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—Dos en un acta —dijo Gunilla, cerrando la carpeta—.
La presidenta a las once y catorce y la directora a las once y veinte.
No había pasado nunca. —Se tocó el bolsillo de la chaqueta, donde ahora llevaba dos cintas con dos llaves—.
Y las dos llaves conmigo hasta abril, hasta que la revisora tenga la suya.
No abro. No he abierto nunca. Lo digo para que conste, aunque ya no seas tú quien tenga que oírlo.
—Consta —dijo Maja, y era la última vez que lo decía en esa casa.
Luego subió al despacho que había sido suyo hasta hacía una hora.
Petra estaba en la puerta, con el termo vacío todavía en la mano, y se apartó para dejarla pasar y no entró.
Maja se sentó en su silla por última vez y encendió el portátil.
Fredrik había mandado a las doce y diez, a ella y a Petra, un correo de cuatro líneas: a petición de la dirección en funciones y con la conformidad de la fiscalía, las cuentas de M.
Nyberg y T. Wiklund quedaban desactivadas en la plataforma a partir de ese momento, y el grupo MIGRACION_COORD se disolvía; sus carpetas pasaban a la nueva directora y a la revisora externa, cuando se diera de alta.
Maja leyó el correo, comprobó que la carpeta del libro escaneado ya no aparecía en su menú, y apagó.
Sacó del cajón lo que era de la fundación y lo dejó sobre la mesa en fila: el portátil, la tarjeta de acceso al edificio, la llave del despacho, el móvil del trabajo con el número que Lovisa tenía, que había que pasar a Petra hoy.
Sacó lo que era suyo: la agenda con el 42 y los nombres, dos bolígrafos que no eran el del abrigo, un cargador.
No había fotos en el despacho; nunca las había tenido.
Petra entró entonces y se quedó de pie al otro lado de la mesa.
—El número —dijo Maja, y le dio el móvil—. Lovisa Ek lo tiene. Anneli Berg lo tuvo. Las otras dos, la policía. Si llama alguna, eres tú.
—Soy yo.
—Y esto. —Le dio la tarjeta y la llave—.
La revisora externa empieza el uno de abril.
Wenner tiene su teléfono. Britt se jubila el treinta y uno; hasta entonces, si necesitas saber algo del papel, del libro, de las carpetas azules, se lo preguntas a ella, y ella te lo dice, porque ya no tiene nada que proteger.
—Se lo pregunto.
—Y el resto no lo sé, Petra. No sé qué va a pasar con el libro cuando lo desprecinten, ni con Karlstad, ni con las cuarenta y dos. Eso es tuyo ahora, y del patronato, y de una fiscal. No te voy a dejar una nota.
—No la quiero.
Petra cogió las cosas. En la puerta se volvió.
—Lo de las familias, hoy. La mujer del gorro.
Es la madre de la de Umeå, la que no quiere nada.
Ha venido de todos modos. Me ha preguntado si su hija sabía que ella estaba aquí.
Le he dicho que no lo sabía. —Se ajustó el termo bajo el brazo—.
Es la primera vez que digo «no lo sé» a una madre en esta casa.
Se me ha quedado en la boca. Te lo digo para que sepas que sé lo que es.
Se fue.
Maja bajó a la planta de familias con la agenda bajo el brazo.
El despacho de Tomas tenía la puerta cerrada y una hoja pegada por dentro, a la altura de los ojos, con la letra de Petra: «Cerrado hasta nuevo aviso».
Maja no la despegó. Siguió hasta el fondo del pasillo, hasta el cuarto del material, donde estaban los chalecos reflectantes, las cintas, los mapas plastificados, los kits de búsqueda de la fundación en cajas numeradas, cada uno con su frontal.
Sacó el suyo del bolsillo del abrigo. Lo miró: el elástico dado de sí, la lente rayada, la pila que había aguantado desde enero y que el lunes por la noche, en el poste cincuenta y uno, seguía dando luz.
Lo apagó, aunque ya estaba apagado. Lo dejó en la caja del kit número cuatro, que era de la que lo había cogido el sábado diecisiete de enero a las once de la mañana, sin apuntarlo en la hoja de préstamo porque no había tiempo, y ahora sí apuntó: «Devuelto 13 mar. M. N.». Cerró la caja.
Luego subió a recepción, y Elin le dio su abrigo, y se lo puso, y notó en el bolsillo interior las dos cosas que quedaban: la foto del trineo y un sobre blanco cerrado.
Se quedó un momento en el mostrador, con la mano en el bolsillo, sobre el sobre.
Podía abrirlo allí. Podía abrirlo en el taxi, en el avión, en el apartadero, en su piso esa noche.
Sundell había dicho «es suyo» y no había dicho nada más, y era la única persona en dos meses que le había dado una cosa sin pedirle una decisión a cambio.
Lo que había dentro era una hoja que Elsa había escrito para ella un jueves de enero, a las ocho de la mañana, en una isla, creyendo que Britt se lo haría llegar y que ella, Maja, lo leería antes de verla.
No lo había leído antes de verla. No la había visto.
Lo que quedaba era la hoja, y la hoja podía esperar a que ella supiera qué quería que fuera: una cosa que se lee una vez o una cosa que se guarda sin leer.
No lo sabía todavía. Y había aprendido, en un patronato y en una cocina de Gävle, que «no lo sé» era una respuesta si se decía a tiempo.
Sacó la mano del bolsillo sin el sobre.
—El vuelo de las dos —dijo Elin—. Ya está en el móvil. El de verdad, el tuyo.
—Gracias.
—¿Vuelves?
—Al lago. Hoy.
Elin no preguntó por qué. Le dio la mano por encima del mostrador, cosa que no había hecho nunca, y la soltó enseguida.
—El paquete de tabaco lo tiré —dijo—. Por si lo buscabas.
—No lo buscaba.
Antes de salir pasó por la sala del patronato.
Estaba vacía, con las sillas del pasillo apiladas ya contra la pared y la mesa larga en su sitio.
El vaso de agua de Helena seguía donde lo había dejado Elin, lleno.
Maja lo cogió, lo llevó a la cocina pequeña del fondo, lo vació, lo enjuagó y lo puso boca abajo en el escurridor, y volvió a pasar por la sala sin detenerse.
Maja salió por la puerta principal. En la calle no había cámaras; se habían ido a Luleå, o a comer.
Había una furgoneta blanca en la esquina que ya no era de nadie.
Anduvo hasta la parada del taxi con la agenda bajo el brazo, el abrigo abrochado, y las dos cosas en el bolsillo, y en el taxi, hacia Arlanda, no sacó ninguna.