ojos bondadosos. No necesito saber español para entender que me está diciendo con educación que mi tarjeta—la tercera que le paso—ha sido rechazada. Se atisba en el tono suave de su voz y en la compasión de su mirada.

—Lo siento muchísimo —balbuceo, rebuscando en mi cartera de Chanel en busca de efectivo.

La agito, aliviada, cuando unas monedas de euro ruedan hacia adelante.

Mi corazón late acelerado, su eco resuena en mis oídos y mis sienes mientras crece mi ansiedad.

Se me escapa una moneda entre los dedos temblorosos.

¿Y si no tengo suficiente para pagar la cuenta?

¿Y si no consigo reservar una habitación de hotel para esta noche?

¿Y si me veo obligada a llamar a Gerard para pedir ayuda, después de haber roto con él hace apenas dos horas?

—Cóbrate todo, lo mío y lo suyo. —Un hombre se coloca a mi lado en la barra y desliza discretamente su tarjeta por encima. Apoya los codos en el mostrador y se inclina hacia delante, balanceándose sobre los pies. Relajado, sin prisas.

Los ojos del camarero se agrandan; asiente con un gesto acelerado y pasa la tarjeta.

Contengo la respiración, agradecida y, a la vez, asustada por la intervención del hombre. ¿Y si espera algo a cambio?

Estoy desbordada. Sí, he viajado fuera de Estados Unidos antes, pero nunca sola. Y jamás con una tarjeta rechazada, un corazón roto y la autoestima por los suelos.

Gladys lleva años advirtiéndome de que “nadie da duros a cuatro pesetas”.

Aunque claro, ¿qué sabrá ella? Quizá no estaría en esta situación—soltera de repente, algo borracha en un bar llamado Corcho, y a merced de un desconocido—si no hubiera seguido su consejo de volar a España para sorprender a mi novio, Gerard. Exnovio.

—Thank you. Gracias —corrijo, girándome hacia él. Las palabras mueren en mi garganta cuando me encuentro con el hombre más guapo que he visto nunca.

Sus ojos verdes, eléctricos, me observan con curiosidad. Al ser consciente de su atención, mi cuerpo se tensa.

Sus labios carnosos se curvan en una media sonrisa y yo me enderezo, cruzando una pierna sobre la otra, mientras mi corazón se acelera por su cercanía.

Tiene una nariz recta, pómulos marcados y una mandíbula fuerte. Dos cejas espesas se arquean cuando inclina la cabeza, y su sonrisa se abre hasta que aparece un hoyuelo en la mejilla izquierda. Es a la vez seductor y burlón, una combinación que me deja sin aliento.

—Don’t worry about it —responde en inglés. Su inglés lleva un acento delicioso, y me inclino hacia él en el taburete, ansiosa de oírle hablar más. Lo que sea.

Está claro que es el alcohol. Yo no suelo desear a desconocidos. No deseo a nadie. Soy demasiado práctica, demasiado sensata para dejarme llevar por caprichos.

Pero después de las últimas horas, no me culpo por haber bebido de más. Mi estancia en España ha sido un desastre de dimensiones épicas desde el mismo momento en que aterricé y encendí el móvil.

Primero, recibí los mensajes secos de mi abuelo informándome de que, en las ocho horas que había estado desconectada, Prescott Sail había perdido a nuestro cliente más importante.

Esa noticia alarmante fue seguida por la actuación estelar de Gerard…

follándose a una rubia cuando entré en su suite del hotel.

La palabra sorpresa se me murió en los labios mientras pensaba cómo—cuándo—mi vida se había convertido en esto.

El desconocido acepta la carpetilla negra del camarero y firma el recibo con un garabato. Cuando se endereza, noto lo alto que es. Imponente, esculpido, como un modelo masculino, un deportista profesional o una fantasía de mi imaginación.

Sacudo la cabeza para despejarme, y el desconocido sexy me dedica una sonrisa pícara. Golpea la barra con los nudillos.

—Be safe —dice, lanzándome una mirada larga y significativa.

Luego se reúne con sus amigos y desaparece por la salida lateral del bar.

Me quedo mirándole, repitiendo sus palabras mentalmente.

Be safe.

¿Ha sido una advertencia? ¿Una amenaza? ¿O solo un gesto de cortesía?

El hecho de que no lo sepa, deja claro lo poca experiencia que tengo con los hombres. He estado con Gerard desde que Papá nos presentó en una regata universitaria.

Desde el primer encuentro me conquistó. Desde el primer beso me convencí de que Gerard era mi futuro.

Levanto el vaso vacío y sorbo la pajita hasta que el ruido me zumba en los oídos. Una gota de tequila me roza la lengua y cierro los ojos. Soy pésima juzgando a las personas..

Con un suspiro, dejo el vaso, cojo el móvil y camino hacia el baño. Necesito recomponerme y decidir mis próximos pasos.

Llamar al banco. Reservar un hotel. Comprar un vuelo de regreso.

Me encierro en el lavabo, apoyo la cabeza atrás y cierro los ojos. Pero es inútil: la imagen de Gerard y la rubia sigue grabada en mis párpados. Golpeo suavemente la cabeza contra el metal frío y respiro aliviada cuando el móvil vibra con un nuevo mensaje.

Abuelo

¿Cuánto tiempo piensas quedarte en España?

Hay un dueño de equipo en Valencia con el que deberías hablar.

José Costa

Necesita una entrega urgente.

Podría funcionar si consigues cerrar el trato.

—¿Estás ahí? —pregunta una voz masculina.

Jadeo, deslizo el móvil en el bolsillo y me quedo inmóvil. ¿Se refiere a mí?

—Veo tus sandalias —dice, con un tono divertido—. Me gusta el esmalte rosa.

¡Es él! El desconocido del bar. ¿Qué quiere?

Abro el pestillo con cautela y asomo la cabeza. El extraño de los ojos verdes está apoyado en la pared, los pies cruzados y una sonrisa burlona mientras sostiene mi bolso en alto. Mierda, debo haberlo olvidado en la barra.

Pongo los ojos en blanco, sintiéndome menos agradecida de lo que debería, y le arrebato el bolso. —Gracias.

—Estás pidiendo a gritos que te roben.

Me encojo de hombros. —Por lo visto mis tarjetas no valen nada.

La comisura de su boca se eleva, como si quisiera sonreír, pero el gesto se apaga antes de completarse. —Una mujer como tú… —inclina la barbilla hacia mí, entornando los ojos—, vestida de Carolina Herrera, que por cierto no es española, aunque muchos lo crean.

—Es venezolana —disparo el dato, recuerdo de las lecciones de moda de mi madre. Me planto frente al espejo, fingiendo indiferencia, mientras me doy brillo de labios. Le observo de reojo en el reflejo.

Se separa de la pared y sigue hablando: —Con un bolso y una cartera de Chanel y sin tarjetas que funcionen…

—Es una historia larga —me lamento.

Se coloca a mi lado en el lavabo y yo me vuelvo hacia él.

Mira su reloj antes de fijar sus ojos en los míos. Son profundos, verdes, cargados de diversión, curiosidad y un destello ardiente. —Me lo puedes contar en la cena.

El corazón me da un vuelco. ¿Me está invitando a salir? ¿A una cita?

Ni siquiera recuerdo la última vez que Gerard me llevó de verdad a cenar.

Intentando mantener la calma mientras mi mente proyecta mil escenarios, me vuelvo hacia el espejo. —¿Esa frase te funciona alguna vez?

—Solo cuando la mujer tiene hambre de verdad.

No puedo evitar soltar una carcajada. Vuelvo a mirarle, y en el reflejo me sonríe de verdad. Las rodillas casi me fallan.

Porque, Dios mío, esa sonrisa quita el aire. Es deslumbrante..

Carraspeo, aferrándome a la serenidad de la que siempre me he enorgullecido. —Pensé que te habías ido.

Me mantiene la mirada, y distingo motas doradas en sus iris verdes. Casi es demasiado guapo para ser real. —Algo me dijo que volviera. —Su voz es grave, ronca, y un escalofrío me recorre la espalda.

—No puedo cenar contigo.

—¿Por qué no? —Se apoya en el lavabo, inclinándose hacia mí, y aun así tengo que alzar la barbilla para mirarle. Es al menos ocho centímetros más alto que Gerard.

¡Deja de compararle con tu ex! , me reprendo.

Sí, sobre todo cuando es mejor, replica mi subconsciente.

—Para empezar… —gesticulo hacia él, nerviosa por la cercanía pero sin querer mostrarlo—. Ni siquiera sé tu nombre.

Sus ojos se encienden un instante y asiente. —Tienes razón. —Extiende la mano—. Ale.

—Ale —repito.

Asiente. —¿Y tú?

Fuera de mi alcance, pienso. Pero gracias a Dios no lo digo. —Marlowe.

—Marlowe —murmura, como si probase el sonido de mi nombre en su boca.

Lo dice con tanta sensualidad que me pregunto si lo hace a propósito o si es culpa de su acento.

—Ahora que sé tu nombre, lo intento de nuevo: ¿quieres cenar conmigo, Marlowe?

Su voz es tranquila, suave. Una invitación sin presión. Espera mi respuesta con paciencia, es tan distinto de Gerard que casi no sé qué contestar.

¿Tiene segundas intenciones? ¿Va a secuestrarme y venderme como en la peli de Liam Neeson? Gladys me obligó a verla cuando todas mis amigas estudiaban en el extranjero, como una manera absurda de “animarme”.

—Te prometo que es solo una cena —su voz corta mis pensamientos, como si entendiera mis miedos. Como si los leyera mientras dan vueltas en mi cabeza.

—No suelo ser tan indecisa —confieso, mordiéndome el labio inferior—. Tengo que llamar al banco y arreglarlo todo para poder reservar un vuelo de regreso.

—¿De dónde eres?

—Rhode Island.

—América —murmura justo cuando mi estómago ruge. Me pongo roja, pero Ale sonríe con picardía. —Y tienes hambre.