Jugada Perfecta #2
Suspiro, me enderezo y me cuelgo el bolso del hombro. A estas alturas, ¿qué daño puede hacer cenar con un desconocido atractivo en España? Después de esta noche, no volveré a verle.
—Bueno… podría comer algo.
2. ALE
No tiene ni idea de quién soy.
He buscado pistas en la expresión de Marlowe, he observado su lenguaje corporal y he intentado sonsacarle con suavidad durante nuestro paseo hasta el abarrotado restaurante que tengo a mis espaldas. Pero no, no sabe nada.
Teniendo en cuenta que estamos en mi ciudad natal y que mi reputación suele precederme, la sensación resulta tan estimulante como embriagadora.
De hecho, me está llevando a comportarme de maneras que normalmente no son propias de mí.
Claro, puedo invitar a una mujer y pagarle la cuenta del bar. Eso es normal.
Pero separarme de mis amigos para volver al bar del que acababa de irme, asegurarme de que llevaba el bolso, traerla a cenar solo para escuchar cómo ha sido su día de mierda…
Ese no soy yo. Y, sin embargo, con Marlowe, me puede la curiosidad.
—Ya estamos —señalo la entrada—. ¿Has probado las tapas?
Niega con la cabeza, alejando el móvil de la oreja y frunciendo el ceño. —No, acabo de llegar hoy. —Sus ojos se alzan hacia los míos—. No consigo hablar con mi banco. Todo son mensajes automáticos, uno tras otro.
La culpa me atraviesa: debería haber insistido en que pidiera algo para picar en el bar.
Tiene que estar muerta de hambre si no ha comido desde que llegó.
Con delicadeza, le quito el teléfono y cuelgo antes de devolvérselo.
—Anda, tienes que comer. Luego arreglaremos esto.
—Apoyo mi mano en la parte baja de su espalda para guiarla al interior del restaurante.
Cuando se apoya contra mis dedos—no de manera coqueta, sino como si necesitara contacto humano—la sorpresa se mezcla con mi culpa.
Esta chica está pasando por algo. Y después de ver como había ido mi propio verano—quedarme sin la capitanía del Club Deportivo Valencia, ver cómo una mujer destrozaba mi Lamborghini nuevo en un ataque de celos y soportar que Papá ni siquiera quisiera mirarme a la cara—no debería acercarme a una mujer que puede suponer más problemas.
Pero hay algo en Marlowe que me intriga. De forma desesperada, y no sé por qué.
¿Por qué viste ropa de diseñador y, sin embargo, no puede pagar una margarita? ¿Por qué se mueve con una elegancia sofisticada y al mismo tiempo parece a dos minutos de ponerse a llorar? ¿Por qué no me reconoce?
Y, sobre todo, ¿por qué demonios estoy ignorando mi sentido común para pasar tiempo con ella? ¿Para traerla a uno de los restaurantes más populares de uno de los barrios más de moda de Valencia, donde seguro nos van a fotografiar, justo cuando debería mantener un perfil bajo?
El restaurante hierve de vida cuando entramos. Cada mesa está ocupada por familias y amigos que charlan, ríen y beben juntos.
Me acerco al atril de la recepción.. Sé perfectamente que no queda ninguna mesa libre, pero también sé que siempre reservan dos atrás para clientes VIP. Ni siquiera tengo que decir mi nombre: los ojos de la chica se agrandan al reconocerme. Sonríe, coge dos cartas y nos guía hacia una mesa.
Tiro suavemente del brazo de Marlowe. —Es por aquí.
—Guau —susurra cuando le retiro la silla para que se siente en una mesa de cuatro, acogedora, en la esquina del fondo—. Está lleno.
—Siempre.
—Y es tarde. —Mira la esfera de su reloj—. Son las diez. ¿Seguro que la cocina sigue abierta?
Suelto una carcajada, divertido por su pregunta. —Marlowe, aquí la cena acaba de empezar. Tenemos toda la noche por delante. Dime qué te apetece. —Golpeo la carta con un dedo.
Me mira, con una arruguita entre las cejas. —No sé… nunca he probado comida española.
—Vale —respondo despacio—, pediremos un poco de todo para que pruebes.
—Repaso la carta, enumerando mentalmente las tapas clásicas a las que el chef ha dado un giro sofisticado: patatas bravas con alioli de azafrán, jamón ibérico de bellota con queso manchego curado, croquetas de jamón y trufa, y una esponjosa tortilla española con cebolla caramelizada.
Los ojos de Marlowe recorren el restaurante, absorbiendo la energía, la experiencia, la sencillez. Por un momento, me detengo a disfrutar de mi ciudad—mi hogar—a través de sus ojos. Si soy sincero, esa es una de las razones por las que la traje aquí. Incluso si aquí significa buscarme problemas.
Mi móvil vibra en el bolsillo, lo que significa que ya me están etiquetando en redes. Lo más probable es que los paparazzi me esperen esta noche en la puerta de mi piso, con las cámaras listas.
Pero ahora mismo estoy cenando con una americana que no tiene ni idea de quién soy. El escenario perfecto para darme un respiro, un poco de libertad y diversión tras semanas de abstinencia.
Nada de fiestas. Nada de mujeres.
Hasta esta noche. Hasta ella .
No consigo descifrar a Marlowe. No entiendo por qué ha aceptado cenar conmigo. Pero me gusta que no finja, que no me mire como a un famoso. En vez de eso, es observadora, curiosa y reflexiva.
Pura. Una mujer ajena a mi mundo.
Fiable. Una mujer que no montará un circo mediático porque, para cuando descubra mi nombre completo y a qué me dedico, estará de vuelta en Rhode Island, a miles de kilómetros.
Guapa. Con su melena castaña clara hasta los hombros, sus enormes ojos azules y apenas maquillaje, Marlowe es un espectáculo.
Nada que ver con mi tipo habitual. Las chicas que suelo llevarme a casa parecen influencers: maquillaje impecable, poca ropa y mucho interés en pasar la noche en algún club famoso.
Siempre están desesperadas por poder presumir que, después de un partido en cualquier ciudad, se acostaron conmigo.
Marlowe, en cambio, tiene la cara limpia y un aire dulce. Su vestido veraniego es ligero, juguetón. Su expresión es, de alguna manera, abierta y cautelosa al mismo tiempo.
Es distinta.
Después de este verano de aislamiento autoimpuesto, la deseo de una manera que no sentía desde hace mucho. Con una desesperación y una necesidad que serían alarmantes si no estuviera tan decidido a conseguir lo que quiero.
Solo una noche con esta mujer enigmática. Una sonrisa que borre el dolor de sus ojos tristes. Una oportunidad para ser Ale, un tipo cualquiera que sale con una americana, en lugar de Alejandro García, delantero del CD Valencia e hijo menos talentoso de Rubén García.
Pido al camarero una selección de tapas, una botella de agua y una jarra de Agua de Valencia. Luego entrelazo los dedos y me inclino hacia delante.
Los ojos de Marlowe se abren. —Eso sonaba a mucha comida.
—Hay que probarlo todo mientras tengas la oportunidad. —Esbozo una sonrisa torcida—. ¿Por qué lo estás pasando tan mal en España?
Marlowe suspira hondo. —Volé hasta aquí para sorprender a mi novio. Bueno, exnovio. Si soy sincera, fue culpa de Gladys por insistir en que viniera. La culpa es de todo mi Sewing Circle —murmura, apartándose un mechón de la cara.
—¿Tu qué?
—Ya sabes, un grupo de mujeres que se reúne para coser, o tejer… —Se queda pensativa, la arruguita regresando a su frente—. Supongo que deberíamos llamarlo Club de costura , porque últimamente Judith se ha aficionado al punto portugués.
—¿Punto portugués? —repito, intentando seguirle el hilo. Pero me encanta la manera adorable en la que frunce la cara cuando piensa. Podría quedarme observando cómo las emociones le cruzan el rostro, dejándome echar un vistazo a su mente. Su alma.
No es calculadora ni astuta como la mayoría de las mujeres con las que salgo. Ellas empiezan la noche con un objetivo claro, cada gesto guiado por una segunda intención.
Marlowe no. No se parece en nada a las mujeres que conozco.
Se encoge de hombros. —Nos juntamos para coser o tejer, y charlar. Quedamos una vez por semana.
—¿Amigas tuyas?
—Sí. Gladys, Dorothy y Judith. —Hace un gesto hacia mí—. Les va a encantar esta historia. La voy a contar durante semanas, incluso meses.
Mi pulso se acelera y entorno los ojos. Puede que si sepa quien soy. Puede que solo esté esperando el momento idóneo para…
—Llevan años advirtiéndome de las red flags de Gerard. Quieren que salga más, que socialice, que me divierta. —Marlowe niega con la cabeza, me inclino hacia ella—. Les gustará saber que probé tapas.
—Seguramente también les gustará que sigas su consejo.
—¡Exacto! —ríe—. Son unas gallinas cluecas, todas octogenarias.
—¿Octogenarias? —repito, para asegurarme.
Asiente. —Pero que no te engañe la edad, son tremendas.
Suelto una risa, divertido, encantado y… relajado. Cómodo, de una forma que casi había olvidado. —Suena a que mi abuela encajaría de maravilla. Es la mujer más enérgica que conozco. Siempre está horneando, yendo a Zumba, llamando por FaceTime a mi hermana en América.
Marlowe se anima. —¿Tu hermana vive en Estados Unidos?
Contengo la respiración. ¿Estoy contando demasiado? Pero su mirada me tranquiliza: no tiene ni idea de quién es mi familia. —Las dos —confieso—. Carla vive en Chicago y Valentina en Tennessee.
—Y tú aquí.
—Sí, el resto de la familia está en España.
—¿Vas mucho a Estados Unidos?
—Unas cuantas veces al año. —Más a menudo ahora que Valentina se ha casado con Avery Callaway, un quarterback de fútbol americano, y no piensa volver a Valencia.
Esa información parece tranquilizar a Marlowe, que se recuesta en la silla. Llega el camarero con la jarra y sirve dos copas de Agua de Valencia.
—Es un cóctel típico de aquí —le explico, levantando mi vaso.
Los ojos de Marlowe brillan mientras alza el suyo con delicadeza, inclinándolo hacia el mío.
—Está hecho con naranja valenciana, tienen mucha fama.
—Dorothy me pidió que llenara la maleta de naranjas —bromea—. ¿Y qué más?
Me río. —Cava, vodka y ginebra.
Ella aspira aire, mordiéndose el labio inferior. —Te aviso: con esto me voy a poner muy alegre.
Señalo la botella de agua. —Ve despacio, que la noche es larga.