El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5) 6. Callie
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6. Callie

CALLIE

Suelto un gritito cuando el agua me cubre los tobillos.

Está fría, pero es tan refrescante que me calma la piel encendida.

Me siento cálida, en parte por el sol que cae a plomo sobre mí, pero también por la sensación de la mano de Gage entrelazada con la mía.

Por los comentarios que su familia lanza sin filtro.

Por ese brillo en sus ojos que me dice que no están solo bromeando.

Pero… ¿estoy viviendo un cuento de hadas? Las últimas veinticuatro horas con Gage, en una playa de España, rodeada de su familia—grande, ruidosa, cariñosa—no parecen reales. Al menos, no para mí.

Gage es un cliente. Un jugador de fútbol.

España es un destino de vacaciones. Aunque yo no esté realmente de vacaciones.

Y…

¿Y qué?

No puedo negar que me lo estoy pasando mejor, que me siento más relajada, que estoy disfrutando del presente más que en años.

Gage me hace girar y luego me recoge en sus brazos.

El movimiento brusco me arranca de mis pensamientos, y aterrizo contra su pecho con un golpe suave.

Coloca una mano en mi cintura para estabilizarme, mientras con la otra sigue sujetando la mía, nuestras manos unidas entre nuestros pechos mientras empieza a balancearse.

—¿Qué estás haciendo? —me río.

—Bailar contigo.

Su voz es seria.

Alzo las cejas.

—¿Aquí?

—¿Por qué no? —Se le curva una comisura de la boca, pero su mirada es sincera.

—No sé… —murmuro, moviéndome al ritmo de su cuerpo—. Nunca he hecho esto.

—Entonces todos esos hombres lo estaban haciendo mal. Hay que bailar siempre que te apetezca.

—Eso es muy español.

—Eso es muy Gutiérrez —corrige—. ¿Te lo estás pasando bien?

—Sí… —respiro, acercándome un poco más a él.

Su pecho desnudo se presiona contra el mío y casi me recorre un escalofrío. Es ridículo. Es pleno día, estamos en la playa, rodeados de familias. Y aun así, todo desaparece cuando miro a Gage a los ojos.

Ahora mismo, solo estamos nosotros. Escondidos en una pequeña cavidad del muro, bailando al ritmo del mar. La luz del sol se cuela, proyectando sombras sobre su rostro mientras baja la barbilla.

—Me alegro.

—Hacía mucho que no me lo pasaba tan bien. Estar con tu familia, estar contigo… es fácil.

Sus ojos brillan y una sonrisa se dibuja en su boca.

—Yo no soy tan fácil, Cal.

Resoplo, negando con la cabeza.

—No es eso lo que quería decir, y lo sabes.

—Lo sé —bromea, apoyando la mano en el centro de mi espalda.

Dios… qué bien se sienten sus manos sobre mi piel. Su mirada clavada en mí, con intención, con deseo.

—Cal… —murmura.

—¿Sí?

—Hablaba en serio anoche. No era el vino ni el momento. Quiero lo que tienen mis padres —confiesa en voz baja—. Quiero cincuenta años, una familia en la playa, reír hasta quedarme sin aire. Y, joder, no quiero agobiarte, pero también necesito que entiendas que quiero eso contigo.

—Gage… —me aparto un poco.

¿Cómo ha sabido que necesitaba oír eso? ¿Cómo entiende que necesito tanto las palabras como los hechos? Me da tanto miedo equivocarme, estropear mi carrera… pero Gage siempre sabe qué decir.

—¿Lo dices en serio? —insisto.

—Al cien por cien —responde, apoyando la frente contra la mía. Aprieta un poco más mis dedos—. Siempre has sido tú.

—¿Incluso con el caos que es mi vida ahora mismo? Yo… soy un desastre —añado, necesitando que entienda lo perdida que me he sentido últimamente. Poco atractiva, poco valiosa… completamente sola.

—No eres un desastre. Eres fuerte, resiliente, valiente. Eres la indicada para mí —lo dice con una naturalidad absoluta, como si fuera una verdad evidente.

Soy yo la que no sabe cómo aceptarlo.

Porque… es Gage Gutiérrez. Estrella del fútbol. Campeón de la Super Bowl. Puede tener a cualquier mujer que quiera, y aun así…

—Te quiero a ti —susurra.

Levanto la vista y encuentro la sinceridad en sus ojos.

—¿Vas a volver a besarme ahora? —murmuro.

Una pequeña sonrisa le cruza los labios. En lugar de responder, baja la boca hacia la mía y me besa.

Sus labios son suaves, la presión perfecta. Huele a sol, a sal, a mar. Se siente como casa—seguro, firme, real—. Me inclino hacia él y cierro los ojos.

La mano de Gage en mi cintura sube por mi costado hasta que su palma me sujeta la mejilla. Inclina mi cara, intensificando el beso. Abro los labios y su lengua se desliza en mi boca, rozándose con la mía.

El sonido de las olas, las voces lejanas, las risas… nos envuelven. Pero estamos escondidos en esa pequeña calita donde nadie puede vernos.

Y por fin bajo la guardia.

Me rindo.

Apago la mente, las dudas, las inseguridades.

Me lanzo de cabeza hacia Gage, dejo que me sostenga… y siento.

La barba corta de su mejilla raspa suavemente contra mi palma cuando le acaricio la cara. Suelta mi mano y me rodea la parte baja de la espalda, pegándome completamente a él.

Gimo cuando su dureza se presiona contra mi vientre.

Mis manos recorren sus hombros, la amplitud de su espalda. Y seguimos besándonos. Lenguas que se buscan despacio, profundas, seguidas de besos rápidos, hambrientos. Me muerde el lóbulo de la oreja, y yo deslizo la lengua por la línea de su mandíbula.

La poca ropa que llevo se siente como demasiado. Restrictiva.

La mano grande de Gage se desliza por mi vientre hasta cubrir mi pecho derecho.

Lo sopesa, lo acaricia, antes de lanzarme una mirada traviesa.

Luego, con la otra mano, tira del cordón de mi bikini y las pequeñas piezas de tela caen, dejándome con el pecho descubierto.

Mis pechos pesan de deseo, mi respiración se acelera, el pecho subiendo y bajando con rapidez.

—Joder… eres preciosa —dice Gage, dejándose caer de rodillas frente a mí—. Llevo queriendo desatar ese bikini desde la primera vez que te vi —confiesa, mirándome desde abajo—. ¿Te acuerdas de ese día?

—Miami —recuerdo, echándome hacia atrás contra el muro mientras él me rodea la parte alta de los muslos con un brazo y se arquea, atrapando uno de mis pechos con la boca.

Su lengua roza mi pezón y gimo, enredando los dedos en su pelo corto y tirando de él.

Suelta mi pecho con un pequeño chasquido.

—Miami —murmura, dedicándome una sonrisa ladina.

Luego su mano se cierra en la parte posterior de mi muslo, subiendo y bajando por mi pierna mientras sigue prestando atención a mis pechos.

El bajo vientre se me contrae y abro más las piernas, notando cómo me flaquean. Gage se acerca más, empujándome hasta que me dejo caer contra la pared de piedra, agradecida por su apoyo.

Su mano sube y me agarra el culo, apretando con fuerza.

—¡Gage! —jadeo.

Se aparta un segundo y me guiña un ojo con descaro. Después, su otra mano tira de la tela de mi bikini. Me mira, esperando mi permiso.

Asiento, desesperada por su contacto. Ahora que he apagado la cabeza, solo quiero a Gage. Su atención. Su boca sobre mí.

La expresión que cruza su rostro mezcla asombro, euforia… y hambre. Brilla en sus ojos antes de apartar la tela de mi bañador hacia un lado y pasar la lengua por mi centro, separándome con una sola lamida larga.

—Joder… —maldigo, apoyando una mano en la pared de roca para no caerme.

—Pon la pierna aquí —dice Gage, señalando un saliente de piedra en el muro.

Le hago caso.

—Buena chica —dice, y casi gimo por la forma en que me lo dice—. Ahora déjame hacer, cariño.

Joder.

Dejo caer la cabeza contra la pared y cierro los ojos. Una mano presiona la roca. La otra sigue enredada en su pelo, necesitando aferrarse a algo.

Gage se inclina hacia delante, atrapándome contra la piedra. Su lengua hace magia contra mi coño, lamiendo lentamente, succionando mi clítoris, arrancándome los sonidos más indecentes y deliciosos que he oído nunca. Una de sus manos sube y me agarra el pecho, y grito.

Mi cuerpo se tensa, el abdomen anudándose mientras una necesidad que he ignorado durante tanto tiempo—demasiado—empieza a arremolinarse. Más y más fuerte.

Gage introduce dos dedos en mi interior y gimo. Mueve los dedos al ritmo de su boca y tiro con fuerza de su pelo.

—¡Gage! ¡Dios, Gage!

—Córrete para mí, Cala —gruñe.

Y lo hago.

Me corro tan jodidamente fuerte que veo estrellas.

La visión se me nubla y mi cuerpo se rompe en mil pedazos.

Grito, con los muslos temblando mientras la liberación más intensa que he sentido en años me atraviesa de arriba abajo.

Me fallan las piernas y, si no fuera porque Gage me sostiene, me caería.

—Así me gusta —masculla, pasando dos dedos por mi centro.

Gimo por la sensibilidad de mi piel.

Gage sonríe y se lleva los dedos a la boca, chupándolos.

—Joder… qué buena estás.

Abro los ojos de par en par y él se ríe.

—Te dije lo que quiero, Cal. No estaba bromeando.

Se levanta entonces, con la polla marcándose bajo el bañador. No parece preocuparle en absoluto cuando se inclina y me besa con fuerza.

En sus labios, saboreo mi propia excitación, y eso me hace sentir aún más hambrienta de él.

Gage recorre mi cuerpo con la mirada.

—Eres demasiado sexy. Todas estas curvas… —dice, casi con pesar, mientras recoloca la parte inferior del bikini y vuelve a atar el top.

Luego se ajusta el bañador y suelta un suspiro profundo.

—Bueno… esta es la cueva.

Me río, casi confundida por lo rápido que ha cambiado de registro. Miro el bulto en su bañador, imposible de ocultar por mucho que lo intente y digo:

—Llévame a casa, Gutiérrez. Esto no ha hecho más que empezar.

El alivio cruza su rostro.

—Joder, menos mal —dice, acercándose.

Me levanta en brazos y sale de la cueva hacia la luz brillante de la playa. Se aleja de los grupos de gente y echa a correr hacia su apartamento.

—Si corrieras así en los partidos, habrías batido unos cuantos récords —bromeo.

—Qué graciosa —murmura, sin quedarse sin aliento mientras deja la arena atrás y pisa las tablas de madera que llevan a su apartamento.

Le sonrío.

—Esto no debía pasar, Gage.

Niega con la cabeza, mirándome.

—Esto siempre iba a pasar, Cal. Eres tú la que llega tarde.

Entramos en el apartamento con el aire acondicionado a tope. Gage va directo a su dormitorio, me lanza en el centro de la cama y asiente hacia mí con la barbilla.

—Quítate esos trozos de tela de ese cuerpo perfecto.

Se baja el bañador por los muslos, fuertes, y se lo quita de un golpe. Su polla queda libre y se me escapa un jadeo al ver su tamaño.

Sonríe, satisfecho.

—Veo que necesitas ayuda.

Se inclina y tira de los lazos de mi bikini.

Todo cae en un instante.

La sonrisa de Gage se ensancha.

—¿Estás lista para mí, Cal?

—Lo estoy —respondo, apoyándome en los codos.

Y su mirada se clava en la mía con intensidad. Porque los dos sabemos que estoy diciendo algo más que eso. Más que solo esto. Más que solo sexo.

Estoy lista para Gage. Para el futuro que quiere construir. Para las confesiones que me ha hecho.

Yo también lo quiero todo.

Aunque tenga miedo. Aunque me equivoque.

Quiero a Gage Gutiérrez en mi vida, de todas las formas en las que él me está reclamando en la suya.

—Joder, menos mal… —murmura.

Luego se arrastra sobre mí, me empuja contra el colchón y me besa con fuerza. Esta vez nuestros besos son más lentos, nuestras caricias exploratorias. Nuestros movimientos, pausados. Largos. Sin prisa.

Gage me lleva otra vez al límite. Sus ojos me devoran mientras me deshago, su nombre convertido en un susurro entre mis labios. Cuando va a coger un preservativo, le sujeto la muñeca, deteniéndolo.

—Tomo anticonceptivos. Y estoy limpia —digo con firmeza.

Si voy a hacer esto con él, voy a hacerlo de verdad. Si Gage quiere un futuro conmigo y yo estoy aceptando todo lo que me ofrece, no quiero barreras entre nosotros.

—¿Estás segura, Cal? Porque esto… esto es de verdad, preciosa.

—Te quiero, Gage. Quiero todo lo que me has dicho. Quiero esos más de cincuenta años y una familia riendo en la playa.

La voz se me quiebra al admitirlo porque… es un sueño al que renuncié hace años. Hasta que Gage me ha hecho volver a creer en él.

Una intensidad feroz brilla en sus ojos mientras aprieta los labios y asiente. Luego me besa. Profundo. Apasionado. Completo.

Se hunde dentro de mí con una embestida seca y ambos gritamos, arqueando la espalda. Gage se queda quieto un instante. Nuestras miradas se encuentran y se sostienen, y nuestras bocas se buscan otra vez.

Nos besamos de nuevo—más despacio.

Gage se mueve dentro de mí, nuestros cuerpos encajando a la perfección. Subimos juntos, rozamos ese punto delicioso… y nos rompemos al mismo tiempo.

—Joder, Callie… —exhala.

Enredo las piernas alrededor de su cintura, atrayéndolo más dentro de mí mientras se corre.

—Me elegiste, Gage —le recuerdo.

—Joder que sí —gruñe contra mi oído mientras su cuerpo se relaja sobre el mío.

Me río y beso su sien.

—No hay vuelta atrás.

—Ni en un millón de años —promete.

Lo abrazo contra mi pecho y respiro hondo. No es lo que esperaba ni lo que había planeado… es mil veces mejor.

—¿Seguimos saliendo a cenar? —susurro tras unos minutos de silencio.

—Cada maldita noche de nuestras vidas —responde.

Lo beso otra vez, sabiendo que dice la verdad. Lo que ha pasado entre nosotros lo ha cambiado todo. Ha consolidado ese futuro que ambos queremos… solo que Gage ha sido lo bastante valiente para admitirlo primero.

Pero yo no voy a echarme atrás.

Estoy aquí, con él.