Veinticinco años después de desaparecer bajo el hielo, Elsa Nyberg aparece. Lleva cuatro días muerta.
En enero de 2001, una chica de diecinueve años salió de noche de una casa a la orilla de un lago del norte de Suecia y no volvió.
Su madre fundó sobre esa ausencia una fundación para encontrar a los desaparecidos.
Su hermana pequeña, Maja, creció delante de las cámaras diciendo «la esperamos» y acabó dirigiéndola.
Ahora el hielo devuelve a Elsa, y la forense es clara: no es un cuerpo antiguo. Elsa estuvo viva todo este tiempo. Cruzó el lago hace unos días para llegar a la casa de su madre. Y no llegó.
Lo que Maja descubre en las semanas siguientes no cabe en un expediente: que la fundación que ella dirige sabía desde hace seis años que su hermana vivía; que una regla escrita por ella misma para proteger a los que no quieren ser encontrados fue lo que la mantuvo en la ignorancia; y que alguien,
dentro de su propia casa, ha convertido esa regla en un arma.
Mientras cuatro mujeres a las que la fundación prometió silencio empiezan a recibir cartas con su nombre, Maja tendrá que decidir qué debe a su hermana, qué debe a su madre y cuánto de lo que llama «encontrar» es amor y cuánto es posesión.
Un thriller nórdico de juego limpio, con una investigación que avanza por documentos, llaves y cocinas, y una pregunta que no se cierra:
¿tiene una madre derecho a saber dónde está su hija adulta cuando la hija ha pedido que no se lo digan?






