El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5) 1. Gage #2
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1. Gage #2

Sus amigos se ríen y no es hasta que vuelve a reunirse con ellos cuando caigo en que ni siquiera le he preguntado su nombre.

—Bien jugado, colega —comenta el tío que tengo al lado en la barra.

No sé si lo dice en serio o con sorna. Me encojo de hombros y me alejo para tumbarme al sol mientras espero a mis compañeros.

Pero a la noche siguiente, antes de cenar, la vuelvo a ver.

Está sola en el vestíbulo del hotel y yo voy de camino al bar donde he quedado con Caleb y Sam. En cuanto me ve, una chispa de reconocimiento prende en sus ojos oscuros y sonríe.

—Gage Gutierrez. El mítico tight end de Notre Dame.

—Me has buscado —respondo con una media sonrisa, sintiendo cómo el orgullo me recorre por dentro.

Asiente.

—He preguntado por ti.

—¿Por qué?

—Porque me llamaste la atención.

Lo dice en serio, pero su expresión sigue siendo juguetona. Relajada.

Alzo una ceja.

—Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Lo sé. Por eso —replica, tendiéndome la mano—. Callie James. Trabajo para Regal Sports Agency.

Aspiro aire con fuerza. Regal Sports juega en otra liga.

—Has oído hablar de nosotros —señala.

—¿Quién no?

Callie se ríe, ligera, musical.

—¿Quieres hacerte profesional, Gage?

Trago saliva.

—Más que nada en el mundo.

Su risa se apaga y me mira con una seriedad que me desarma. Como si atravesara toda la fachada, todo el postureo, y llegara directo a lo que soy de verdad. Como si escuchara la sinceridad en mi voz y quisiera ayudarme a alcanzar ese sueño.

—Entonces me pondré en contacto contigo. Me gustaría que trabajáramos juntos.

Hace un gesto con la barbilla hacia dos mujeres que se acercan.

—Hablamos pronto, Gage.

—Estaré esperando, Callie —respondo.

Y lo digo en serio. Mucho más de lo que mis palabras dejan entrever.

La observo alejarse y, lo juro, me enamoro de ella en ese mismo instante. Aunque ella no tenga ni idea. Aunque nadie la tenga.

Callie me escribe la semana siguiente y, tres semanas después, firmo con ella y con Regal Sports. Ese acuerdo acaba de un plumazo con cualquier posibilidad de que entre nosotros haya algo más que una relación profesional.

Porque Callie no mezcla trabajo con placer.

Nunca lo ha dicho explícitamente, pero jamás la he visto —ni he oído— salir con ninguno de sus clientes. Llevo dieciséis años siendo uno de ellos. Para ella, lo primero es el trabajo y, aunque admiro eso a rabiar —y la admiro a ella—, ojalá me diera una oportunidad .

Un cubo de agua helada me golpea en el estómago y me arranca de golpe de mis recuerdos. Me incorporo de un salto. Abro los ojos y veo a cinco de mis sobrinos corriendo hacia el mar, dejando caer cubos de agua sobre la arena a su paso.

—¡Seréis cabrones! —les grito, poniéndome en marcha.

La rodilla se me queja con el movimiento brusco, pero la ignoro mientras corro tras ellos hacia el agua.

Se parten de risa, mirando por encima del hombro con los ojos brillantes. Cojo a mi sobrina pequeña, Ariella, y la lanzo hacia una ola que rompe.

—¡Yo ahora! —grita Matteo, levantando los brazos para que lo coja.

Lo alzo y lo lanzo después. Y entonces todos los niños se pelean por mi atención.

Paso la siguiente hora en el mar con mi familia, jugando con los pequeños, dando consejos a los mayores y esquivando las miradas inquisitivas de mis hermanos.

¿Te vas a retirar?

¿Vas a quedarte más por aquí?

¿Vas a sentar la cabeza como nosotros y tener… todo esto?

Un vacío agobiante empieza a roerme por dentro, justo en el pecho, pero me lo quito de encima con un gesto. Me obligo a centrarme en el momento. Sonrío a mi madre y saludo con la mano a mi padre, que nos observa a todos desde sus tumbonas, colocadas justo al borde del agua.

La tarde pasa volando, como siempre que estoy con los míos, y no miro el móvil ni una sola vez. De hecho, ni siquiera lo enciendo en los dos días siguientes. Ahora mismo, estar desconectado del mundo me sienta bien. Lo necesito.

—Jake, el vino tinto, no el blanco —dice Svetlana, señalando a su hijo.

—El de la Rioja —añade mi hermano Joe, el marido de Svetlana.

—El favorito de la abuela —remata ella.

—Una botella famosísima y nadie se acuerda de cómo se llama —refunfuña Jake mientras vuelve a la bodega en busca de la correcta.

—¿Cuándo le dio por ponerse así? —pregunta mi tía María.

Svetlana se ríe.

—El día que cumplió trece.

Mi padre suelta una carcajada.

—De eso hace ya cinco años.

—Y seguimos sufriéndolo —añade Svetlana con una sonrisa de lo más tranquila.

—Aquí el vino corre como el agua —comenta mi sobrina Carla, de dieciséis años, con una mirada cargada de reproche.

—Cariño, tenemos que emborrachar al tío Gage para que nos diga si va a anunciar su retirada o no.

Gimo, cierro los ojos y dejo caer la cabeza hacia atrás.

Carla se ríe y me agarra de los hombros. Me planta un beso rápido en la mejilla.

—No te preocupes, tío. Seguirás siendo mi favorito juegues o no al fútbol.

—¡Eh! —protesta Joe—. ¿Y yo qué?

—En tu casa hay demasiado ruido —replica Carla sin dudar—. Además, los amigos de Jake se comen todos los snacks buenos.

—Eso es verdad —confirma Svetlana.

Suena el timbre y aparto la silla para levantarme.

—Salvados por la campana —murmura mamá.

Le guiño un ojo mientras voy hacia la puerta.

Al abrir, doy un pequeño traspié hacia atrás. Parpadeo. La sorpresa me estalla en el pecho.

—Callie.

Mi agente está en el umbral. El pelo negro le cae en ondas por la espalda y los hombros.

Normalmente lo lleva recogido en un moño pulido, pero joder…

me encanta verla así, suelta. Me recuerda a aquel primer día, junto a la piscina del hotel.

Natural, salvaje, con esas ondas que invitan a perderse en ellas.

Arquea una ceja y sus ojos brillan.

Contengo la sonrisa, leyendo perfectamente la frustración en su mirada.

—¿Has apagado el teléfono, Gutierrez?

Resoplo, cruzo los brazos sobre el pecho y apoyo el hombro en el marco de la puerta.

—¿Has venido hasta aquí solo para decírmelo, Cal?

Sus ojos se entrecierran, pero enseguida su atención se desplaza por encima de mi hombro y una sonrisa cálida se dibuja en sus labios.

—¡Callie, cariño! —exclama mi madre con una alegría desbordante—. Gage no me dijo que venías. ¡Pasa, pasa!

Por dentro, gimo. Conozco a mi familia: van a acaparar toda la atención de Callie y a devorarla antes de que yo tenga oportunidad de preguntarle por qué ha venido.

¿Será por el acuerdo de patrocinio?

Claro que es por el acuerdo de patrocinio.

—Hola, señora Gutierrez. Feliz aniversario —dice Callie.

Mi madre la envuelve en un abrazo y la arrastra hacia dentro, cruzando el umbral de la enorme casa que mis padres construyeron hace años, cuando la familia empezó a crecer. Por suerte, yo tengo un apartamento cerca.

Por mucho que adore estar con ellos… Carla tenía razón. Aquí siempre hay demasiado ruido y los snacks buenos nunca llegan a la noche.

—Gracias, cielo —responde mamá con sinceridad, enlazando su brazo con el de Callie mientras la guía hacia la cocina—. Ven, debes de tener sed. Acabamos de abrir varias botellas de vino.

—Oh, yo… —La voz de Callie se pierde en cuanto entra en la cocina y estalla un coro de saludos.

Niego con la cabeza y cierro la puerta.

—Espabila —dice Jake, observándome desde la escalera.

—¿Qué? —suelto, riéndome.

—Está clarísimo que te gusta —apunta Carla.

Alzo las cejas, sintiendo otra oleada de sorpresa.

—Yo…

—Venga, tío. Se te nota —insiste Carla.

Jake asiente, dándole la razón.

—Y ahora está aquí, muévete y haz algo, tío.

—Es ahora o nunca —añade Carla.

Entrecierro los ojos y miro a esos dos pequeños demonios.

Pero esta vez… creo que tienen razón.