El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5) 1. Gage
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El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5)

El Último Tanto (La Serie de Knoxville Football 5)

Por Gina Azzi

© inepub.com

1. Gage

GAGE

Callie

En serio, Gutierrez, ¿dónde estás?

Esbozo una sonrisa al ver su nombre iluminando la pantalla del móvil. Me reclino en la tumbona, cierro los ojos y dejo que el sol me caliente la cara. Se está de lujo… el calor, la luz, el murmullo constante de las olas de fondo.

—Esta podría ser tu vida cuando te retires —bromea mi primo Pablo, dejándose caer en la silla de al lado.

Resoplo y niego con la cabeza, sin decir nada. Desde que llegué a Valencia hace dos días para pasar tiempo con mi familia y celebrar el cincuenta aniversario de boda de mis padres, todos —aunque sea con la mejor intención— no han parado de intentar sonsacarme información.

—El caos del mercado de agentes libres ya se está calmando —me recuerda Pablo.

—Ya —murmuro, perfectamente consciente de que mis opciones de renovar como agente libre sin restricciones pintan bastante mal.

Una parte de mí se plantea pedirle a Callie que contacte con los Knoxville Coyotes para intentar negociar algo, pero…

otra parte empieza a pensar que quizá ha llegado el momento de retirarse.

Al fin y al cabo, tengo treinta y ocho años.

Y desde que me rompí el ligamento cruzado hace unas temporadas, he perdido mucho ritmo.

La rodilla todavía no se ha recuperado del todo.

¿De verdad quiero seguir machacando el cuerpo con entrenamientos cada vez más duros mientras mi rendimiento en el campo no deja de bajar?

¿Quiero seguir castigando la cabeza con la frustración de no poder rendir físicamente como hace diez años?

Suelto el aire despacio y me planteo pedir una cerveza en el chiringuito de al lado.

La verdad es que no tengo ni idea de lo que quiero.

Ahora que la temporada ha terminado —y además por todo lo alto, con otra victoria de los Coyotes en la Super Bowl—, las dos opciones me resultan igual de tentadoras.

Una me permite seguir con la vida que conozco. El fútbol, los entrenamientos, el equipo.

La otra me ofrece una libertad que llevo años empezando a desear. Más tiempo con mi familia, ir a los partidos y funciones del cole de mis sobrinos… joder, incluso la oportunidad de salir en serio con alguien.

El móvil vuelve a vibrar con un Nuevo mensaje y se me escapa una sonrisa al ver su nombre. Porque, claro, la única mujer con la que de verdad quiero salir es precisamente la que no me va a hacer ni caso.

Callie James ha sido mi agente durante toda mi carrera.

Y llevo colado por ella exactamente el mismo tiempo.

Sí, he coqueteado, pero nunca se ha tomado mis intentos en serio.

Se los quitaba de encima con una risa, tenía a toda mi familia comiendo de su mano gracias a lo buena que es en su trabajo, a lo lista que es y a ese humor suyo tan cabrón…

y a mí me dejaba siempre con ganas de más.

Callie

Gage, venga ya. ¿Qué está pasando? Este acuerdo de patrocinio no va a estar esperándote para siempre. De hecho, cuanto antes lo firmes, mejor posicionado estarás, hagas lo que hagas después.

Suspiro y dejo el pulgar suspendido sobre el teclado.

—Oye, primo, ¿quieres una cerveza? —pregunta Pablo en español, a toda velocidad.

—Tráeme una —respondo, mientras le doy vueltas a qué contestarle a Callie.

Y entonces decido decir la verdad.

Gage

Estoy en Valencia.

Callie

¿España?

Hago una mueca. No se lo he dicho a nadie.

Ni a mis compañeros, ni a mis amigos, ni siquiera a Callie.

Tampoco es que le deba explicaciones a nadie.

Pero, en el fondo, sé por qué lo he hecho: aún no estoy preparado para decidir.

No estoy listo para anunciar mi retirada.

Joder, quién sabe, igual aparece una oferta en las próximas semanas.

Así que me subí a un avión y desaparecí. Volví al pueblo de mi madre, a pasar tiempo con mi familia. La única que siempre está ahí para mí, aunque ahora mismo estén igual de metomentodo que toda la gente de la que huyo en Estados Unidos.

Gage

Es el aniversario de boda de mis padres. Cincuenta años.

Me muerdo el interior de la mejilla mientras escribo el siguiente mensaje. Dios, cómo me gusta picarla. Si supiera lo en serio que va todo lo que digo, aunque lo disfrace de broma…

Gage

¿Ves lo que podríamos tener, Cal?

Me quedo mirando la pantalla mientras aparecen los puntitos indicando que está escribiendo. Se paran. Vuelven. Y desaparecen. Espero unos segundos hasta que Pablo regresa con una cerveza bien fría.

—Por ti, primo —dice, colocándomela en la mano y chocando el cuello de su botella con la mía.

Al soltar un suspiro, noto cómo la decepción me sube por el pecho al ver que no contesta. Apago el móvil y lo lanzo dentro de la mochila.

—Salud —digo, antes de darle un buen trago a la cerveza.

Después, vuelvo a cerrar los ojos.

A mi lado, Pablo sienta a su mujer, Martina, sobre sus piernas y le planta un beso sonoro en el cuello. La oigo reír, y entreabro un ojo para ver cómo se acomoda contra su pecho. Ambos vigilan a sus hijos, Jorge y Nico, que juegan en la arena con los niños de mis hermanos.

Vuelvo a cerrar los ojos.

Las voces de mi familia —esa mezcla reconfortante de español e inglés— me envuelven.

Está el típico cachondeo que siempre surge cuando nos juntamos todos.

Aquí todo el mundo tiene gracia, y los comentarios vuelan rápidos, afilados, divertidísimos.

Las carcajadas son constantes. Incluso entre los chillidos de los niños, distingo la risa auténtica de mi madre ante alguna historia que uno de sus hijos está contando otra vez.

Un grupo de adultos —es decir, mis hermanos— juega un partido de vóley nada amistoso contra sus propios hijos. Mis sobrinos tienen entre dos y dieciocho años.

Y mientras los escucho reír, insultarse en broma y hablar sin parar, me dejo caer en una sensación extraña, a medio camino entre la calma y la decepción.

Estoy en paz porque los quiero a todos como si fueran mis propios hijos…

y, al mismo tiempo, me pesa no haber intentado formar una familia. No de manera seria.

Estaba el fútbol. El equipo. Las expectativas.

Y… estaba una mujer. La mujer.

Callie James, con su pelo largo y oscuro, sus ojos color chocolate que relucen con descaro y esa sonrisa perfecta. Joder, es brillante. Negoció mi contrato con los Coyotes como una auténtica bestia. Es feroz, astuta, ambiciosa hasta decir basta. Pero también es compasiva, divertida y atenta.

Lo tiene todo.

Y después de verla luchar por mí como lo ha hecho —como ninguna otra mujer lo ha hecho jamás—, ninguna otra ha estado a su altura.

Mi cuerpo se relaja mientras la mente me lleva de vuelta a una de las primeras veces que coincidí con Callie.

Estaba en Miami con unos compañeros de la universidad, empapándome de sol y disfrutando del spring break. Ella se alojaba en nuestro hotel, llevaba apenas unos años en su carrera y había conseguido una gran oportunidad: apoyar a uno de los tenistas de su agencia que jugaba el Miami Open.

Me muerdo el interior de la mejilla al recordar aquel día.

El sol me golpea en cuanto salgo del hotel.

Miro a mi alrededor: el complejo es enorme, impecable, lleno de gente por todas partes.

Mujeres relajadas en tumbonas. Hombres agrupados junto al bar y las cabañas tiki.

Parejas magreándose en la piscina, lejos de los niños que chillan chapoteando para llamar la atención de sus padres.

He llegado pronto. Caleb y Sam habían quedado conmigo para tomar una cerveza y comer algo antes de ir a la playa. Pero anoche nos pusimos finos y me imagino que los dos todavía arrastran la resaca. Joder, Sam igual ni siquiera se ha levantado… o sigue con alguna tía en la cama.

Me acerco a la barra y entonces la veo.

Una mujer camina hacia mí.

Lleva un bikini rojo. Tiene unas curvas de escándalo, sus voluptuosos pechos a punto de desbordar las copas triangulares. El pelo oscuro le cae por la espalda, negro como la noche, y le enmarca los hombros en ondas suaves. Sus caderas se balancean al andar.

No puedo dejar de mirarla.

Y joder, tampoco quiero.

Sonrío de oreja a oreja cuando se acerca a la barra. Ella me sostiene la mirada, sin mostrar nada más.

—¿Qué vas a tomar? —le pregunto, con la intención clara de invitarla.

Se muerde la comisura del labio mientras me recorre de arriba abajo.

—¿Eres suficientemente mayor para pedir en un bar?

Me río. Me gusta que sea directa.

—Cumplí veintidós en febrero —le confirmo.

Su expresión se suaviza y me devuelve la sonrisa.

—Entonces, un margarita con hielo. Con sal en el borde.

—Hecho.

Llamo al camarero y pido una cerveza de barril y un margarita.

—¿Estás aquí por el spring break? —pregunto.

Su sonrisa se amplía y niega con la cabeza.

—Soy demasiado mayor para el spring break. Me gradué hace seis años.

Joder. Pensaba que tenía mi edad, como mucho un año más. Aun así, su manera sutil de marcar las distancias no me echa para atrás. Si acaso, despierta más mi curiosidad.

—Entonces… ¿de vacaciones? —insisto.

Me observa unos segundos, como si valorara algo, antes de decidirse.

—En realidad estoy aquí por trabajo.

—¿A qué te dedicas? —pregunto, dando las gracias al camarero cuando deja las bebidas.

La mujer de rojo se apoya en la barra y levanta su margarita.

—Soy agente deportiva.

Choca su vaso contra el mío.

—Gracias por la copa.

Casi me atraganto con la cerveza. Toso, trago como puedo y consigo recomponerme.

La mujer se ríe, divertida. Se gira en dirección a su tumbona y entonces veo al grupo de amigos que la espera. Nos observan con una sonrisa cómplice, claramente entretenidos con la escena.

—Igual algún día me representas —le suelto.

Se vuelve y me mira por encima del hombro. Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo, analizándome con una intensidad que hace que me enderece casi sin darme cuenta. Joder… está increíble.

—¿Fútbol americano o rugby?

—Fútbol americano.

Asiente.

—Entonces espero que volvamos a cruzarnos.

Y sigue andando.

—¡Yo también! —le grito.