El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5) 3. Gage
29%

3. Gage

GAGE

Tiene el pelo oscuro recogido en un moño deshecho en lo alto de la cabeza.

Lleva un jersey fino, de cuello amplio, que no deja de resbalarle por un hombro.

Sus pies delgados, con las uñas pintadas de un rojo intenso, descansan apoyados en la barandilla del balcón. Y está bebiendo una copa de vino tinto.

Agarro la parte inferior de la isla de la cocina, mirándola a través de la puerta corredera abierta.

El sonido de las olas rompiendo, apenas audible, es una nana perfecta de fondo.

La brisa fresca llega desde el mar, llenando el pequeño apartamento de una nostalgia que no sentía desde hace años.

Todo está en calma—más de lo que jamás experimenté de niño, porque mi familia es grande y ruidosa—.

Pero hay una quietud, el aire salado y un cielo cuajado de estrellas, que me envuelven como un recuerdo.

Y que Callie forme parte de este paisaje… joder, es de otro nivel.

Me sirvo una copa de vino y salgo al balcón. Cuando me siento a su lado, me mira de reojo.

—No suelo hacer esto —dice, girando el vino en la copa.

Sonrío de lado.

—¿Beber vino? Venga ya.

Callie se ríe suavemente, un sonido musical, como campanillas al viento.

—No, en eso tienes razón. Me encanta el vino, y este está buenísimo —chasquea los labios con aprobación—. Me refiero a compartir habitación con clientes.

Un leve rubor le tiñe los pómulos. No sé si es por la vergüenza, el vino o la brisa del mar, pero da igual. Está espectacular de todas formas.

—Aunque contigo ya lo he hecho —añade, refiriéndose a aquella noche en la que los Coyotes nos quedamos atrapados por la nieve en un hotel de Buffalo, Nueva York, después de un partido.

Callie había ido al encuentro y se dirigía al aeropuerto cuando cancelaron todos los vuelos.

Sin ningún sitio adonde ir y sin habitaciones disponibles —porque ya había hecho el check-out—, acabó durmiendo conmigo.

Nos quedamos despiertos hasta tarde, jugando a las cartas, bebiendo vino y hablando.

Y yo me enamoré un poco más de ella esa noche. Aunque no pasó nada, quise que pasara.

—Sé que no lo haces, Cala. Pero no creo que en este caso sea así —admito, con la voz más grave que hace un segundo.

Callie suelta un largo suspiro, buscándome con la mirada. Veo la confusión en sus ojos oscuros. Percibo la incertidumbre que la lleva a morderse el labio inferior. Se aclara la garganta y vuelve la vista hacia el mar.

—¿Quieres firmar el contrato de patrocinio o no?

Su tono es seco, profesional otra vez.

Doy un sorbo al vino para ocultar mi decepción. Callie James es la agente más trabajadora que conozco. Nunca desconecta. Pero también es la mujer que protagoniza todos los finales felices que imagino para mí.

La he ido ablandando poco a poco, año tras año. Pero no termina de bajar la guardia conmigo. Aún no.

Subo los pies a la barandilla y me recuesto en la silla. Me paso la mano por la mandíbula, pensativo, valorando cómo manejar esto.

Ante mi silencio, Callie se gira hacia mí. Hay una curiosidad evidente en su mirada y decido ser sincero. Directo. Ir con todo, joder, como nunca lo había hecho.

Pero ya no tengo nada que perder. Como mucho, jugaré una temporada más. Puede que Callie no mezcle trabajo y placer, pero si tengo que elegir entre empezar una vida con ella o aguantar un año más en el campo, la elijo a ella sin dudarlo.

Aunque ella no lo sepa. Aunque ni siquiera se lo imagine.

—¿Puedo hablar contigo como… como amigo? —me corrijo—. Esta noche no quiero que seas mi agente, Cal. Quiero que seas… tú.

Frunce ligeramente el ceño.

—Pero soy tu agente, Gutiérrez.

Su voz se quiebra al pronunciar mi apellido.

—Eres mucho más que eso, y lo sabes.

La miro fijamente y dejo que vea lo que me atraviesa por dentro. Que entienda que no estoy bromeando ni soltando uno de mis comentarios coquetos de siempre.

Esta noche voy en serio. Voy a decir la verdad. A dar un paso al frente como debería haber hecho hace mucho tiempo… aunque entonces sabía que no me habría elegido. Puede que ahora tampoco, pero ya no tengo nada que perder. No con el final de mi carrera asomando en el horizonte.

En aquel momento habría sido demasiado complicado. Y Callie es organizada, meticulosa: evita el drama a toda costa. Como una de las pocas mujeres que dominan la industria de la representación deportiva, tiene que hacerlo.

Callie aprieta los labios, observándome con atención. Luego inclina la copa y se termina el vino de un trago. Me agacho para coger la botella que saqué conmigo.

La levanto, preguntándole en silencio si quiere más. Como respuesta, me alarga la copa, y le sirvo una cantidad generosa.

—Dime —dice por fin, con la voz ronca. Los ojos más negros que la noche.

—Tengo treinta y ocho años.

—Ya lo sé.

—Debería haberme retirado hace tiempo. Mi rodilla no responde como debería.

Joder, mi cuerpo ya no responde —reconozco en voz alta.

Las palabras —la verdad— me destrozan por dentro—.

Lo único que he conocido en mi vida es el fútbol, Callie.

Y ahora no puedo rendir en el campo como se espera de mí.

Como quiero. Y cada puto día se parece más a un fracaso que a libertad.

Inspira con fuerza ante mi sinceridad.

—Siempre he querido este contrato. Siempre he querido trabajar con marcas que de verdad me gustan. Sentirme bien al asociar mi nombre a ellas.

—Ya —asiente, dando otro sorbo al vino. Sus ojos me observan por encima del borde de la copa, y quiero perderme en ellos. Hundirme en ella.

—Pero, Callie, parte de la razón por la que he aguantado tanto es porque no sé quién soy sin el fútbol. Y no tengo a nadie con quien compartir mi vida como quiero.

Callie se aclara la garganta.

—¿Y cómo quieres compartirla?

Sonrío de lado y hago un gesto hacia la casa de la playa.

—Sabes cómo es mi familia. Has visto lo que tienen mis padres. Quiero eso.

—Mucha gente no lo tiene —responde despacio—. Lo que tienen tus padres es raro. Son… años de esfuerzo y sacrificio.

—No por eso lo voy a querer menos. Además… —inclino la cabeza, estudiándola—. ¿Desde cuándo lo que merece la pena es fácil?

Callie baja la barbilla, asintiendo.

—¿Por qué me estás contando todo esto, Gage?

Una pequeña sonrisa torcida asoma en un lado de mi boca cuando usa mi nombre de pila. Solo eso ya me deja claro que sabe hacia dónde va todo esto. Y no lo ha frenado —aún—, así que avanzo.

—Eres la mujer con la que quiero eso, Callie. Eres tú… o nadie.

Le sostengo la mirada mientras lo digo. Quiero que vea mis ojos y entienda que hablo en serio.

Se aparta un poco, como si estuviera en shock. Los ojos de Callie se agrandan y sus labios se separan. Su mirada se alterna entre mis ojos, baja a mi boca y vuelve a subir. Le tiemblan ligeramente los dedos y hace el gesto de dar un trago a su vino, pero extiendo la mano y la poso sobre la suya.

—No te estoy diciendo tonterías, Cala. Y en el fondo lo sabes. Siempre has sido tú.

Mi voz suena firme, fuerte. Con una seguridad que no siento. Por dentro, el corazón me golpea con fuerza y los nervios se apoderan de mí. Pero tengo la mente despejada. Llevo años pensando en Callie —en esto— y no voy a perder la oportunidad de decirle la verdad. De dar el paso.

—Gage —susurra—. Yo… no salgo con clients.

Suelto un resoplido.

—Entonces dejaré de ser tu cliente. O, al menos, no lo seré por mucho tiempo.

Niega con la cabeza.

—No puedes tirar por la borda tu Carrera…

—He tenido una carrera de la hostia. Tres anillo de la Super Bowl —le recuerdo.

Exhala despacio.

—No… no sé que decir.

—No pasa nada. Te he pillado por sorpresa.

Lo sé, porque se suponía que iba a hablar con ella de mi carrera.

—Pero, como amiga, ¿qué crees que debería hacer? ¿Intentar negociar un contrato con los Coyotes? ¿Seguir en activo otra temporada? ¿O convencer a la mujer que me vuelve loco de que me dé una oportunidad?

—Gage —murmura Callie—. Es que… no puedo decirte… yo…

Se interrumpe, negando con la cabeza.

—Quiero que sepas la verdad.

Le quito la copa de vino y la dejo sobre el borde de la barandilla. Le sujeto los dedos con suavidad.

—Quiero que me des esta semana. Quiero enseñarte cómo sería lo nuestro. No necesito el fútbol, Callie. Ni un acuerdo de patrocinio. Te necesito a ti.

—Gage, soy un desastre —susurra, con un tono teñido de algo que nunca le había oído: miedo.

—No lo eres, cariño —Niego—. Te miro y eres condenadamente perfecta.

Ella sonríe, pero es una sonrisa triste, frágil.

—No quiero que tengas que elegir entre el fútbol y yo. Quiero que tengas las dos cosas.

No creo que sea consciente de lo que está diciendo: que una parte de ella también me quiere; que quiere que la desee.

—Las tender. He tenido el fútbol durante veinte años. Quiero los próximos veinte —o más— contigo.

—No sé como hacerlo —Hace un gesto entre los dos—. Últimamente no sé hacer nada.

La observe, fijándome en las ojeras bajo sus ojos.

—Te estás exigiendo demasiado.

—Han sido unos años duros.

Recuerdo la noticia de la muerte de su padre. De su abuela. He visto como se obsesiona con el trabajo; joder, es parte del porqué he sido su cliente durante tanto tiempo. Pero este ultimo año, o quizás dos, ha ido a más.

—Te vas a quemar, cariño.

—Esto es todo lo que tengo —dice, de una forma que me recuerda a mi relación con el fútbol.

—Los dos hemos convertido el trabajo en el centro de nuestra identidad —digo despacio, entendiendo de dónde viene—. No es fácil cambiar de rumbo cuando lo único que tenemos, aquello en lo que somos Buenos, nos ha ido tan condenadamente bien.

Asiente despacio.

-Sí.

—Déjame preguntarte algo, Cal. Y contéstame con sinceridad.

—Vale.

—¿Te atraigo?

Sus ojos se abren de par en par y suelta una risa incrédula.

—¿Va en serio?

—Completamente.

—¡Por supuesto que me atraes! —me aparta la mano para darme un golpecito.

—Pero nunca has hecho nada al respecto.

Vacila un momeno, y me pregunto si piensa en aquella noche en Bufalo, cuando nos quedamos atrapados por la nieve.

O en la gala solidaria en la que no podia dejar de mirarla.

O en la fiesta de compromise de Cohen Campbell, cuando la llevé al hotel y nos quedamos en el coche más de una hora, hablando, con la tension flotando en el ambiente.

—No puedo. ¡Soy una professional! —me recuerda.

Sonrío con picardía.

—Quiero besarte, Cala. Quiero hacerlo despacio y darte tiempo a que asimiles todo lo que estoy diciendo. Y después quiero acostarte en mi cama…

La duda se refleja en su cara.

—Yo dormiré en el sofa —añado para tranquilizarla—. Y quiero que mañana te quedes en la cama hasta tarde. Que te tomes un café caliente en este balcón y mires la orilla. Que descanses, que te relajes y que pases una semana conmigo. Que veas lo que podríamos tener.

—Necesito que me devuelvas el móvil antes de que acabe la semana.

Su respuesta es tan ella que no puedo evitar reír.

—Vale, cariño. Pero dime que te quedas.

Callie vuelve la vista hacia la inmensidad de la playa antes de mirarme otra vez.

—Me quedaré —susurra.

—Bien.

Me acerco un poco más.

Sus ojos se abren ligeramente cuando inclino los labios hacia los suyos. Voy despacio, dándole todo el tiempo del mundo para apartarme si esto no es lo que quiere. Pero sus párpados tiemblan al cerrarse y un suspiro suave se escapa de su boca.

Presiono mis labios contra los suyos y cierro los ojos. Una de mis manos le recoge la mejilla mientras intensifico el beso. Es lento, suave. Sensual.

Nos besamos una vez. Dos. Tres.

Luego recorro la línea de sus labios con la punta de la lengua, y ella se abre para mí, como una flor buscando la luz del sol. Me cuelo en su boca y nuestras lenguas se encuentran, primero con timidez… y luego con más seguridad.

Me inclino sobre Callie y ella responde, acercándose a mí. Su mano rodea mi torso, los dedos aferrándose a la tela de mi camiseta. Nos besamos despacio, hondo, y el futuro entero se despliega ante mí.

Hasta que Callie se aparta y desliza la mano hasta mi pecho, apoyándola en plano sobre mi pectoral.

—Espera.

Su voz suena presa del pánico.

Me separo al instante, clavando la mirada en la suya.

Y la confusión y la inquietud que veo en sus ojos me atraviesan de lleno.

—¿Qué pasa, Cal? ¿Qué ocurre?

—Yo… Gage, necesito…

Niega con la cabeza, deshecha.

—Dímelo.

—Me estoy agobiando —admite.