El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5) 4. Callie
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4. Callie

CALLIE

Me siento como una adolescente sin experiencia.

¿Me estoy agobiando?

¿Por un beso? ¿Qué tengo, quince años?

La comprensión cruza el rostro de Gage y su mirada se suaviza. Me acaricia el pómulo con el pulgar.

—No pasa nada. Habla conmigo.

Se recuesta en la silla, pero no sin antes agarrar la parte inferior de la mía y acercarme un poco más hacia él.

—Te he soltado demasiadas cosas de golpe —admite, con un matiz de disculpa en la voz—. Te toca. Dime qué es lo que te está agobiando.

—Yo… —cierro los ojos, intentando ordenar mis pensamientos. Giran sin parar, mareándome—. Llevo mucho tiempo sola.

—Demasiado —coincide.

Ante mi mirada, junta los labios, hace el gesto de cerrarlos con una cremallera y tirar la llave.

Resoplo, poniendo los ojos en blanco. Gage es un hombre hecho y derecho, pero a veces su lado juguetón lo hace condenadamente encantador.

Como un golden retriever. No hay muchos jugadores que hayan tenido una carrera tan larga como la suya—y con las lesiones y obstáculos que ha superado—.

Aun así, desprende una ligereza, una forma de ser tan fácil y despreocupada que hace que cualquiera se sienta cómodo.

Sobre todo, me hace sentir cómoda a mí sin siquiera intentarlo.

Me dan ganas de bajar la guardia y contarle todo cuando hace mucho que no tengo a nadie con quien hablar.

—Soy cabezota. Muy a mi manera —añado, como si intentara convencerlo de que no debería querer pasar la semana conmigo. Ni más que una semana.

Alza una ceja, confirmando lo que digo y cuestionándolo a la vez.

Suelto el aire y me levanto de la silla. Apoyo la zona baja de la espalda contra la barandilla del balcón, cruzo los brazos sobre el pecho y lo miro.

—Estoy casada con mi carrera. Me prometí hace años que nunca necesitaría a nadie más para mantenerme.

Hago una pausa, esperando su reacción.

Se recuesta, cruzando un tobillo sobre la otra rodilla.

—Estar con alguien, en una relación, es algo más que lo económico.

—¿Y si te retiras y no soy una buena pareja? —le lanzo—. ¿Y si odias quedarte esperando por mí mientras voy de un lado a otro del país de un momento a otro? ¿Y si acabas resentido por eso? ¿Y si no puedo darte lo que necesitas?

Me sonrojo cuando las palabras, las confesiones, se atropellan al salir de mi boca.

—¿Entonces qué?

Gage aprieta los labios, mirándome con atención. Se levanta y se coloca a mi lado en la barandilla. Apoya los codos y se inclina ligeramente hacia delante, la mirada fija en el océano. La brisa del mar le despeina el cabello y yo me giro, observando su perfil.

Fuerte. Seguro. Condenadamente sexy.

La barba de varios días le cubre la mandíbula y me entran unas ganas tremendas de pasar la palma por su mejilla. Frunce esos labios llenos y mi mirada se queda enganchada en ellos. Llevo años luchando contra lo que siento por este hombre. Más de una década.

Y ahora, con el sonido del mar de fondo, la calma del cielo nocturno y el murmullo grave de su voz, mis defensas están por los suelos. Mis muros se están resquebrajando.

Quiero que los derribe… tanto como quiero reforzarlos.

Porque no sé cómo tener esto con él. No sé cómo tenerlo con ningún hombre.

Y aun así, no hay nadie a quien desee tanto como a Gage Gutiérrez. Pero ¿soy suficiente? ¿Podría llegar a serlo?

Mi pulso se mantiene estable mientras lo observo.

Debería desbocarse, pero eso es lo que tiene Gage: me tranquiliza.

Siempre lo ha hecho. Desde que yo era una agente novata, recién llegada al sector, intentando abrirme camino.

En los altibajos, tanto profesionales como personales.

Ha sido una presencia constante en mi historia casi desde que empecé en este mundo.

Animándome, celebrando mis logros y ofreciéndome su hombro y su atención cuando las pérdidas me dejaban hecha polvo.

Vino al funeral de papá. Y al de mi abuela.

Parpadeo, recordando el día en que recibí la noticia de su muerte.

Estoy sentada en las gradas después de una victoria de los Coyotes.

El estadio está enloquecido, celebrando y animando a su equipo.

Me dejo llevar por la alegría, por la emoción que vibra entre miles de personas.

Durante un instante, todo es perfecto. El corazón me late ligero, tengo la mirada fija en Gage, reunido con sus compañeros, y el sol me calienta las mejillas.

Cuando los vítores se apagan y el estadio empieza a vaciarse, me dejo caer en mi asiento. Quiero esperar a que se despeje la multitud y el tráfico antes de irme. Además, me apetece ver a Gage.

Suena el móvil. Lo saco, frunciendo el ceño al ver el nombre de papá en la pantalla. Sabe que estoy en Tennessee, animando a los Coyotes.

—Papá, hola —contesto.

Al otro lado se oye un sollozo ahogado.

—¿Papá? —pregunto, con la preocupación subiendo de golpe.

—Se ha ido, Callie —susurra, con la voz rota—.

Lo siento mucho, cariño. La abuela ha fallecido mientras dormía.

Ha sido tranquilo. Rápido. Se fue a descansar y cuando fui a verla, ya…

ya se había ido —recita de corrido, con un tono monótono, como si hablara de otra persona.

De alguien que no fuera su madre y mi abuela.

—¿Qué? —susurro, en shock.

—Se ha ido —repite, como si intentara convencerse a sí mismo—. Lo siento, Callie. Es el servicio de emergencias. Ya están aquí. Te llamo luego.

Cuelga.

Me quedo mirando la pantalla, aturdida.

La abuela ha muerto. Sabíamos que llegaría este momento; todos lo sabíamos. Pero eso no hace que duela menos. Ni que deje de sorprender.

Los hombros se me encogen y me inclino hacia delante, clavando la mirada en el espacio entre mis zapatos. No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando una mano pesada se posa en mi espalda, doy un respingo.

Levanto la cara de golpe y mis ojos chocan con los de Gage.

—Eh, tranquila —dice en voz baja, sentándose a mi lado—. Te estaba llamando.

Lo miro, intentando formar palabras. No sale ninguna.

—Cal, ¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien?

Frunce el ceño, los ojos estrechándose, llenos de preocupación. Mira alrededor, como si buscara una amenaza.

Abro la boca y de mí sale un sonido horrible, casi animal.

Gage me agarra por los brazos.

—Mírame, Calla Lily —exige.

Lo hago. Me dejo caer en el marrón suave de sus ojos. En la seguridad que me ofrecen.

—¿Qué ha pasado? —repite.

—Se ha ido —consigo decir, repitiendo exactamente las palabras de papá—. Mi abuela ha muerto.

Decirlo en voz alta lo hace real. Y entonces llegan las lágrimas. Primero, como pequeñas bolsas de humedad en las comisuras de los ojos. Pero en cuanto una resbala y cae por mi mejilla, las demás la siguen. Un torrente imposible de contener.

Gage me envuelve entre sus brazos. Me aprieta contra su pecho y yo escondo la cara en su jersey mientras sollozo. Me tiemblan los hombros. Me deshago.

Pero Gage me sostiene.

Cuando el llanto desgarrado remite, me coge de la mano y me saca de las gradas, del estadio. Me lleva en coche hasta mi hotel, en el centro de Knoxville, saca la tarjeta de la habitación de mi cartera y me instala dentro.

—Ven aquí, cariño.

Su voz es baja, estable. Lo sigo hasta el baño. Abre la ducha, comprueba que el agua sale caliente y deja un albornoz colgado en la puerta.

—Tómate tu tiempo, Callie. Estaré fuera. Voy a pedir algo de comer.

—Vale —balbuceo—. Vale.

Cierra la puerta del baño y me desnudo despacio.

Tengo la piel pálida y los ojos vacíos, llenos solo de dolor.

Me doy una ducha larga, empañando el espejo con el vapor.

Cuando salgo, envuelta en el albornoz mullido, me encuentro con hamburguesas y patatas, una tarta de queso, una cafetera y una botella de vino.

—No hacía falta pedir todo esto —digo, señalando la comida.

—Quería hacerlo —responde Gage con naturalidad, guiándome hacia una silla.

Nos acomodamos y empezamos a comer. Me dedica una sonrisa.

—Si quieres hablar de ella, me encantaría escuchar todo lo que quieras contar.

Siento que los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas y me doy cuenta de que sí quiero hablar.

Quiero contarle a alguien lo buena y cariñosa que era.

Cómo me cosía los disfraces de Halloween desde cero y hacía una tarta fría espectacular, la estrella de nuestras fiestas de verano en el barrio. Abro la boca y las palabras fluyen.

Paso horas compartiendo recuerdos de mi abuela con Gage.

Me hace preguntas, se ríe conmigo y aligera el peso de su pérdida.

Esa noche, cuando el vino empieza a hacer efecto y el dolor del día me alcanza, por fin me rindo al sueño.

Gage me arropa en la cama, me besa la frente y promete llamarme por la mañana.

Y lo hace. Cada mañana durante los días siguientes, para ver cómo estoy. Y cuando dejo una única rosa blanca sobre el ataúd de la abuela y alzo la vista, son los ojos de Gage los que me centran, los que me dan la fuerza para superar el funeral.

Trago saliva y aparto el recuerdo de mi mente.

Otros recuerdos, otros momentos, se cuelan.

Como cuando me envió flores al firmar con uno de los grandes jugadores de fútbol de Valencia.

O cuando se aseguraba de que mi casa estuviera llena de luces de Navidad los años en los que estaba demasiado ocupada para decorarla.

Siempre ha estado ahí para apoyarme. Con grandes gestos y pequeños detalles.

Pero yo tracé una línea en la arena. No salgo con clientes.

Y Gage sigue siendo, muy claramente, un cliente.

—Ya has sido la mejor pareja que he tenido nunca.

Su voz, baja y firme, me arranca de mis pensamientos. Sus ojos oscuros brillan cuando se gira hacia mí y me sostiene la mirada.

—¿Lo sabes? Todos estos años… —hace un gesto entre nosotros—.

Siempre hemos sido tú y yo, Cal. Somos un equipo.

Mi carrera no habría llegado tan lejos sin ti.

No habría conseguido esos contratos, sobre todo después de mi última lesión, si tú no hubieras peleado por mí.

Siempre, siempre has mirado por mis intereses, sin importar lo que eso supusiera para ti.

Nunca he tenido a nadie que me cuidara así, aparte de mi familia.

Así que no me preocupa qué tipo de pareja serías. Ya lo sé.

Aspiro hondo. Sus palabras casi me desarman, y al mismo tiempo cosen algunas de mis grietas.

Gage aprieta los labios antes de continuar.

—El fútbol es lo único que he conocido. Me aterra lo que significa retirarme y, aun así, una parte de mí lo está deseando.

Quiero tener aficiones. Quiero ir a los festivales de baile de mis sobrinas y ver a mis sobrinos jugar al fútbol un martes cualquiera por la tarde.

Paso mucho tiempo con mi familia, Cal. Y aun así, nunca parece suficiente.

Sé lo que significa tu carrera para ti, y jamás te guardaría rencor.

Nunca. Ni por defender a tus clientes como me has defendido a mí.

Y aunque no puedo decir que no vaya a haber momentos en los que te eche muchísimo de menos —porque siempre siento que me falta una parte de mí cuando no estás—, te prometo que no voy a quedarme de brazos cruzados.

Resopla, inclinando la cabeza hacia la casa grande donde está su familia.

—Has visto el circo que son. No me dejarían ni de coña.

Esa verdad me arranca una media sonrisa.

—Eso es cierto.

—¿Qué era lo siguiente? Ah, sí. El resentimiento. —Me mira largo rato—. No va a pasar, preciosa. Te admiro y te respeto demasiado. Además, tengo treinta y ocho años, cariño. Sé lo que quiero. Te quiero a ti. Ninguna otra mujer se ha acercado siquiera.

Joder.

Me quedo mirándolo, boquiabierta. Por la facilidad con la que dice esas palabras.

Su agarre se tensa sobre la barandilla.

—No pongas esa cara, Cala. Llevo muchísimo tiempo esperando para confesártelo —dice, leyéndome el pensamiento—. Da igual lo que haga a partir de ahora. Si juego una temporada más, será solo eso. Una más. Y si no, me retiro. En cualquier caso, ya no voy a necesitar un agente.

Le doy un manotazo en el brazo, y él me atrapa los dedos. En lugar de soltarme, entrelaza los suyos con los míos, hasta que su palma queda pegada a la mía.

—Y créeme, Callie, lo de mi satisfacción, como lo has llamado, ni siquiera debería entrar en esta conversación. No tengo ninguna duda de que podrías volarme la puta cabeza. La satisfacción es lo de menos —gruñe.

Su tono me tensa el estómago y me dispara los nervios. Algo se enciende entre nosotros, como si sus palabras hubieran sacado a la luz todo lo que llevamos tanto tiempo conteniendo.

La brisa roza mi piel recalentada. Aprieto los dedos alrededor de su mano. Su mandíbula se endurece, aunque sus ojos se suavizan.

Gage se incorpora y, con la mano libre, me sujeta la mejilla. El pulgar me acaricia el pómulo y yo suspiro, inclinándome ligeramente hacia su contacto.

—¿Cómo no vas a satisfacerme si con solo cogerte de la mano siento fuegos artificiales?

—murmura—. Sé que tienes miedo, Callie. Sé que lo estoy soltando todo de golpe.

Pero soy un hombre que sabe lo que quiere.

Lo que siempre ha querido. No dije nada antes porque sabía que tú no querías.

Sabía que para ti era un conflicto de intereses.

—Y lo sigue siendo —protesto, con la voz temblorosa. Mi determinación flaquea.

—¿Ah, sí? —inclina la cabeza, sin apartar los ojos de los míos—. Ya no voy a ser tu cliente, cariño.

—¿Eso significa que te retiras?

—Significa que voy a jugármela. Sal conmigo mañana por la noche. Una cita de verdad. Quiero invitarte a cenar. Quiero enseñarte lo que podría ser esto. Lo que podríamos ser nosotros. Dame una oportunidad, Cal. Por favor.

Levanto la vista hacia los ojos de Gage y me dan ganas de perderme en ellos. De rodearlo con los brazos y dejar que me sostenga. Que me recomponga. Que me muestre todo lo que arde en el fondo de su mirada.

—Mañana —murmuro—. Vale, Gage. Sí.

Una sonrisa le cruza el rostro. Es luminosa, arrebatadora, y me deja sin aliento.

—Nunca hago esto —repito.

—Lo sé, cariño. Pero esto… nosotros… era inevitable.

Lo dice con tanta seguridad que una parte de mí le cree.