El secreto bajo el hielo 46
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E l apartadero de la comarcal a las cinco y media de la tarde del trece de marzo: una placa de hielo con surcos, un quitamiedos con nieve encima, el talud bajando hacia el lago.

Maja aparcó el coche de la agencia con el morro hacia el hielo, donde lo había aparcado en enero y el lunes, y apagó los faros.

Quedaba luz. En marzo, a esa hora, el cielo estaba todavía gris claro por el oeste y azul oscuro por el este, y el lago era una franja ancha y blanca entre las dos orillas, con la costra de nieve vieja y, saliendo del talud en diagonal, la línea de postes, cada uno con su reflector, que a esa hora no devolvían nada porque no había nada que devolver.

Maja los siguió con la vista sin contarlos: el primero a diez metros de la orilla, los demás cada cuarenta, hasta que se perdían en el gris a media distancia y volvían a aparecer, más pequeños, cerca de la otra orilla, junto al embarcadero.

A la izquierda, hacia el norte, lejos, donde el hielo del lago se juntaba con el del río, se veían las balizas del municipio: cinco puntos rojos en arco, apenas, con la luz que quedaba. Entre las balizas y la ruta, nada. Nieve.

Al otro lado, la casa. Sin luz en la cocina.

Sin luz arriba. La ventana del dormitorio de Elsa, apagada.

El porche de la sauna, apagado. A la derecha de la casa, la de Britt, con los esquís en el porche que desde allí no se veían, y sin luz tampoco, porque Britt estaba en Estocolmo con Helena, en el hotel de la plaza, en habitaciones contiguas, y no iban a volver hasta el lunes.

Las dos casas oscuras, una al lado de la otra, con el pasillo entre los setos que desde el apartadero era una raya que no se distinguía de las otras rayas.

Un coche pasó por detrás, por la comarcal, hacia el sur, y las luces barrieron el quitamiedos y siguieron.

Maja bajó la ventanilla. Entró el frío, el de marzo, que ya no era el de enero: menos ocho, sin viento, con olor a nieve mojada. Oyó el motor de un tractor lejos, hacia el pueblo, y luego nada. El hielo no hacía ruido.

Se quedó así el tiempo que tarda en apagarse el gris del oeste. Un pájaro cruzó bajo sobre el hielo, de la orilla del pueblo a la del bosque, sin posarse en ningún poste.

Por ese talud había bajado una chica de diecinueve años a las cuatro y algo de una madrugada de enero de 2001, con una mochila azul y las botas del pueblo, y había subido a un coche parado con los faros apagados y había dicho un número.

Por ese talud había bajado una mujer de cuarenta y cuatro años hacia las diez y veinte de una noche de enero de 2026, con un abrigo comprado en España y una llave en el bolsillo, y había cruzado en la otra dirección, hacia una casa con luz, y no había vuelto a subirlo.

Y por ese talud había bajado ella, la hermana pequeña, el lunes, con un frontal de la fundación que ahora estaba en una caja con un número, y lo había subido, y lo había vuelto a bajar contando hacia atrás.

Los postes seguían allí. Los pondría el municipio cada noviembre y los quitaría cada abril, con el deshielo, y volverían a estar en noviembre. La casa estaría enfrente con las contraventanas cerradas hasta el lunes. Las balizas rojas marcarían el hielo fino hasta que no hubiera hielo.

Maja subió la ventanilla. Miró una vez más la línea de postes, de este lado a aquel, y la casa oscura al final, y el pasillo entre los setos que no se veía.

Encendió los faros. El primer poste, a diez metros de la orilla, devolvió la luz un segundo, blanca, entera, y la perdió cuando el coche empezó a girar.

Los demás no la recibieron. Dio marcha atrás, despacio, por el hielo del apartadero, hasta el asfalto de la comarcal, y puso el coche en dirección a Luleå, y arrancó.