2. Callie
CALLIE
En la familia Gutiérrez todos son encantadores. Pero ninguno tanto como mi cliente, el futbolista Gage.
La frustración por tener que cruzar medio mundo para hablar con él se disipa un poco en cuanto la señora Gutiérrez me arrastra hasta la cocina y estalla un alegre coro de bienvenida.
Contengo la sonrisa cuando Joe, el hermano de Gage, me tiende una copa de vino tinto.
—Tienes pinta de necesitarla.
Resoplo.
—¿Tanto se me nota? —me llevo la mano al pelo, como si así pudiera disimular algo.
Svetlana, su mujer, le da un manotazo en el hombro con el dorso de la mano.
—¿Qué? —refunfuña él—. No lo decía como un insulto —añade, mientras el horror le cruza la cara. Sus ojos vuelan hacia mí—. Solo quería decir que parece que has estado viajando y…
—Retírate mientras vas ganando —le aconseja Svetlana, guiñándome un ojo.
Me río y niego con la cabeza antes de dar un sorbo al vino. Cierro los ojos un instante, saboreándolo, y luego me inclino para darle un beso en la mejilla al padre de Gage, Jorge.
—Feliz aniversario, señor Gutiérrez.
Sonríe con calidez.
—¿Cuántas veces tengo que pedirte que me llames Jorge? —me dice en español.
—Demasiadas —respondo en el mismo idioma.
Gruñe con buen humor y me hace un gesto para que me siente.
Saludo al resto de la familia, reunida alrededor de la mesa: las hermanas de Gage, Alejandra y Jessica; sus maridos, Mark y Ricardo; y un primo, Pablo, con su mujer, Martina.
—Tienes que quedarte a la fiesta —dice la señora Gutiérrez, dejando una tabla de embutidos en el centro de la mesa.
Al instante, sus hijos se lanzan a por ella, y les aparta las manos de un manotazo.
—¡Tenemos una invitada! Os he educado mejor que esto.
—Ya, claro… —Svetlana arruga la nariz.
—Ni de broma —añade Ricardo.
Alejandra se ríe y coloca un plato con una selección de cosas delante de mí.
—Me alegro de verte, Callie. No tenía ni idea de que venías.
—Yo tampoco —admito.
Miro alrededor de la mesa, a las miradas expectantes de la familia de Gage, esperando noticias por mi parte.
—Debería hablar con Gage primero —añado.
Es difícil no dejarse arrastrar por la calidez de su familia. Los Gutiérrez no se parecen a ninguna otra familia que haya conocido.
Son ruidosos, opinan de todo y están metidos hasta el cuello en la vida de los demás.
Pero también son leales, cariñosos, y se cubren las espaldas sin hacer preguntas.
Es el tipo de familia al que siempre he querido pertenecer…
aunque llevo años apartando esos pensamientos —esos deseos— de mi mente.
Para empezar, tengo cuarenta y cuatro años, y cada vez veo menos probable eso de casarme y tener hijos. Como ya señalaron, con bastante tino, mis dos últimos novios: estoy casada con mi trabajo.
Y la muerte de mi padre hace dos años, justo después de perder a mi abuela, me dejó a la deriva. No tengo raíces en ninguna familia, salvo en mí misma. Cuanto antes acepte esa dura realidad, mejor me irá.
Por eso me he volcado en el trabajo estos últimos años con una ferocidad que ha devorado cualquier posible relación. Ninguna cita ha pasado de un intercambio casual. No lo he permitido.
Igual que no puedo permitirme dejarme arrastrar por la órbita de los Gutiérrez. Por muy cálidos que sean sus abrazos, por muy reconfortante que resulte su risa, por mucho que me apetezca sentarme a su mesa y beber su vino… estoy aquí por trabajo.
—Total, nos lo va a contar igual —señala Jessica, con toda la razón.
Esbozo una media sonrisa.
—Lo sé. Pero… es mi cliente.
—¿Contarme el qué?
La voz de Gage suena a mi espalda.
Me giro en la silla y aspiro con fuerza por la nariz al verlo.
Maldito sea. ¿Por qué tiene que ser tan atractivo como irritante?
Gage está apoyado en el marco de la puerta de la cocina.
Tiene los brazos, marcados por los músculos, cruzados sobre el pecho ancho, y un tobillo apoyado sobre el otro.
Lleva unos pantalones cortos de chándal verde oliva y una camiseta de tirantes negra que deja al descubierto su piel bronceada, lisa, y los tatuajes de colores que recorren su bíceps y le envuelven el hombro.
Un conjunto de calaveras entremezcladas con flores y una pequeña escritura que no alcanzo a leer desde donde estoy.
Tiene los labios fruncidos, pensativo, con la lengua asomando por un lado de la boca, como hace siempre cuando se concentra.
Pero sus ojos no se apartan de los míos. Marrón oscuro, casi negros, teñidos de una curiosidad descarada.
Me aclaro la garganta y me pongo en pie. Solo he dado un sorbo al vino, pero aun así titubeo un poco, balanceándome sobre los pies, y el señor G se levanta de un salto para apoyarme una mano en el brazo y sujetarme.
—Gracias —me sonrojo—. Te juro que no es por el vino.
—Lo sé —responde, con la mirada afilada—. Estás agotada, Callie.
—Hecha polvo —murmura la señora G, dándole la razón.
—¿Dónde te alojas? —pregunta Alejandra.
—Aquí tenemos sitio —añade Jessica.
—¿Tienes maletas? —Joe mira alrededor de la cocina, como si mi maleta tuviera que estar apoyada contra alguna pared.
Mis ojos saltan de un miembro de la familia a otro mientras la cabeza me da vueltas. El ritmo acelerado de sus preguntas me desordena las ideas mientras intento articular respuestas coherentes. Pero es la preocupación en sus voces lo que casi me rompe.
Los ojos me escuecen y parpadeo, intentando contener la oleada de emoción.
Llevo tanto tiempo agotada… y, aun así, nadie se ha dado cuenta. No de manera seria.
Algún compañero ha comentado el peso que he perdido o lo pálidas que tengo las mejillas, pero se han conformado con un encogimiento de hombros y una excusa murmurada sobre haber pasado mala noche.
Pero ahora mismo, las preguntas de la familia de Gage, sumadas a la mirada oscura y consciente que él me dedica, hacen que me entren ganas de derrumbarme en el suelo y echarme a llorar.
Jesús, contrólate.
Aprieto los labios y consigo esbozar una pequeña sonrisa.
—Lo tengo todo arreglado, gracias. Debería hablar con Gage —le lanzo una mirada con la ceja arqueada.
—¿Y te quedarás a la fiesta? —insiste la señora G. Ahora entiendo de dónde le viene a Gage esa insistencia.
—Yo… bueno, no quiero molestar —empiezo.
Gage esboza una sonrisa ladeada.
—Pero te has cruzado medio mundo para venir.
Entrecierro los ojos. Su sonrisa se ensancha.
—Tengo trabajo y…
Se separa de la pared.
—El trabajo puede esperar. Tienes mala cara, Cal.
—¿Y de quién es la culpa? —murmuro.
La risa de Svetlana suena a mi espalda.
Gage intenta contener la sonrisa. Inclina la cabeza hacia la parte trasera de la casa.
—¿Te apetece dar un paseo por la playa y hablar?
La playa. Suena a gloria. Suelto el aire poco a poco mientras mi pulso vuelve a la normalidad.
—Vale —acepto.
Doy las gracias al señor y a la señora G. Él le mete un trozo de queso en la boca a su mujer antes de que pueda volver a pedirme que me quede. Me guiña un ojo con complicidad, y una de las niñas pequeñas se ríe, juntando las manos, encantada de ver cómo su abuelo deja fuera de juego a su abuela.
Le dedico una pequeña sonrisa de agradecimiento antes de seguir a Gage hasta la terraza trasera. Saco las gafas de sol y el móvil del bolso, que dejo sobre una silla. Me coloco las gafas en la cabeza, pero mantengo el teléfono en la mano por si algún cliente llama.
En cuanto salgo, respiro hondo. El aire salado y el sol me llenan los pulmones, y casi resulta tan reparador como una noche de sueño completo.
Dejo de apretar los puños y mis dedos se relajan. Los hombros me bajan un par de centímetros mientras noto cómo la tensión se disuelve poco a poco. Bajo las gafas de sol hasta los ojos y me dejo empapar por la inmensidad del mar.
Olas que ruedan y espuma que danza.
Arena dorada y sombrillas de colores vivos.
Cuerpos salpicando la orilla. Niños en cuclillas construyendo castillos de arena. Mujeres tomando el sol, algunas en topless, otras no. Figuras estilizadas de hombres de todas las edades pasándose un balón.
Es todo tan… normal. Tan cotidiano.
Gente disfrutando de la playa al atardecer.
Y aun así, me recorre una oleada de emoción que me deja sin aliento.
El cielo está pincelado en naranja y oro. El sonido del mar al romper contra la orilla me envuelve como un abrazo. Siento la calma, la alegría, la paz… y me entran ganas de llorar.
¿Cuánto tiempo hace que no disfruto de un día de playa?
—No estás durmiendo lo suficiente —dice Gage.
No es una pregunta, es una afirmación.
Alzo la vista hacia él.
—Joder, Cal… —murmura, acercándose para subirme las gafas de sol a la parte alta de la cabeza—. Mírame.
Obedezco.
Se le tensa la mandíbula y aprieta los dientes al observarme.
—¿Qué haces aquí?
Arqueo una ceja. La frustración que arrastré durante todo el vuelo —un vuelo en el que no pude dormir por las turbulencias— se transforma en rabia.
—Apagaste el teléfono —siseo entre dientes, clavándole un dedo en el pecho.
La yema de mi dedo se encuentra con músculo duro, y aparto la mano como si me hubiera quemado.
¿Qué demonios estoy haciendo? Yo no cruzo este tipo de líneas ni pierdo los nervios con los clientes. Pero Gage nunca ha sido solo un cliente. Siempre se da cuenta de las cosas… es demasiado perspicaz.
Respiro hondo para centrarme y bajo los escalones que llevan a la arena. Gage me sigue. Al llegar abajo, me quito las zapatillas que llevaba en el avión y las dejo allí.
La arena se cuela entre mis dedos y saboreo la sensación. La libertad.
—Grayson Watches te ha ofrecido un contrato de patrocinio que…
—Lo sé —me interrumpe Gage.
Le lanzo una mirada fulminante.
—Era una de las marcas con las que soñabas trabajar.
Suelta un suspiro.
—Lo sé —repite, esta vez más bajo.
—Si firmas ahora y ajustamos los términos, el acuerdo puede mantenerse, independientemente de lo que decidas después —explico, mirándolo con intención.
Si se retira, puede perder este contrato de patrocinio. Pero Gage aún no ha dado ninguna indicación clara sobre sus planes para la próxima temporada. ¿Quiere jugar un año más? ¿Quiere quedarse en los Coyotes? ¿O está listo para colgar las botas y pasar al siguiente capítulo de su vida?
Sé que ha invertido bien su dinero y que podría haberse retirado hace años. De hecho, es algo que se planteó brevemente después de romperse el ligamento cruzado anterior en el primer partido de la temporada, hace unos años.
Con su edad —avanzada para la NFL— y las lesiones, nadie podría reprochárselo.
Dejo de caminar y lo miro.
Su expresión es inescrutable. Dividida.
—Gage… —suspiro.
Niega con la cabeza.
—Lo pensaré, Cal.
—¿Lo de la oferta? ¿O lo de la próxima temporada? —insisto, queriendo saber por dónde van sus pensamientos.
—Ambas cosas —responde sin más.
Entonces me agarra de la muñeca y tira de mí, acercándome un paso.
—Pero esta semana es el cincuenta aniversario de mis padres y estoy desconectado del mundo. Apagué el móvil por algo.
Me quita el teléfono de la mano y se lo guarda en el bolsillo.
—¡Eh! —me lanzo hacia él, rodeándole la cadera con los brazos antes de que me atrape con firmeza.
—Necesitas un descanso, Cala —murmura, pronunciando ese apodo que usa en contadas ocasiones.
Y cada vez que lo hace, me deja paralizada.
Es demasiado íntimo. Cercano. Genuino. Cada año, por mi cumpleaños, Gage me envía un ramo de calas espectaculares. Rosas, como símbolo de su admiración y su aprecio.
Me aparto de él, sacudiéndome su abrazo.
—Gage —digo, con la voz temblorosa.
Niega con la cabeza, con una media sonrisa dibujándose en un lado de la boca.
—Lo pensaré todo, Callie. Incluso lo hablaré contigo. Pero tienes que quedarte. Disfrutar de la fiesta del aniversario. Relajarte un poco.
Hace un gesto amplio hacia la playa.
—Déjate llevar y vive una pequeña aventura.
Entrecierro los ojos.
Su sonrisa se ensancha.
—Te estoy haciendo un favor.
—Estás siendo egoísta —le señalo.
Se ríe con facilidad, pero en sus ojos salta un destello.
—¿Contigo? Siempre.
—¡Gage! —exclamo, exasperada. El coqueteo de este hombre no tiene límites.
Se encoge de hombros, como diciendo, ¿qué quieres que haga?
Y eso es lo que da miedo. Que quiero demasiado de Gage… y no debería.
No puedo.
Porque es mi cliente y yo soy… demasiado mayor, demasiado hecha a mi manera, demasiado absorbida por el trabajo como para ser la mujer en su vida.
Él tiene una familia rebosante de amor y apoyo.
Yo solo me tengo a mí.
—Quédate esta semana —repite, sin ni siquiera tener la cortesía de plantearlo como una pregunta. Se da una palmada en el bolsillo donde guarda mi teléfono, para dejarlo claro.
Miro hacia la casa de la playa, donde la mirada vigilante de la señora G nos observa desde el balcón.
Suspirando, vuelvo a mirarlo.
—Me alojaré en un hotel…
—No hay.
—¿Cómo?
—Cal, empiezan las vacaciones de Semana Santa. Está todo lleno.
¿Será por eso por lo que el vuelo me ha salido tan caro? Tiene sentido.
—Yo… bueno, es que… —balbuceo, buscando desesperadamente una solución.
—Te quedarás conmigo —dice Gage, como si fuera lo más obvio del mundo.
Me vuelvo de nuevo hacia la casa, ya abarrotada de gente.
—Ahí no —se ríe—. He alquilado un apartamento pequeño. Puedes quedarte con la cama.
Hay diversión en su voz, y cuando vuelvo a mirarlo, veo el brillo burlón en sus ojos.
Le señalo con el dedo.
—Estoy aquí por trabajo.
Asiente, poniéndose un poco más serio.
—Lo sé. Pero espero que también te lo pases bien. Lo necesitas.
No me molesto en responder. Me limito a emprender el camino de vuelta hacia la casa.
La risa de Gage se desliza tras de mí y un escalofrío me recorre la piel.
Por su cercanía.
Por la promesa que hay en su mirada atenta y en su tono juguetón.