8. Callie
CALLIE
—¡Necesito que me devuelvas el móvil! —me río, dándole una patada juguetona en el culo a Gage.
Me agarra el talón, tira de mí hacia delante y lanza un brazo para sujetarme en un giro bajo antes de que me caiga.
—Ha sido elegante —le digo.
Sonríe y me planta un beso firme en la boca.
—¿No puedes esperar a después de la fiesta para recuperarlo?
—¡Gage! —niego con la cabeza—. Tengo clientes. Un negocio. Llevo dos días incomunicada. Ya es demasiado.
—Vale —murmura, enderezándome.
Camina hacia la cocina y lo sigo, mirando con incredulidad cómo abre un armario y saca mi móvil de su escondite, detrás de la tostadora.
Alzo una ceja.
—¿En serio?
Se acerca al cargador que hay junto a la isla de la cocina y lo enchufa. Cuando se enciende, mira la pantalla y silba bajo.
—Tienes un jodido montón correos.
Me lanza el móvil.
Gimo, y él se ríe.
Luego vuelve a mi lado y me rodea la cintura con un brazo.
Gimo otra vez al ver la interminable cadena de correos, mensajes y llamadas perdidas en la pantalla.
—¿Estás enfadada? —pregunta en voz baja.
—No. —Levanto la vista hacia él—. Necesitaba este descanso. Aunque no quisiera admitirlo.
Asiente y vuelve a besarme. Esta vez más suave. Más dulce.
—Tengo que ayudar a mis hermanas y a Joe a preparar la fiesta. Pero pasaré a recogerte sobre las tres. ¿Te va bien?
—No hace falta que subas. Te veo en la playa —digo, agitándole el móvil—. Así puedo adelantar un poco todo esto.
—No te agobies, Cala. Ve mensaje a mensaje.
—Sí… —respondo, aunque noto cómo la ansiedad empieza a subir.
Sé que necesito equilibrar mejor el trabajo y la vida personal, pero es complicado cuando mi trabajo es tan intenso y tan rápido. Cuando hay tanto dinero y tantas carreras en juego.
—Lo digo en serio, Cal —insiste Gage, dándome un apretón en el culo—. Tienes café recién hecho. Nos vemos luego.
—Nos vemos —digo, ya absorta en los correos.
En cuanto se va, me siento en la isla de la cocina, abro el portátil y me pongo a trabajar.
La primera hora pasa volando y mis nervios empiezan a calmarse. Me pongo al día con papeleo, hablo con dos clientes y reviso nuevas oportunidades de patrocinio para uno de mis futbolistas.
Pero al empezar la segunda hora, entra un nuevo correo.
De Grayson Watches.
Mis ojos recorren las líneas a toda velocidad y el corazón se me hunde.
—Mierda.
Niego con la cabeza.
El acuerdo se ha caído.
No respondimos y, ante nuestro silencio, Grayson Watches —quizá con razón— ha asumido que Gage se retira. Han retirado la oferta.
—Joder… —susurro, dejándome caer la cabeza en la mano.
¿Cómo se lo voy a decir?
Un par de noches soñando con un futuro juntos, cayendo en su cama… y he perdido a mi cliente—Gage, nada menos—uno de sus acuerdos de patrocinio más importantes, con una marca con la que siempre quiso trabajar.
La decepción me atraviesa, seguida de golpe por la culpa y la vergüenza. Se arremolinan en mi estómago, revolviéndolo.
Por eso no mezclo trabajo y placer. Por eso no salgo con clientes.
Pero Gage no es solo un cliente.
Hace mucho que dejó de serlo.
Yo simplemente no quería admitirlo.
¿Cómo iba a hacerlo? Soy una profesional.
Y Gage es… bueno, lo es todo.
Suspiro. Bajo la vergüenza, los nervios empiezan a burbujear.
¿Qué dirá cuando se lo cuente? ¿Se enfadará? ¿Se decepcionará? ¿Se molestará?
Mi móvil vibra con un mensaje y resoplo, golpeando la mesa con la mano.
Lo cojo y, al ver de quién es, se me escapa una risa.
Son las chicas de los Boston Hawks Hockey.
Sonrío al ver las fotos que ha enviado Vivi, la mujer de Declan Yaeger, de la noche anterior. Están subidas a un escenario, cantando karaoke en la despedida de soltera de Chloe. Se casa con el capitán de los Boston Hawks, Austin Merrick, en unas semanas.
El teléfono suena un segundo después.
Cuando veo el nombre de Vivi, me relajo.
—Genevieve Yaeger, ¿no deberías estar durmiendo? —respondo.
Se ríe, fuerte, contagiosa.
—Callie, tengo una tropa de niños pequeños y un refugio nuevo en marcha. Llevo cinco años sin dormir.
Me río también, asintiendo. El trabajo social de Vivi en Boston es enorme y la mantiene ocupadísima. Pero la familia que ha creado con Yaeger es increíble. No sé cómo lo hacen con ese ritmo.
—¿Qué tal la despedida de Chloe?
—Genial. Chloe se lo pasó en grande. El pobre Austin está hoy de resaca total.
Vuelvo a reírme.
—Pero te echamos de menos —añade.
—Ojalá haber ido.
No tengo muchas amigas, pero las chicas de los Boston Hawks me acogieron desde el primer momento. Como represento a varios jugadores, me integraron en su grupo sin pensarlo y siempre cuentan conmigo para celebraciones y eventos.
—Estás demasiado ocupada para nosotras. Viajando por todo el mundo —se queja Vivi, con humor.
—¡Qué va!
—¿Ah, no? ¿Dónde estás ahora?
Resoplo, sabiendo que me ha pillado.
—En Valencia, España.
Vivi gime.
—Si cierro los ojos, casi puedo ver la playa.
—Deberías venir.
Se ríe.
—Me meto a un par de niños en la maleta. ¿Quién te ha arrastrado hasta España?
—Yo sola. Estaba intentando localizar a Gage Gutierrez —le cuento.
Nunca hablo de mis clientes con otros clientes… ni con amigas. Pero ahora que lo mío con Gage está cambiando… me vendría muy bien el consejo de Vivi.
—El bueno de Gutiérrez, ¿eh? —dice ella, con un tono pícaro.
Resoplo.
—Sí…
—¿Trabajo o placer?
—¡Vivi!
—¿Qué? Siempre ha habido algo entre vosotros.
Cierro los ojos.
—¿Tú también lo veías?
—Habría tenido que estar en marte para no verlo. La tensión sexual entre vosotros se podía cortar con un cuchillo cada vez que estabais en la misma habitación.
Abro los ojos de golpe.
—¿En serio? ¿Tú crees que…?
—Tú siempre has sido profesional, Callie. Eso lo sabemos todos. Pero entre vosotros siempre ha habido algo. Lo noté en cómo hablabas de él. Y en la gala en Boston el año pasado… y en aquel programa deportivo para jóvenes que organizó Abbi en Nueva York en otoño…
Se queda a medias y yo recuerdo perfectamente el evento del que habla.
Cómo Gage me llevó mis cupcakes favoritos de Primrose Sweets.
Cómo sus dedos se acomodaron en la curva de mi espalda cuando estábamos uno al lado del otro.
El paraguas que sostuvo sobre mi cabeza mientras me acompañaba al coche.
Aquella noche deseé que me besara… y luego enterré esa idea como si fuera una locura.
Hasta ahora.
Hasta esta semana.
Suspiro.
—Las cosas han cambiado.
—¡Por fin, joder! —exclama Vivi.
Pongo los ojos en blanco.
—Aún no te he contado nada.
—No hace falta. Si han cambiado, es porque tus sentimientos por él por fin han alcanzado lo que él siente por ti. —Vivi se ríe—. Entonces, ¿estáis en España?
—Es el cincuenta aniversario de sus padres.
—Vaya… ¿y te ha llevado? Eso es importante.
—Bueno… en realidad aparecí yo. Había una oferta de patrocinio.
—¿Y?
—Insistió en que me quedara. En que nos diéramos esta semana para ver… para ver si…
—Lo que podría haber entre vosotros.
—Sí… —susurro.
No sé cómo hacer esto. Confiar en una amiga. Hace tanto que no tengo a nadie… Mis personas siempre han sido mi padre y mi abuela. Mi familia.
—¿Y? —insiste Vivi.
—Han retirado el acuerdo —casi se me quiebra la voz, parpadeando para contener las lágrimas—. La he cagado y…
—No, no la has cagado —me corta—. Las ofertas cambian todo el tiempo en este sector, y lo sabes.
Deja de buscar excusas para sabotear lo que está surgiendo entre tú y Gage.
Si sientes algo por él y crees que puede haber un futuro, céntrate en eso.
Dios sabe que llevas años sin salir con nadie de verdad.
Por eso Abbi y Claire estaban desesperadas por que fueras a la despedida de Chloe. Querían presentarte a—
—¿Presentarme a alguien?
—Te estás aislando. Te estás enterrando en el trabajo. Y sí, sé que estos últimos años han sido duros y entiendo perfectamente por qué te refugias en los problemas de tus clientes.
—Me necesitan —protesto.
Puedo oír cómo sonríe al otro lado.
—Lo sé —dice con más suavidad—. No hay nadie como tú, Callie. Pero también tienes que cuidar de ti. De tu bienestar. De tu vida amorosa.
Resoplo.
—El bueno de Gutiérrez… —murmura.
Respiro hondo.
—Entonces… ¿no crees que estoy loca?
—Solo si la cagas con él. O si en realidad no lo sientes y…
—No, no es eso —me apresuro a decir—. Lo que siento con Gage es…
—Es…
—Es bueno.
—Se te da fatal esto —dice sin rodeos.
Suelto una risa.
—¡Lo sé! —Aclaro la garganta. Intento de nuevo—. Lo que siento con Gage es… todo. Me he enamorado de él. Solo que no quería admitirlo.
—Ay, Callie… —suspira Vivi—. Te lo mereces, y él es un buen hombre.
—Lo es —coincido.
Y entonces, porque me conoce demasiado bien, añade:
—No estás haciendo nada mal. Sois dos adultos que lleváis mucho tiempo dando vueltas alrededor de esto. Tú, mejor que nadie, sabes lo importante que es el tiempo, Cal. No sigas perdiéndolo sin la persona que quieres a tu lado.
Parpadeo para contener más lágrimas. ¿En qué momento me he vuelto tan sensible?
—Gracias, Vivi.
—Llámame si necesitas algo, cariño. Estoy aquí para ti.
—Lo sé.
—Y lo celebraremos a lo grande cuando vuelvas a Boston.
Resoplo, imaginando la reacción de las chicas si aparezco con Gage del brazo.
—Te mantendré informada.
—¡Ve a por él, Callie! ¡Suerte! —y cuelga.
—Vale… —murmuro para mí misma.
Mis ojos vuelven al correo y la decepción y la culpa regresan de golpe.
Necesito algo más que suerte.