El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5) 5. Gage
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5. Gage

GAGE

—Me has dejado dormir demasiado —dice Callie al salir al balcón a la mañana siguiente.

—Lo necesitabas —respondo con total sinceridad, recostándome en la silla y sonriéndole—. ¿Quieres café?

—Mmm… —suspira, todavía adormilada. A gusto—. Un café suena perfecto.

Empiezo a levantarme.

—Puedo ir yo —dice, apoyando una mano en mi brazo.

—Siéntate, Cal. Relájate. —Le señalo la otra silla y paso a su lado.

Mientras entro en la cocina, su comentario juguetón me sigue.

—¿Así es como tratas a todas tus chicas, Gage?

Resoplo, negando con la cabeza mientras le preparo una taza de café. Le añado más leche y media cucharada de azúcar, tal y como le gusta. Cuando vuelvo al balcón y se la tiendo, sus ojos oscuros se clavan en los míos por encima del borde de la taza.

Sopla el café antes de dar un sorbo lento. Cierra los ojos y deja escapar un pequeño gemido de gusto.

—Esto es justo lo que necesitaba.

Me muerdo el labio para no reír.

—Venga ya —me dice, dándome un golpecito en la pierna con los dedos descalzos—. No seas mal pensado.

—Contigo es complicado —admito—. Y… —levanto una mano para cortarla— no hay otras chicas, Callie. Llevo soltero un puto montón de tiempo.

—Ya… —se sube el cuello ancho del jersey sobre el hombro—. Pero siempre hay mujeres, Gage.

—Ninguna se queda a tomar café —aclaro.

Esboza una sonrisa ladeada ante eso y vuelve la vista al mar.

—¿Qué te apetece hacer hoy? —pregunto al cabo de un momento.

Me mira sorprendida.

—Pensaba que ya tenías un plan.

Me río.

—Tengo muchos. Solo intento ver qué te apetece más.

—Lo que tú digas —responde Callie, sonriendo.

Joder… esta es la mujer que echaba de menos. La divertida, encantadora, dispuesta a todo que conocí hace años.

—Ya estás mucho más relajada que ayer.

Suelta el aire despacio. Asiente.

—¿Sabes qué, Gage? Yo también me siento mejor.

—El aire del mar y dormir.

—El sol —añade, estirando un brazo por encima de la cabeza antes de dar otro sorbo al café—. Podría acostumbrarme a esto.

—No hay nada que te lo impida, salvo tú misma.

Pone los ojos en blanco, pero luego se encoge de hombros. Más seria ahora.

—Ha sido un año duro.

—Lo sé —suspiro, alargando la mano para coger la suya. Entrelazo sus dedos con los míos y paso el pulgar por sus nudillos—. Podemos hacernos los locos y desaparecer antes de que lleguen los Gutiérrez y nos arrastren a cualquier locura que hayan montado hoy. O podemos unirnos a ellos.

Callie me mira durante unos segundos.

—¿Y luego cenamos?

—Tenemos reserva a las nueve —confirmo.

Sus ojos se iluminan, brillantes.

—¿Dónde?

Me río.

—No te lo digo.

—¿Y cómo sé qué ponerme?

—Siempre estás perfecta —la tranquilizo—. Y no es nada demasiado formal. Un restaurante tradicional en la playa. He reservado para que pruebes la paella valenciana.

—Ah, claro. Se me había olvidado que la paella es de aquí.

—Sí. Hay mil formas de hacerla, pero la tradicional…

Alza una ceja, esperando.

—Judías verdes, pollo, conejo, caracoles…

—¡Caracoles!

—Están buenísimos —aseguro—. Creo que te van a gustar.

—Ya veremos. —Sonríe—. Creo que deberíamos pasar el día con tu familia. Hace mucho que no estoy rodeada de tanta… energía. Es contagiosa y… me vendría bien un poco de luz y risas.

—Entonces en un rato bajamos a la playa. Mis padres han montado todo un campamento. Ya verás.

—¿En plan sillas y toallas?

—Hay hasta una carpa y una red de vóley.

—¡No puede ser! —abre los ojos, sorprendida.

—Neveras llenas de cervezas. Helados y bocadillos.

Ante su expresión interrogante, aclaro:

—Sándwiches.

—Un día de playa de los de antes —murmura—. Suena perfecto.

—Bien. —Miro el reloj—. Desayunamos algo y luego nos reunimos con el resto.

—Vale —dice Callie, terminándose el café—. Voy a cambiarme.

Asiento, ajustándome el bañador que ya llevo puesto.

—Tómate tu tiempo.

Callie sonríe.

—No te recordaba tan paciente ni tan considerado, Gutiérrez.

—Antes no intentaba impresionarte tanto.

—¿Ah, no?

Sonrío.

—Siempre, Calla Lily. Solo que no lo suficiente para que te dieras cuenta.

—Oh, sí me di cuenta.

Me guiña un ojo antes de dejarme solo en el balcón.

Vuelvo a mirar el vaivén de las olas cuando mi móvil vibra con un mensaje entrante.

Carla

Jake y yo estamos haciendo apuestas. Dime que vas a cenar esta noche.

Niego con la cabeza. Menudos cabrones.

Gage

¿Qué os estáis jugando?

Jake

¿Carla te está escribiendo? Es una tramposa.

Gage

¿Te das cuenta ahora?

Jake

Y una mentirosa.

Carla

Me encargaré de que los peques no te bajen los pantalones en la playa hoy si haces reserva para cenar.

Suelto una carcajada, porque sé que Ariella sería capaz de hacerlo. Creo un chat grupal con Carla y Jake.

Gage

He reservado para cenar a las 9 en Casa Rubén.

Carla

¡Lo sabía! Paga, Jake.

Jake

Has puesto a Tío en esto.

Gage

Os doy cien euros a cada uno si os aseguráis de que Callie se sienta cómoda con toda la familia hoy.

Jake

Vale.

Carla

Me gusta Callie.

Jake

A mí también. Un poco demasiado buena para Tío, pero…

Carla

Gage

¿Eso qué se supone que significa? Soy atractivo.

Carla

No te han votado como el hombre más sexy del mundo como a Avery Callaway.

Gage

Callaway es el puto quarterback. La mitad de sus premios son por el puesto.

Jake

Te noto un poco a la defensiva, Tío.

Gage

¿Queréis que os dé una lección o qué?

Carla

No. Pero los cien euros me los quedo.

Niego con la cabeza mientras guardo el móvil en el bolsillo. Cuando entro, Callie está cerrando la puerta de mi habitación.

Me quedo quieto, observándola.

Se ha cambiado a un vestido veraniego de colores y se le ven los tirantes del bikini. Lleva el pelo largo recogido en un moño y unas gafas de sol sobre la cabeza. Va sin maquillaje, sus movimientos son tranquilos, su actitud… serena.

Me muerdo la comisura del labio.

Joder, cómo echaba de menos verla así.

Sin aliento y sin esfuerzo.

Sin estrés. Sin prisas. Natural.

Callie James siempre es preciosa, pero hay algo especial en la sencillez de este momento. Es un adelanto de la vida que podríamos tener. Y joder, cómo la quiero.

—¿Lista? —pregunta, alzando la vista.

—Vamos.

La sigo hacia el sol y me encanta lo cómodo que me siento. Lo natural que es todo.

Lo preparado que estoy para asentarme, vivir día a día… y compartirlo con la mujer que siempre he querido a mi lado.

Si Callie no se estuviera riendo tan fuerte y tan a menudo como lo está haciendo, desheredaría a mi familia.

Aunque, joder… los echaría de menos. Aunque jamás lo admitiría en voz alta.

Algunos mechones de pelo se han soltado de su moño y le caen alrededor del rostro, enmarcándolo. Tiene la cabeza echada hacia atrás, la mano cubriéndose la boca, los ojos cerrados y arrugados en las comisuras mientras se parte de risa.

A su lado, Svetlana se abanica la cara con la mano para no llorar y correrse el rímel. Se le escapa otra risita mientras alarga la copa de vino, pidiéndole a mi hermano que se la rellene.

Él lo hace, riéndose también.

Carla está sentada en una silla de playa, trenzándole el pelo a Ariella, mirando al grupo de adultos con una diversión chispeante en los ojos. Jake niega con la cabeza y me mira como diciendo: ¿de verdad quieres esto para tu vida?

Pero cuando miro a mi madre y a mi padre, sentados uno al lado del otro en sus sillas, con los pies hundidos en la arena y las manos entrelazadas con naturalidad, me doy cuenta de que sí.

Mis padres celebran cincuenta años de matrimonio y están sentados en la playa del pueblo de mi madre, rodeados de toda su familia —hijos y nietos—, doblados de risa.

¿Qué podría ser mejor que eso?

—Callie parece feliz —comenta mamá a mi lado.

La miro, y ella arquea una ceja, sabiendo perfectamente lo que pienso.

—Lo está. Necesitaba un descanso.

Mamá asiente.

—También necesita una familia.

Entrecierro los ojos.

—Tiene…

—Ha pasado por demasiadas pérdidas en muy poco tiempo. Necesita estar con gente que la conozca, que la quiera.

Hay un filo en su tono, y odio que entienda perfectamente lo que intenta decir sin soltarlo en voz alta.

Que Callie pertenece a nuestra familia.

En el fondo, creo que mamá lo sabía… quizá incluso antes de que yo lo aceptara del todo: que Callie es la mujer para mí.

Nunca he traído a ninguna otra mujer tanto como a ella.

Como siempre era por trabajo, los rumores que suelen surgir en mi familia se diluían.

Siempre han respetado mi carrera y han sido mi mayor apoyo.

Pero una vez, en diciembre, estaba en la cocina de mamá organizando una empresa para decorar la casa de Callie con luces de Navidad, y ella levantó la vista, sorprendida, antes de sonreírme con esa mirada que lo dice todo.

Desde ese día, me observa demasiado de cerca cada vez que menciono a Callie o cuando ella aparece.

Mamá siempre ha sabido que lo mío con Callie iba mucho más allá de lo profesional o lo platónico.

Me aclaro la garganta y doy un trago a mi cerveza como respuesta.

Mamá se ríe suavemente.

—¡Callie! —la llama.

Callie levanta la vista, con los ojos brillantes.

—¿Gage te ha enseñado ya las cuevas? —pregunta mamá.

Jake resopla.

—Es más bien una grieta que una cueva.

Svetlana se baja las gafas de sol para fulminarlo con la mirada.

Carla pone los ojos en blanco.

—Es como si la abuela estuviera sugiriendo un sitio para besarse —murmura por lo bajo, provocando una risa contenida en Jake.

Callie finge no haberlo oído.

—No, aún no.

—Pues debería —dice mamá, tirándome del antebrazo para que lleve a Callie a ver la cueva-calita-grieta en ese mismo instante.

Suspiro, consciente de que mi madre intenta emparejarme. Menos mal que es con la mujer con la que quiero estar.

Le tiendo la mano a Cal y asiento hacia un punto de la playa donde las olas han formado una pequeña grieta escondida en el muro.

—¿Te apetece dar un paseo?

—Claro —responde Callie, levantándose.

—Es casi doloroso de ver —murmura Jake.

—Jake —le advierte Joe.

—Como una comedia romántica a cámara lenta —añade Carla.

—¿Qué es una comedia romántica? —pregunta Ariella.

—Esas pelis que le gustan a tu madre y a la tía Martina —responde Pablo.

—¿Las de los besos? —aclara Ariella.

—Esas mismas —se ríe Pablo.

—¡Ah! —Ariella junta las manos, mirándome expectante. Como si esperara que rodeara a Callie con el brazo, la inclinara en medio del círculo y la besara ahí mismo.

—Qué asco —arruga la nariz el pequeño Jorge.

Callie se ríe, divertida, y pone su mano en la mía. Antes de girarse, le lanza un guiño a Carla y a Jake.

—Ya os diré si lo hace bien. Eso vale otros cincuenta euros, ¿no?

La boca de Carla se abre de par en par, horrorizada. Papá suelta una carcajada mientras Joe maldice en voz baja.

Me río con Callie y la saco del círculo familiar en la playa.

Mientras caminamos hacia el muro, la miro de reojo.

—¿Te lo estás pasando bien?

Tiene las mejillas sonrosadas y la sonrisa amplia.

—Está siendo uno de los mejores días, Gage. Gracias.

—No me des las gracias todavía. Aún tengo que besarte. Por la apuesta de los niños.

—Claro —dice, riéndose—. No querrás perder.

Sonrío.

—No quiero perder nada, Cala.